Sánchez entrega Navarra al PNV

El nacionalismo vasco tiene como objetivo irrenunciable que Navarra no sea gobernada por los partidos constitucionalistas y, en concreto, por la coalición Navarra Suma –formada por UPN, PP y Cs–, que ganó las últimas elecciones en la comunidad foral. Javier Esparza tiene toda la legitimidad para presidir la comunidad, ya que la formación que encabeza obtuvo 20 de los 50 escaños, lo que le permitía tener una mayoría con una base sólida, siempre y cuando los socialistas navarros hubiesen permitido su elección. El PSN ha tenido en sus manos abstenerse para facilitar el Gobierno de Navarra Suma, pero ha preferido entregarse a los nacionalistas vascos –con el apoyo de dos diputados de Podemos y uno de Izquierda-Ezkerra– y un invitado que no será menor: EH Bildu. La socialista María Chivite gobernará Navarra con once diputados. Los abertzales de Otegi, con ocho escaños, no van a ser unos convidados de piedra, como indica el hecho de ser la fuerza determinante de este acuerdo, que consiguió una plaza en la Mesa de la cámara. Con esta decisión, los socialistas anuncian una estrategia que va a condicionar su gobierno y su posición ante futuros acuerdos con EH Bildu. La entrevista a Otegi en RTVE –justo el día antes del homenaje en el Congreso a las víctimas del terrorismo– estuvo claramente planificada para limpiar el pasado de la organización que fue el apoyo político –y algo más– de ETA, una condición necesaria para apuntalar la precaria mayoría de Pedro Sánchez cara su investidura. Es así de indecente. Pero hay algo aún más relevante: es la condición principal que el PNV –que es la formación que encabeza Geroa Bai– ha puesta para apoyar a Sánchez. Y no es un motivo menor: para el nacionalismo vasco es clave mantener el poder en Navarra –en la manera que sea, pero, en todo caso, que no esté manos de los constitucionalistas–, por la mera necesidad de desarrollar un espacio vital para Euskal Herria. Cuando el nuevo presidente del Parlamento foral, Unai Hualde, de Geroa Bai, pronunció exclusivamente en euskera su primera intervención en la cámara, sin tener en cuenta que su uso entre la población navarra no llega al siete por ciento, estaba marcando muy claramente que lo que está en pie es el programa euskaldunización de Navarra, a costa, si es necesario, de enfrentarse a una realidad sociológica y política contraria. Suma Navarra también fue la fuerza más votada en las legislativas y se hizo con la alcaldía de Pamplona. Querer marcar dos comunidades es una estrategia clásica de consecuencias nefastas. La primera prueba de la imposibilidad de aceptar que la capital navarra no esté gobernada por un partido nacionalista vasco la tendremos hoy con el chupinazo de los Sanfermines, que es el escenario elegido, como es tradición, por los abertazales para imponer sus banderas –la ikurriña por encima de la enseña de la propia la comunidad– y dejar claro que Navarra es parte fundamental del proyecto de EH Bildu. Sánchez no tiene un proyecto nacional, sino la suma de aliados oportunistas que le puedan facilitar continuar en La Moncloa. Ya ha demostrado que está dispuesto a ser investido con el apoyo de ERC, aunque este partido esté anunciando movilizaciones ante la sentencia del Tribunal Supremo sobre el 1-O bajo el lema de «volveremos a hacerelo» –es decir, a ir contra la legalidad democrática–, o de aceptar los votos de Otegi. Lo que hay en común entre estos partidos es impedir que la derecha gobierne, los socialistas por retener el poder y los independentistas porque creen que así puede avanzar en sus objetivos. Sánchez está llevando al PSOE, un partido histórico y leal a España, a depender de los mayores enemigos de nuestra democracia.