Apuntes

Lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible

Si Aragonés se arrogara la representación de todo el independentismo, aunque no veo yo a las CUP por esa labor, debería reconocer que hablaría en nombre del 27 por ciento de los catalanes

No es mi intención molestar al admirado president de la Generalitat, Pere Aragonés, ni, por supuesto, a su antecesor en el cargo don Carles Puigdemont, cuya solemne declaración, «El Rey no sabe lo que es la democracia», debería esculpirse en mármol, pero no estaría de más que se ciñeran alguna vez a los hechos, porque el voluntarismo está muy bien, pero, anclado en el vacío, la zozobra es segura. Aragonés, faltaría más, está en su derecho de criticar las palabras de Don Felipe, pero de la misma forma que uno no hablaría nunca en el nombre de todos los periodistas, a veces ya ni en el mío propio, el dirigente republicano debería asumir que en las últimas elecciones generales, en Cataluña, su partido obtuvo menos votos que el PP, qué ya es decir, y si sacó un escaño más que los de Feijóo fue por las particularidades de nuestro sistema electoral. Incluso, si Aragonés se arrogara la representación de todo el independentismo, aunque no veo yo a las CUP por esa labor, debería reconocer que hablaría en nombre del 27 por ciento de los catalanes, que fueron los que votaron opciones nacionalistas, aunque no digo yo que alguno de los 36.436 votantes del PACMA tenga esa querencia. En resumen, que lo correcto es que, al referirse a las palabras de Su Majestad, comenzara por un «los separatistas creemos, pensamos u opinamos» que el Rey de España es lo peor y que las cosas que defiende, la Constitución y la unidad de la Nación, son despreciables. Y todos tan contentos. Pero no, tanto él como Puigdemont se permiten hablar en nombre de todos los catalanes, todos, como si la opinión expresada en las urnas de la mayoría careciera del menor valor. Por otra parte, tampoco parece de recibo que se haga un «Maduro», por don Nicolás, y se lleve las manos a la cabeza cuando el Rey, al que la Constitución atribuye la Jefatura del Estado y el mando supremo de las Fuerzas Armadas, qué cosas, dice que de partir la Nación ni hablar y que fuera de la Carta Magna, es decir, de la Ley, no hay una España en paz y libertad. Porque, claro, luego pasa como con los chulitos chavistas venezolanos, que declaran formalmente la anexión de media Guyana y en cuanto se deja caer por ahí una cañonera británica apelan al diálogo pacífico con los vecinos y a los acuerdos internacionales, no vaya a ser que, dada la proverbial eficacia de la maquinaria estatal bolivariana, no sean capaces de hacer flotar convenientemente una fragata. En fin, que el president Aragonés y demás compañeros mártires en potencia deberían aplicarse el principio de que lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible. Les iría mucho mejor.