El hundimiento del PSOE

La Razón
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He esperado a que se agotaran las primeras impresiones del nada sorprendente resultado de las elecciones municipales y regionales convocadas para el 24 de mayo. La conclusión, en pocas palabras, es que no las ha ganado nadie pero las hemos perdido todos. Ahora bien, ahondando en el análisis, bajo la hojarasca anecdótica, produce un impacto doloroso, al menos para mí, que no le he votado pero como ciudadano le necesito, el hundimiento del Partido Socialista, cuya marcha triunfal condujo Felipe González con sentido del Estado y de la Historia, pero cuya trayectoria quebró José Luis Rodríguez Zapatero en el «septenio negro» (2004-2011). Esa experiencia que forzó su defenestración por el propio partido obligándole a retirar su candidatura para las siguientes elecciones generales, hubiera podido servir de lección. No fue así. Predominó la intoxicación de aquel período infausto y la desorientación de Pedro Sánchez hizo lo demás, con una actividad errática y zigzagueante que le ha conducido al abismo.

En octubre de 2011, en un día con mal fario que cualquier andaluz habría desaconsejado, el pueblo español reaccionó contundentemente, otorgando su confianza mediante la mayoría absoluta parlamentaria a la otra rueda de la bicicleta que tira de este «rickshaw». Lo mismo había sucedido unos meses antes en las comunidades autónomas y en los ayuntamientos. Pues bien, cuatro años después, el Partido Socialista no sólo ha fracasado en su legítima tentativa de recuperar el terreno perdido, sino que le han abandonado 700.000 votantes más, quedando el tercero en Madrid, casi desaparecido en Barcelona y rebasado ampliamente en Valencia y otras ciudades, donde el voto tiene además una dimensión cualitativa, aunque le hayan sido leales las zonas no urbanas. Lo más grave sin embargo no es el hecho en sí mismo, sino la reacción. El así golpeado parece no darse cuenta. Dice la sabiduría popular que Dios acertó en el reparto de la inteligencia entre los humanos, pues nadie se queja de la suya. Lo mismo ocurre con los resultados electorales: todos ganan con una mueca que quiere parecer sonrisa.

A la vista de este paisaje catastrófico uno se pregunta cuál haya podido ser la causa de las ruinas que contempla. La respuesta ha de buscarse en la historia, la del propio Partido y la de España, que nuestro socialismo no ha asumido ni al parecer asumirá nunca para mal propio y de todos. Como consecuencia de ese cerrar los ojos, en su desastrosa campaña su secretario general se equivocó radicalmente de enemigo y dirigió toda su furia contra el Partido Popular, rival pero también complementario, compañero en la senda de la Constitución, olvidando que su enemigo más peligroso, implacable además, fue en el pasado y lo es en el presente el Partido Comunista, algunas de cuyas materializaciones actuales se llaman «Podemos» y las «marcas blancas» satélites, que a nadie deberían engañar pero lo consiguen, cuya facilidad para el disfraz es notoria. «La mentira es revolucionaria», dijo Lenin. En tal sentido me suena más sensato el consejo de no hacer «frentismo» que desde Sevilla ha enviado Susana Díaz a la madrileña calle de Ferraz. Mujer al fin, está más cerca de la realidad que los sesudos varones tan proclives a los conceptos y a las generalizaciones. El tiempo transcurre y leo que el candidato socialista insiste en su despiste. No comprendo que la noble ejecutoria del socialismo español con más de un siglo a sus espaldas sea malbaratada por una indigesta ansia de poder, convirtiéndole en doméstico de «Podemos», chupando rueda tras ese grupo antisistema y bailando como el oso al son de la zampoña del bolivariano.

No sería sensato extrapolar el mapa electoral para profetizar lo que ocurrirá en las generales a seis meses vista, pero este «sondeo» o esta «encuesta» con fuego real puede y debe ser considerada como su «primera vuelta». En el intermedio los jefes de filas tienen la oportunidad de reaccionar y fijar el rumbo. Los electores, por su parte –ténganlo por seguro–, reflexionarán sobre las consecuencias que produjo su ausencia de los colegios o su voto por indignación, y quizá muchos regresarán ese cercano día como portadores de la soberanía popular. Confío en el buen sentido de nuestro pueblo. Por lo demás, como una de ese mangas que marcan el sentido y la fuerza del viento, viene a mi memoria lo que con vehemencia, ante miles de sus seguidores en Cuenca, dijo Indalecio Prieto en mayo de 1936, dos meses antes de que implosionara la República: «Mis dos amores son el Partido Socialista y España, pero si alguna vez hubiera contradicción entre ellos, que no deseo se produzca nunca, elegiría los intereses de España». Ésta es la palabra mágica.