Elogio de la moderación

Esta primacía de la posición moderada y centrista no es una novedad, pese a que se haya puesto de relieve su importancia en las democracias actuales, ni es cierto que, como se suele decir, carezca de ideología definida

La Razón
La Razón FOTO: La Razón

Hablamos en estos días de tendencias políticas relacionadas con ciertos extremismos que se desarrollan en nuestra sociedad y que preocupan a la mayor parte de la ciudadanía. Y es que, como está demostrado, no solo en la actualidad sino en la teoría política clásica, la clave de bóveda para sostener un estado equilibrado es la moderación que representa el término medio del espectro sociopolítico. Esta primacía de la posición moderada y centrista no es una novedad, pese a que se haya puesto de relieve su importancia en las democracias actuales, ni es cierto que, como se suele decir, carezca de ideología definida. Se suele retrotraer su concepción a la Política de Aristóteles, a las consideraciones del filósofo sobre la preferencia de la clase media como espina dorsal del estado al encarnar la conciliación entre extremos sociales, entre los más ricos y los desfavorecidos. Igualmente, el estado ideal aparece en el Estagirita como una democracia moderada y el mejor gobernante es aquel que conserva de la forma más duradera el régimen constitucional y evita en lo posible la mudanza de sistema político. La crítica de las constituciones que hace Aristóteles, por ejemplo en el caso espartano, busca esa mediocridad dorada lejos de su militarismo excesivo. También en las éticas aristotélicas se pondera con preferencia el punto medio entre los extremos y otro tanto se da en la Retórica y la Poética. Los caracteres y las emociones se clasifican siguiendo esta dinámica: la valentía, como ejemplo conocido, representa un punto medio ideal entre la cobardía y la temeridad.

Pero no es solo a Aristóteles al que se deben estas ideas sino que puede decirse que la moderación configura una conglomerado ideológico profundamente enraizado en el pensamiento griego y que se desarrolló a lo largo de la historia como uno de sus principales legados políticos y morales, pero también estéticos y científicos: a la noción de término medio acompañaban siempre las de simetría, proporción y armonía entre extremos. La sabiduría antigua, tanto la médica y la estética como en la filosofía o la política, hacía énfasis en la doctrina de la moderación como medio más deseable entre excesos y carencias. Hay que pensar, por ejemplo, en la teoría hipocrática de los humores, que cifra la salud en el equilibrio entre los cuatro líquidos del cuerpo humano, una armonía que a menudo se designa como «isonomía», un vocablo que, no en vano, se consagrará como metáfora política de concordia social de la mano de la reforma democrática de Clístenes en Atenas. En la estética, huelga recordar que el famoso canon de la belleza y la proporción áurea, en el caso de Policleto, que también remite a estas ideas de simetría y relación armónica entre las partes y los extremos. La moderación no es solo saludable y deseable, sino también hermosa y justa.

Ya la mitología griega contenía varias leyendas con enseñanzas sobre el término medio. Una de las más célebres es la de Dédalo, artífice cretense, y su hijo Ícaro, quien, al ponerse las famosas alas para escapar del rey Minos, no siguió la sabia indicación de su padre: «Vuela por el curso medio» y pereció al acercarse demasiado al sol y derretirse la cera que formaba sus alas artificiales. También para la religión griega recordemos que el centro oracular y de culto panhelénico por excelencia, Delfos, ostentaba como una de las máximas clave de la sapiencia tradicional –junto a otras de los Siete Sabios– el famoso «meden agan» («nada en demasía»). La moderación era la clave de la sabiduría tradicional.

Quizá el primer ejemplo de su aplicación política sean los pitagóricos, que defendían la armonía, la geometría y la proporción, más allá de lo matemático-musical, como directrices para el gobierno de las ciudades, para las que es fama que esta escuela, desde Pitágoras a Arquitas de Tarento, elaboró afamadas legislaciones. De hecho, entre los escritos pseudopitagóricos se encuentra un tratado sobre el punto medio dorado atribuido a Teano, esposa de Pitágoras en la tradición. La escuela de Sócrates, siguiendo esa inveterada tradición griega en pos de la moderación, pone énfasis también en la búsqueda de la «sophrosyne» o prudencia, ponderando como lo más adecuado elegir la mitad de los extremos en cualquier disyuntiva de la vida, la educación o la política. Y los proyectos políticos de su discípulo Platón, tan dependientes de la tradición sapiencial griega, siempre estuvieron anclados en la idea de que la armónica proporción natural del cosmos debía inspirar el ordenamiento político ideal. Compuestas durante la crisis de la ciudad estado tradicional, la República o las Leyes miran al bien, la belleza y la moderación como claves de la regeneración política. Esta última obra, quizá anticipando la idea de la constitución mixta (o moderada, podríamos decir) de Aristóteles y, más tarde, de Polibio, tienden a un sistema de gobierno que, superando el impasse del debate político de las «tres constituciones» (monarquía, oligarquía y democracia), parece postular una mezcla proporcional en pos del gobierno ideal.

No está de más hacer hoy una apología de la moderación, entendida como tendencia política identificada con los votantes que se sitúan en el centro y rechazan tanto los extremismos de derecha como los de izquierda. Pero también como ideología de hondas raíces. Las encuestas muestran una y otra vez que esta es la opción favorita de una mayoría significativa en las democracias avanzadas y que el partido que es percibido como representante de esa opción suele ser el más votado por un electorado que, ya sea por pragmatismo o seguridad sociopolítica y económica, prefiere no hacer grandes mudanzas ni turbaciones basadas en intereses de facción. Como decía la máxima griega «metron ariston» («lo mejor es el punto medio»).