Horas difíciles y decisivas

La Razón
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No era difícil para cualquier historiador predecir los resultados a que nos conduce la fecha del 21 de diciembre en las vísperas de la Navidad. Parece que hemos dado un gigantesco salto atrás hasta las horas de la busca y la biga, el desgarrón humillante para todos de 1640 o las divergencias dinásticas de los comienzos del siglo XVIII. Siempre se halla en juego un enfrentamiento de intereses aunque traten de justificarse mediante una doctrina. Descubrimos sin embargo ahora dos novedades: el odio dialéctico se instala en el protagonismo y no es la persona del Rey sino la institución misma de la Monarquía la que se sitúa en el punto de mira. Esto hace que los tres ejemplares discursos de Felipe VI sean enviados al olvido sin comprender que en ellos precisamente se encuentra la solución correcta a una división que ha llegado a convertirse en mero sentimiento dominado en abundancia por los resortes del materialismo dialéctico. Los catalanes no debieran olvidar que la Monarquía –separación entre autoridad y poder y paralelismo entre los tres poderes que Montesquieu considerara esenciales– es una invención europea que tiene en cuenta las largas investigaciones acerca de la persona humana que helenismo, judaísmo y cristianismo llegaron a realizar.

Precisamente a Cataluña se debe una de las formas de convertir en realidad ese modelo. La primera constitución (Ordenamiento de Casa y Corte) fue precisamente redactada en Barcelona a mediados del siglo XIV y de ella salieron luego las demás leyes fundamentales. Me permito insistir en un punto al que me he referido en otros artículos: Caspe. Aquí en 1411 fue en donde la Generalidad se mostró más contundente advirtiendo a sus procuradores que lo importante no era la persona cuyos derechos debían ser reconocidos sino conservar la Unión de reinos, forma peculiar española que se distinguía de las tendencias al absolutismo unificador que se estaba poniendo en marcha en otros países y que significaba un quebranto para las libertades en plural que en España estaban entonces aseguradas. Y fue así como los Trastámara llegaron a instalarse en Barcelona considerándose custodios de esta forma de unidad esencial. Cada reino podría tener peculiaridades en su administración pero haciendo de este modo más firme el sentimiento de unidad que caracteriza a la persona humana. Y así lo había escrito Ramon Lull en lengua catalana.

La potencia alcanzada por las fuertes monarquías unitarias que seguían el modelo francés hizo que también en España se introdujesen las formas del autoritarismo unitario despertando con ello ciertas fuentes de conflicto. Pues bien, la Constitución de 1978 trató precisamente de enmendar los errores haciendo del Estado español una suma de autonomías que reconocía a fondo la conciencia histórica que hicieran de España una especie de fuente capaz de acabar con todas las formas de servidumbre y crear reinos en todo el continente americano en lugar de colonias. Pues aquí es precisamente en donde hallamos el impensado contrasentido. Cataluña que debía ser principal defensora de esta Constitución que responde a sus lejanos proyectos se ha convertido en enemiga cerval de la misma como si pretendiera imponer una especie de soberanía autoritaria de nuevo estilo. Sorprendente y extraña contradicción a los ojos de un historiador. Naturalmente esa ruptura entre las dos Cataluñas constitucionalista y soberanista es algo inesperado. Se han invertido los términos y los que defienden el sistema unificador en el interior de un limitado territorio se reconocen a sí mismos como «soberanistas». Es lo mismo que si pretendieran retornar a los absolutismos de tiempos pasados.

Nos encontramos pues ante una evidente inversión de los términos: aquellos que debieran defender con más entusiasmo la nueva forma de Estado a la que se llegó por medio de una larga y exitosa transición de casi veinte años superando los defectos de una larga serie de guerras civiles son ahora quienes se oponen a ella invocando precisamente una ruptura que a todos causa daño. Conviene poner el acento en una de las dimensiones esenciales de esa transición: quienes con más empeño trabajaban se estaban convenciendo a sí mismos de que el verdadero objetivo se hallaba en introducir toda la península ibérica en esa Unión Europea que los padres de la misma desde 1947 habían invocado precisamente con esas mismas palabras de unidad. Ahí tenemos una de las claves para la solución del problema.

La coincidencia del secesionismo por ahora frenado, del Brexit decepcionante y de los pequeños movimientos que en Córcega o el Piamonte o Flandes se van detectando sin que lleguen a descubrir y establecer fórmulas nuevas resulta muy significativa. No es solo la unidad de España la que se encuentra en juego sin tener en cuenta otras circunstancias económicas que afectan a otros lugares de la tierra. Es Europa. Tras trescientos años de incesantes guerras que la habían sacudido con pérdidas que ahora resultaría muy difícil calcular con exactitud dadas las enormes dimensiones de los daños, un gran político inglés, Churchill, descendiente de aquel «Mambrú que fue a la guerra mire vd que pena», formuló un camino para la solución. Volver al gran proyecto carlovingio de entendimiento y unión entre todos aquellos países que compartían la europeidad.

Aquí es en donde los políticos de nuestros días deben trabajar con mayor empeño. No basta con los diálogos internos que a la larga pueden conducir a un desgaste ya que las divergencias adquieren volumen paralelo. Es imprescindible continuar la gran tarea. A los catalanes preocupa especialmente la posibilidad de quedar excluidos de esa Europa y en esto tienen razón. Aquellas cinco naciones iniciales, Italia, Alemania, Francia, España e Inglaterra deben volver a trabajar juntas estrechando los lazos y cediendo dimensiones de autoridad a los organismos comunes. Solo así se podrá salir de los problemas y evitar los peligros de violencia y terrorismo que nos sacuden. Y entonces se verá claramente cómo la Constitución de 1978 es un paso adelante decisivo para todos.