Los centristas no consiguen afianzarse

¿Por qué siguen siendo débiles los partidos centristas? ¿Por qué no han conseguido unir a los moderados de los dos lados de la división ideológica?

En la mayoría de las democracias avanzadas, un gran partido de centro derecha compite con un gran partido de centro izquierda. Naturalmente, el grado en que un sistema electoral favorezca a los grandes partidos afecta al grado de fragmentación política, pero las democracias desarrolladas se caracterizan por la competencia entre partidos grandes de centro izquierda y de centro derecha. Entonces, ¿qué pueden hacer centristas auténticos como Mario Monti, el respetado «premier» italiano?

Desde luego, las lealtades regionales y étnicas desempeñan un papel mayor en algunos lugares de Europa –por ejemplo, Escocia, Bélgica y Cataluña–, pero mucho más aún en los países en ascenso, donde las divisiones políticas reflejan también circunstancias poscoloniales concretas y con frecuencia la herencia del gobierno de un solo partido. Aun así, incluso en las democracias «con un mercado en ascenso», como Chile, México, Corea del Sur e India, la división derecha-izquierda desempeña un papel importante, mientras que los que reivindican el centro siguen siendo por lo general débiles. Los liberal demócratas británicos, por ejemplo, han intentado durante decenios llegar a ser un tercer partido centrista fuerte sin conseguirlo. Aunque el vocabulario político en EE UU es diferente, el Partido Demócrata desde Frankin Roosevelt es en verdad una fuerza de centro izquierda, el Partido Republicano ocupa la derecha y no existe ningún otro partido importante.

En Francia y Alemania, hay más fragmentación. La política sigue dominada por un gran partido de centro izquierda y un gran partido de centro derecha, pero grupos más pequeños –unos reivindican el centro y otros la extrema derecha y la extrema izquierda– compiten con ellos en grados diversos. En algunos países, los verdes tienen su propia identidad, cercana a la izquierda, pero, pese a los notables avances en Alemania, siguen sin lograr el tamaño electoral de los grandes partidos. En España, Portugal, Grecia, Turquía y los países nórdicos existen variaciones de esa estructura básica. La situación es particularmente interesante en Italia, donde Monti, tras decidir presentarse a las próximas elecciones, ha tenido que situarse en la derecha (cosa que indicó al asistir a una congregación de los dirigentes de los partidos de centro derecha de Europa). Ahora, el ex primer ministro Silvio Berlusconi y él se disputan el espacio de la derecha y las encuestas conceden la mayoría al Partido Democrático, de centro izquierda.

Entre los planteamientos de los imperativos económicos y sociales del centro derecha y del centro izquierda, hay al menos cuatro diferencias económicas. La derecha tiene más confianza en los mercados para la asignación de recursos y para brindar incentivos apropiados, prefiere el consumo privado a los bienes públicos, le preocupa poco la desigualdad económica y suele ser más nacionalista y menos optimista sobre la cooperación internacional. En cambio, la izquierda cree que los mercados, en particular los financieros, necesitan una considerable regulación y supervisión estatales para funcionar bien, concede más importancia a los bienes públicos (por ejemplo, los parques, un medio ambiente limpio y los sistemas de transportes públicos en gran escala), pretende reducir la desigualdad económica, por considerar que socava la democracia y la sensación de equidad que es importante para el bienestar, y está más dispuesta a recurrir a la cooperación internacional como medio de garantizar la paz y proporcionar bienes públicos mundiales, como la protección climática.

Cuando examinamos las políticas económicas reales, vemos que siempre combinan elementos de centro derecha y de centro izquierda. Las repetidas crisis financieras han atemperado la fe de la derecha en los mercados no regulados, mientras que la izquierda se ha vuelto más realista y prudente respecto de la planificación estatal y los procesos burocráticos. Asimismo, la alternativa entre los «bienes» de consumo privado y los de consumo público con frecuencia está desdibujada, pues los políticos suelen reforzar la comprensible tendencia de los ciudadanos a exigir bienes públicos y al tiempo rechazar los impuestos necesarios para pagarlos. Como la desigualdad de ingresos ha aumentado –espectacularmente en algunos países como EE UU–, está ocupando el primer plano del debate y reforzando la división tradicional. No obstante, el centro derecha y el centro izquierda discuten sobre el grado de redistribución, no sobre la necesidad de cierta progresividad en los impuestos y las transferencias. Las dos convienen también en la necesidad de la cooperación internacional en un mundo cada vez más interdependiente y sus diferencias se refieren principalmente a la magnitud del gasto que se le debe dedicar.

En vista de que las diferencias en las políticas han pasado a ser en gran medida una cuestión de grados, ¿por qué siguen siendo débiles los partidos centristas? ¿Por qué no han conseguido unir a los moderados de los dos lados de la división ideológica? Una razón es la de que sólo una minoría es políticamente activa. Los miembros activos de los partidos profesan opiniones ideológicamente más coherentes –y con mayor contundencia– que la mayoría de quienes están menos políticamente comprometidos, por lo que los activistas disfrutan de una influencia desproporcionada en el proceso político. Al fin y al cabo, la difusión de ideas y propuestas de políticas más matizadas resulta relativamente difícil de lograr con la suficiente eficacia para inspirar un apoyo popular amplio y entusiasta. Pero también hay diferencias fundamentales en valores y concepciones económicas, además de en intereses económicos, que propician posiciones bastante coherentes de los votantes en la derecha o la izquierda. Las discrepancias pueden propiciar avenencias, pero no cambian las diferencias subyacentes de las posiciones de partida. Probablemente sea bueno que persista la competencia estructurada entre grandes partidos de centro derecha y de centro izquierda. Dichos partidos pueden contribuir a integrar los extremos en la corriente política principal y al tiempo facilitar la alternancia en el poder, que es esencial para el dinamismo de toda democracia; un sistema en el que un gran partido centrista permaneciera permanentemente en el poder sería mucho menos deseable. Quienes, como Monti, quieren organizar una opción desde el centro, por extraordinarios que sean personalmente, han de superar obstáculos formidables y justificados.