Carlos Osoro, Arzobispo de Madrid: “Los curas están en primera línea de ayuda”

Asegura que «la muerte no tiene la última palabra frente al coronavirus» y cree que si el Gobierno no valora la entrega de la Iglesia ahora, «será un lapsus...»

Cardenal Carlos Osoro.
Cardenal Carlos Osoro.©Gonzalo Pérez MataLa Razón.

Un cardenal en clausura. Carlos Osoro tiene 74 años y, por tanto, es grupo de riesgo. Un encierro que le ha frenado en su empeño de patearse las calles de Madrid. Desde su casa pastorea la archidiócesis, centro de operaciones donde comparte techo con sus obispos auxiliares. Para coordinar lo mismo el trabajo de los capellanes de hospital que salir al quite de las bolsas de ayuda que sirven de alternativa a los comedores sociales eclesiales. Para orar por el fin de la pandemia a un Dios que está seguro de que existe. «No tengo ninguna duda, aunque surja alguna tentación de enfadarnos con Él por todo esto», apunta.

–Purpurado y confinado.

–Estoy haciendo lo que han mandado las autoridades: teletrabajo y estar en casa. Solo salgo en el coche por las tardes para ir a la catedral y celebrar la misa de siete a puerta cerrada, pero retransmitida por Youtube. Voy allí para invocar al final de la eucaristía a la Virgen de la Almudena para que nos proteja y nos cure a todos.

–Pastor telemático... ¿cómo lo lleva?

–Me permite estar con mucha más gente de la que yo podría estar en directo. El Señor me ha pedido que sea pastor de todos, de los que creen y de los que no. Unos me reconocen y otros no, pero yo les reconozco a todos y les pongo en manos de Dios.

–Usted es más un obispo de calle ¿Cómo se gobierna entre cuatro paredes?

–Estoy en conexión con todos los vicarios y los obispos auxiliares. Aquí no se ha parado nada.

–Misa de siete... ¿Llega para el aplauso de las ocho?

–Llego apurado, pero sí.

–¿Y entona el «Resistiré»?

También se canta. No hay que perder la esperanza.

–Parte de guerra: ni curas ni monjas se libran del virus…

–Hay un grupo muy grande de sacerdotes y religiosos que han adquirido el virus porque no se han resguardado y han estado y están en primera línea al servicio de la gente, al encuentro con los que más lo necesitan. Intento estar en conexión directa con ellos. Me estremece su entrega callada.

–Las parroquias han puesto el candado, pero la Iglesia no ha echado el cierre.

–La Iglesia está presente en el frente de esta pandemia. Porque no solo están ahí los consagrados, también todos los cristianos que son médicos, enfermeros, transportistas, trabajadores de supermercado… Todos ellos se sienten iglesia y lo manifiestan.

–¿Y Cáritas?

–En Cáritas Madrid estamos literalmente desbordados, pero no vamos a rebajar ni un ápice nuestra entrega. Es la gran red de ayuda que no se nota pero que se siente en los barrios y pueblos a través de las parroquias, donde se están promoviendo ayudas que llegan a todos los ámbitos, desde el tener adoptado a un abuelo a sostener a las familias que carecían de recursos.

–¿Qué colectivo vulnerable es el que más le agobia?

–Sin duda, los ancianos y los «sintecho». Con ellos estamos volcando todos los medios a nuestro alcance. Estoy preocupado por las residencias, por los fallecidos, pero también por quienes cuidan de los mayores, que también han caído enfermos.

–El decreto del estado de alarma dejaba un estrecho margen para celebrar misas sin aglomeraciones. En la Comunidad de Madrid, usted y el obispo de Getafe suspendieron los actos y cerraron los templos. Sin embargo, el obispo de Alcalá, Juan Antonio Reig Pla, se resiste…

–Como arzobispo metropolitano hablé con los dos obispos. El de Alcalá ya había tomado la decisión de tener abiertas las iglesias y el de Getafe y yo decidimos cerrar. Hemos hecho objetivamente bien para impedir el contagio.

–En Nápoles, la Policía ha denunciado a un párroco y un grupo de fieles por celebrar una misa clandestina. ¿Llegará algún presbítero a este extremo?

–La comunidad católica en España en general es consciente de que tenemos que cerrar físicamente las parroquias. Está clarísimo en todas las diócesis.

–¿Dónde está Dios en medio de todo esto? Si es que está…

–Dios está. Está presente en nuestra vida, no nos abandona, está a nuestro lado, es nuestra esperanza ante esta pandemia. Piénsalo a la inversa: sin Dios, la vida no tiene sentido ni hay lugar para la esperanza.

–Dígaselo a quien ve morir de un día para otro a su familiar sin poder despedirse, velarlo o enterrarlo...

–Todos podemos tener la tentación, pero en estos días me estoy encontrando con gente que precisamente busca esas palabras de consuelo, de saber que Dios es el único que no les abandona. Nosotros podemos abandonar, pero el Padre no.

–¿No se ha enfadado con este Dios Padre algún rato?

–Hay momentos en los que uno tiene derecho a pensar desde sí mismo y es cuando te enfadas. Pero en seguida te remites a este Dios en el que creemos, que no quiere el mal de los hombres, que nos da la vida. La muerte no tiene la última palabra frente al coronavirus.

–¿Cree que los políticos están dando el callo?

–Yo querría que todos estuviésemos a la altura de este fenómeno que nos desborda y que no mirásemos intereses personales o de grupo, sino los del pueblo. Nos necesitamos todos. Aquí no hay ideologías, sino una única idea: la defensa de la vida. Todo lo demás debe ser secundario.

–En las dos alocuciones del presidente del Gobierno del fin de semana no mencionó a la Iglesia. ¿Lapsus?

–Me sospecho yo que sea un lapsus. No creo que hoy nadie prescinda de lo que está haciendo la Iglesia. Si ahora en Madrid desapareciese todo lo que está haciendo la Iglesia con los vulnerables, se notaría. Evidentemente, a los primeros que hay que dar las gracias es al personal sanitario, porque es admirable cómo están entregando su vida. Pero no puedo dejar de agradecer cómo se están arriesgando los diferentes grupos eclesiales.

–¿Cómo será esa Iglesia tras la pandemia?

–Tiene que ser un Iglesia que mire al otro como hermano. Nos tocará arrimar el hombro a todos, como ahora, para responder a las necesidades de esos hombres y mujeres de hoy, sin diferenciar las ideas que tengan.