«Esta economía de la exclusión y desigual mata»

La nueva versión de la adoración del becerro de oro: el fetichismo del dinero y la globalización de la indiferencia

«La adoración del antiguo becerro de oro ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero». Así denunció ayer el Papa Francisco en su primera exhortación apostólica, «Evangelii Gaudium», el actual sistema económico en el que el poderoso se come al más débil y en el que se defienden a toda costa la especulación financiera y la autonomía absoluta de los mercados.

Francisco se mostró muy crítico con los valores que parecen mover en la actualidad el mundo: la idolatría del dinero y la globalización de la indiferencia. Dos aspectos que explican lo inexplicable. Y es que «no puede ser que no sea noticia que muera de frío un anciano que viva en la calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la Bolsa». Un ejemplo con el que el Papa criticó el actual sistema económico, al que considera no sólo injusto en su raíz, sino «asesino». Así, en su exhortación, Francisco hizo hincapié en la necesidad urgente de cambiar esta realidad: «Como el mandamiento de ''no matar'' pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir no a una economía de la exclusión y la desigualdad. Esa economía mata». En esta crítica a la economía de la exclusión recordó a su vez que «no se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre», porque este tipo de comportamientos refleja una sociedad que considera al ser humano como un bien de consumo, de usar y tirar.

Políticos a los que les duela la pobreza

En este contexto, el Papa denunció que se «ha desarrollado una globalización de la indiferencia», en la que la primacía del consumismo deja en un segundo, tercer o cuarto plano lo que de verdad debería importar. «Perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado», sin embargo «todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera». Esta insensibilidad queda patente en un mundo que permite alejar a los países de las posibilidades de su economía por la deuda sus intereses, y en el que la corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta han asumido dimensiones mundiales.

Por todo ello, Francisco «ruega al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres». Porque, aunque «estoy lejos de proponer un populismo irresponsable», «la economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos».

«Tenemos que convencernos de que la caridad no es sólo el principio de las microrelaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macrorelaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas», afirmó. Si realmente se quiere alcanzar una economía mundial sana, hace falta en estos momentos asegurar el bienestar económico de todos los países y no sólo de unos pocos».

Porque, en definitiva, para el Papa Francisco lo que tras este sistema se esconde no es otra cosa que «el rechazo de la ética y el rechazo de Dios». Y hasta que no se acabe con la exclusión y la injusticia dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos «será imposible erradicar la violencia».