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La carta que salvó a 24.000 judíos

LA RAZÓN recupera en exclusiva una de las misivas que envió Juan XXIII para proteger a los judíos del Holocausto en la que pedía ayuda al rey de Bulgaria para evitar las deportaciones forzosas

«Como vuestra majestad sabe bien, la Santa Sede, fiel a su tradición, continúa multiplicando las formas de asistencia de caridad a todos aquellos que padecen en esta guerra, independientemente de su lengua o nacionalidad, sin excluir, por supuesto, a los hijos de Israel». Con estas palabras, el entonces delegado apostólico en Turquía y Grecia, Angelo Roncalli, sorprendía al rey de Bulgaria, Boris III. Se libraba la II Guerra Mundial cuando el futuro Papa Juan XXIII decidió escribir al monarca búlgaro para «encontrar juntos motivos de apoyo en este camino difícil que nos toca atravesar», según explica el propio Roncalli en la carta escrita el 30 de junio de 1943, que se conserva en el Archivo Estatal de Bulgaria y a la que LA RAZÓN ha tenido acceso.

Clemencia con el pueblo judío es lo único que quería el Papa bueno, que permaneció durante casi diez años en Sofía –capital de Bulgaria– en representación de la Santa Sede. Allí y en su nuevo destino en Estambul (Turquía) trabajó para ayudar al pueblo judío, y miles de ellos salvaron la vida gracias a la mediación de Roncalli, que llevó a cabo la «Operación Bautismo». «¿Usted cree que los judíos estarían dispuestos a someterse voluntariamente a ceremonias de bautismo?», preguntó Roncalli al delegado en Estambul de la organización de Embarque de los Refugiados de Guerra, Ira Hirschmannn. «Si eso pudiera llegar a salvar sus vidas, creo que estarían dispuestos a hacerlo», contestó. A lo que el italiano añadió: «Pues ya sé lo que voy a hacer». Este plan para bautizar a judíos húngaros evitó que fueran enviados a los campos de concentración. Además, Juan XXIII emitía «certificados de inmigración» a Palestina a través del correo diplomático del Vaticano. Según las investigaciones, alrededor de 24.000 judíos pudieron refugiarse en territorios neutrales como Turquía y no se convirtieron en otras víctimas más del Holocausto.

«Yo busco humildemente trabajar en lugar de Cristo. Y es precisamente este ejercicio de caridad el que me impulsa a recurrir al corazón de vuestra majestad», afirma Roncalli en su carta. Además, añade: «Sé bien que son verdaderas las informaciones que llegan desde Bulgaria de que muchos judíos no están siendo bien tratados y abundan los casos que claman clemencia». Pero la intención del Papa bueno de ayudar a los judíos no quedó ahí. A la carta dirigida al rey Boris III de Bulgaria añadió unos folios en los que le relataba algunos casos concretos de víctimas de la persecución nazi a las que el monarca podría tender su mano para «asegurar la preservación de familias enteras».

En 1944, Angelo Roncalli es nombrado nuncio apostólico en Francia por el Papa Pío XII con el objetivo de normalizar la organización eclesiástica en el país, ya que algunos obispos habían colaborado con la Alemania nazi. Juan XXIII demostró en sus 28 años como representante diplomático del Vaticano su afán por preservar la paz. Así, luchó de forma incansable por alcanzar la hermandad entre religiones. Su carácter pacifista era un rasgo que compartía con Boris III, que decidió no participar activamente en la II Guerra Mundial e incluso se negó a deportar a Alemania a los judíos que se encontraban en Bulgaria. Por eso, Roncalli y el soberano mantuvieron una relación cercana mientras el Papa realizó las veces de delegado apostólico en Bulgaria. En 1962, tras cuatro años de pontificado, Juan XXIII estableció el Concilio Vaticano II, en el que se recoge el Decretum de Judaeis (Decreto sobre los hebreos), que determina que «quien desprecia o persigue a los judíos, hace daño a la Iglesia católica». Es ya como pontífice cuando se le reconoce a Roncalli su labor como favorecedor único del diálogo judeo-cristiano, porque mientras fue representante de la Santa Sede en varios países de Europa, no se le consideró un diplomático brillante.