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Dos papas santos

Un diplomático contra el Holocausto

Juan XXIII falsificó certificados de bautismo de judíos para hacerlos pasar por cristianos. Convenció a Turquía para que dejara pasar un barco repleto de niños hebreos alemanes

Roncalli siempre estuvo muy cerca de los más desfavorecidos, especialmente de los niños, a quienes visitaba y ayudaba con frecuencia
Roncalli siempre estuvo muy cerca de los más desfavorecidos, especialmente de los niños, a quienes visitaba y ayudaba con frecuencialarazon

Hermandad entre las religiones. Ése es uno de los legados más importantes que dejó Juan XXIII. Su pensamiento en este sentido se pone de manifiesto con las palabras que dedicó el 17 de octubre de 1960 a 130 representantes de la federación United Jewish Appeal en una audiencia en el Vaticano: «Yo soy José, vuestro hermano», 23 letras que bien resumen sus 23 años como representante diplomático de la Santa Sede en Bulgaria, Turquía y Francia. El Pontífice estuvo allí donde lo necesitaban y siempre con la cabeza puesta en todas esas personas que perdían la vida a causa de una cruenta guerra y eran perseguidas por cuestiones raciales, pero, ¿cuál fue el papel de Juan XXIII en el Holocausto? «Es sabido que falsificó certificados de bautismo de hebreos para hacerlos pasar por cristianos y, de este modo, evitar que fueran víctimas de los nazis. Fue una labor reconocida públicamente por los propios hebreos que se reunieron con el Papa en la Santa Sede», explica Vicente Cárcel Ortí, historiador y sacerdote valenciano.

Y es que cerca de 24.000 hebreros deben la vida a la incesante obra diplomática de Angelo Roncalli, lo que lo convirtió en un hábil promotor de la paz. Por su parte, el profesor de Historia Contemporánea de la Universidad CEU San Pablo, José Luis Orella, añadió que «los embajadores españoles también expidieron certificados de nacionalidad española a los sefardíes para que escaparan. Roncalli incluso utilizó los certificados de bautismo y diplomáticos hechos por Franco». Pero esa conversión al catolicismo no fue ni mucho menos forzada, ya que el Papa Juan XXIII manifestó que dependería de los bautizados judíos decidir si deseaban permanecer o no en la Iglesia.

De 1925 a 1935, Roncalli ejerció como diplomático de la Santa Sede en Bulgaria. «Después de siete siglos, un representante oficial del Papa pisaba tierra búlgara, entonces un Estado confesional ortodoxo, donde residía una minoría de católicos–unas cuarenta mil almas– dos obispos y numerosos sacerdotes, pertenecientes a distintas órdenes religiosas, a los que habían enviado a Bulgaria como a tierra de misión», recoge el historiador Javier Paredes en el Diccionario de Papas y concilios (Ariel). Al poco tiempo de llegar, Roncalli fue recibido en audiencia por el rey Boris III de Bulgaria. Su relación fue muy fluida durante los diez años de estancia de Roncalli en Sofía. El monarca, pese a estar cerca del bando de Hitler en el conflicto, no dudó en ayudar al futuro Papa a proteger a miles de judíos para que no fueran asesinados por los nazis.

Este capítulo de la historia de la Iglesia y, en definitiva, de la historia universal, no puede entenderse sin la figura de Franz Von Papen, embajador en Turquía del III Reich y quien habló abiertamente sobre el trabajo de Roncalli en Estambul. Ambos forjaron una amistad cuando el futuro Pontífice era delegado apostólico en Estambul que estaba por encima de las persecuciones raciales. Von Papen fue canciller alemán en 1932. Más tarde se trasladaría a Turquía para favorecer la entrada al conflicto de aquel país neutral en las potencias del Eje. «Yo le facilitaba dinero, ropa, comida y medicinas para los hebreos que acudían a él, llegando descalzos y desnudos de las naciones del este europeo, que poco a poco eran ocupados por las fuerzas del Reich», admitió hace ya años Von Papen.

El embajador del III Reich sacó a la luz acciones heroicas del Papa. Un barco lleno de niños logró sortear los controles y llegó al Bósforo. Turquía, respetando las reglas de la neutralidad, debería haber devuelto a esos niños a Alemania, pero Roncalli se negó y convenció al propio Gobierno turco y al embajador alemán para que los dejaran continuar su rumbo, ya que sabían que los enviaban a una muerte segura. Roncalli abriría poco después en Estambul el Centro de la Divina Providencia, un hogar para los prisioneros de guerra.

Sin embargo, «su papel ecuménico no cobraría importancia pronto. Cuando realiza la labor en Bulgaria todavía no es una persona con un perfil importante como para ser Papa. Su destino en Turquía también es menor y no es una persona en la que puedan fijarse los cardenales», señala Orella. Pero su labor en Francia ya es de primer orden, ya que «se enfrenta al general Charles de Gaulle, que pide la derogación absoluta de la cúpula católica en Francia», añadió Orella. Roncalli sorprendió al mundo con su talento diplomático y despertó el interés de toda la Iglesia.

El Concilio Vaticano II no es más que la confirmación del inicio de un cambio dirigido a restablecer las relaciones fraternas entre cristianos y judíos, que se evidencia en el «Decretum de Judaeis» –Decreto sobre los Hebreos–. Juan XXIII dio un golpe de timón a la Iglesia y su legado ha continuado hasta hoy con Francisco. La apertura que propugnaba este concilio viene determinada por la amplia visión de Juan XXIII, quien se acostumbró a vivir en países no católicos y en los que hizo amistades tan plurales como el rey Boris III de Bulgaria o el embajador de del III Reich en Turquía Franz Von Papen.

Es más, su amplia visión le llevó a ordenar a cardenales de todos los continentes, ya que cuando el Papa bueno es elegido Obispo de Roma apenas había 30 cardenales y casi todos europeos. «Más todavía que el haber promovido un Conci­lio, más que el escribir las «Mater et Magistra» y «Pacem in terris», por encima del profundo sentido pastoral que supo dar a todos los actos de su pontificado, la gloria del Papa Juan XXIII, la que la historia evocará por encima de todo, dándole un brillo propio y personal, será haber abierto una brecha y emprendido decidida­mente el camino hacia la unidad de la Iglesia y su apertura a todas las confesiones religiosas, incluido el complejo mundo del hebraísmo y el diálogo interreligioso. Él sembró la semilla que ha ido frutificando después», destaca Cárcel Ortí.

Bondad y humor

Por su parte, Roncalli era «una persona muy aclamada en Israel, donde lo conocieron como aquel sacerdote desconocido que no decía quién era, sólo ayudaba», comentó Orella. Pero no sólo allí, sino en todos los lugares por los que pasó. En la Biblioteca de la Nunciatura de Estambul se conserva el libro «Delle Antichità et Guerre Giudaiche», del historiador Josefo Flavio, dedicado a Juan XXIII: «Regalo al delegado apostólico de Estambul, Mons. Roncalli, por el doctor Wettmann y la señora Bauer en nombre de los judíos de Palestina y otros lugares en signo de reconocimiento por los múltiples servicios en beneficio de los judíos durante los dolorosos años 1942-1943». Por otro lado, el profesor de Historia Contemporánea recuerda con simpatía alguna de las frases que evidenciaban la bondad de Juan XXIII: «Dios, en su infinita sabiduría, si sabía que iba a ser Papa podría haberme hecho más guapo». Y a un embajador soviético le dijo: «Creo que tenemos que ser amigos. Los dos somos los dos más gordos del cuerpo diplomático».

En primera persona

Marcel israel

Secretario de Relaciones Internacionales del Consejo Nacional de las Comunidades Religiosas de Bulgaria

Habrían hecho falta más Roncallis en la II Guerra Mundial»

Juan XXIII es para los hebreos el Papa judío, mientras que en Bulgaria lo llaman el Papa búlgaro. «Significa mucho para nosotros porque a través de una carta o una llamada telefónica salvó muchas vidas», destacó Marcel Israel, secretario de Relaciones Internacionales del Consejo Nacional de las Comunidades Religiosas de Bulgaria –bajo el lema Religión para la paz-, que pertenece al Consejo Europeo de Líderes Religiosos. Además, «era un gran diplomático». Lo cierto es que el Pontífice era una persona querida. Juan XVIII es recordado por su afán aperturista, incluso muchos ven en Francisco gestos que los identifican. Su lucha por preservar los derechos de todos los ciudadanos, independientemente de su religión, le valió el cariño del pueblo judío. Mientras, los católicos le reconocen su profunda preocupación por mantener viva la hermandad entre las religiones.

«Habrían hecho falta más Roncallis en la II Guerra Mundial», apunta Israel. Y es que el Papa «siempre intentó apoyar y ayudar a los judíos, porque era muy humano», dijo. Es más, «la Iglesia católica siempre intentó apoyar a los judíos en Bulgaria». Asimismo, Marcel Israel, que también fue presidente de las comunidades judías de Bulgaria, quiso destacar la colaboración de algunos relevantes diplomáticos europeos, como el español Julio Palencia, el turco Behic Erkin o los búlgaros Boyan Atanassov y Nicola Petsev.

Angelo Roncalli, natural de la provincia italiana de Bérgamo, tenía una relación fluida con el monarca búlgaro Boris III, ya que durante casi cinco años hizo las veces de delegado apostólico en Bulgaria, aunque su relación con el país venía desde 1925, cuando ejercía de visitador apostólico. «Le unía una gran amistad a la familia, porque ambos intentaron ayudar a los hebreos. Bulgaria era un puente para la entrada de los judíos a Turquía», señaló. Además, los judíos búlgaros fueron salvados en su totalidad. De igual modo, mantuvo buenas relaciones con el Gobierno turco durante su estancia como delegado apostólico en Estambul desde 1935 a 1944, cuando se trasladó a Francia. Al marcharse a Turquía, Ivan Garufalof, «otro fiel defensor de los derechos de los judíos», lo sustituyó en Bulgaria.