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Entrevista

«La inflamación del cuerpo le hace estar en alerta constante y eso desgasta el sistema inmune»

Entrevista a Irene Sendino, médico y nutricionista

Irene Sendino SAMU PÉREZLA RAZÓN

Cuando tenía dos años, a Irene Sendino le dijeron que tendría que aprender a vivir con inflamación y una enfermedad autoinmune crónica. Fue la llama para despertar una vocación, formarse como médico y nutricionista y ayudar a otras personas a recuperar el control de su bienestar. Ahora, vuelca todo su conocimiento en su libro «Vive sin inflamación», una obra en la que propone equilibrar el sistema inmune para activar la salud.

¿El verano nos inflama más?

No tendría por qué. El calor puede favorecer cierta deshidratación y eso, a veces, provoca retención de líquidos. No es inflamación como tal, pero nos hace sentirnos más hinchados. Lo que realmente dispara la inflamación en verano es la desconexión de nuestras señales internas, y el cambio brusco en nuestras rutinas, sin previo aviso. Porque el cuerpo no tiene un botón de «modo verano» que le avise de lo que se viene para que pueda estar preparado.

¿Qué es lo peor que hacemos al cuerpo?

El problema no es un helado, una copa de vino o trasnochar una noche; es no saber encontrar ese punto medio, irnos al extremo porque «estamos de vacaciones» y, además, hacerlo cada día, durante semanas, sin darnos cuenta de que el cuerpo tiene un límite.

Nos desconectamos tanto de nuestras señales –de cuándo estamos llenos, de cuándo necesitamos descansar un poco o de cuándo simplemente nos vendría bien un poco de movimiento– que confundimos disfrute con exceso. Y luego, cuando volvemos de vacaciones, es cuando empezamos a recuperarnos de todo ello. Ese vaivén es lo que realmente inflama: no el placer, sino no saber cuándo parar.

¿Cómo influye esa inflamación en el sistema inmune y, por tanto, en la salud?

Cuando el cuerpo está inflamado, entra en «modo supervivencia» y normalmente esa inflamación ocurre a nivel digestivo, más concretamente en el intestino delgado, donde se encuentra más del 70% del sistema inmune. Si esa inflamación se cronifica, puede activar de forma desproporcionada las defensas, generando alergias, sensibilidades o incluso trastornos autoinmunes. Un cuerpo inflamado está en alerta constante y en esa alerta mantenida el sistema inmune empieza a desgastarse y a generar síntomas como dolores de cabeza o articulares, falta de energía, insomnio, digestiones pesadas, diarreas o estreñimiento, infecciones repetidas, caída de pelo…

¿La inflamación daña la salud mental?

Mucho más de lo que creemos. Sabemos que la inflamación del cuerpo puede afectar al cerebro: nos sentimos más irritables, nos cuesta dormir, concentrarnos o mantener el ánimo estable. La inflamación a nivel intestinal altera nuestra microbiota, y eso tiene un impacto enorme en el equilibrio emocional. Aunque neurotransmisores como la serotonina o el GABA, que se generan en el intestino, no viajan directamente al cerebro, el intestino y el cerebro están en constante comunicación a través del nervio vago. Por eso, cuando el cuerpo está inflamado, también lo está el sistema nervioso. Y eso se traduce en más ansiedad, más dificultad para resolver situaciones inesperadas, agobio frente a problemas sencillos y una sensación constante de no estar a la altura, incluso en lo cotidiano. Por eso lo digo claro: si tu cuerpo está inflamado, tu mente no puede estar en paz. Es como querer meditar en medio de una alarma de incendios.

¿Estos problemas son cada vez más frecuentes en los niños y adolescentes?

Sí, y cada vez antes. Más del 40% de los niños en edad escolar presenta ya trastornos inflamatorios como asma, dermatitis, fatiga, dolor abdominal recurrente o cefaleas, según la OMS. La razón es que la infancia actual está expuesta a factores que antes no existían: comida ultraprocesada o exceso de azúcares, muchas horas sentados sin movimiento real y una hiperestimulación constante hasta el último segundo antes de irse a dormir. Todo eso altera sus ritmos biológicos y su sistema inmunitario. Y lo más preocupante: los síntomas ya no se ven como señales, sino que se integran dentro de una supuesta normalidad: «Es que es de piel sensible», «es que es muy nervioso», «es que siempre está cansado», «es que no come nada», «es que…». Pero no. Es que su cuerpo está pidiendo ayuda. Y cuanto antes lo escuchemos, mejor.

¿Las vacaciones pueden ser un buen momento para resetear el organismo?

Totalmente. Pero no si las usamos para seguir corriendo, solo que en otra dirección.

Si te paras a pensarlo, las vacaciones antes eran irse de camping con la familia, levantarse sin despertador, realizar actividades al aire libre, reconectar con viejos amigos, sobremesas largas… Sin embargo, muchas veces hoy en día las entendemos como una acumulación de experiencias para «aprovechar» el tiempo perdido durante el año. Todo a lo grande. Sin límite. Y la frase de siempre: «Bueno, es que estamos de vacaciones, ¿no?». Pero vacaciones no es solo cambiar de lugar o de horarios. Es cambiar de ritmo. Y no lo conseguiremos si seguimos sobreestimulándonos 16 horas al día con lo mismo, solo que sin oficina. Necesitamos que las vacaciones nos sirvan para reconectar: volver a comer con calma, dormir más, exponernos al sol temprano, caminar descalzos, respirar sin prisa. Y, sobre todo, observarnos. El cuerpo tiene una capacidad espectacular para regenerarse… si le damos las condiciones adecuadas.

¿Cómo podemos salir de esa rueda de hámster que provoca la inflamación?

Primero: reconocer que estamos dentro, porque muchas personas ni siquiera lo ven. Viven con gases, cansancio, irritabilidad, migrañas o reglas dolorosas… y lo han normalizado. Segundo: empezar paso a paso, encontrando un pequeño equilibrio como darnos un gusto en una comida, pero no en las tres. Tomar una copa de vino… y acompañarla con un vaso de agua. Salir un día de fiesta, pero descansar al siguiente. Mover el cuerpo, aunque solo sea con la excusa de encontrar esa foto ideal de postureo. Y tercero: entender que no hay salud si no nos escuchamos y si no empezamos a tratarnos con un poco más de cariño. Solo hay que parar un poco. Y querer estar bien, de verdad.