Los días en los que el oxígeno llegó y se fue

Científicos de Washington establecen que las condiciones necesarias para la habitabilidad de la Tierra no estuvieron siempre presentes.

Los estromatolitos parecen indicar que ya había células precursoras de la actividad biológica hace unos 1.800 millones de años
Los estromatolitos parecen indicar que ya había células precursoras de la actividad biológica hace unos 1.800 millones de años

Científicos de Washington establecen que las condiciones necesarias para la habitabilidad de la Tierra no estuvieron siempre presentes.

Estamos aquí, de causalidad. Se mire como se mire, las probabilidades de que un planeta pequeño que rodea un sol mediano en una galaxia normalita, como es nuestro caso, albergue vida son muy reducidas. Tanto que, desde el punto de vista de la estadística, que usted esté leyendo ahora estas líneas puede considerarse un milagro.

Se sabe desde hace tiempo que la Tierra fue objeto de una interminable carambola de circunstancias que debieron producirse para que surgieran en ella los primeros microorganismos vivos. Debió de tener el tamaño exacto para que su gravedad fuese suficiente para retener una atmósfera, pero no tan grande como para que lo aplastara todo. Debía estar en el lugar del cosmos ideal para no recibir demasiado calor del Sol ni demasiado poco. Hubo de albergar agua, mantener una actividad tectónica no demasiado virulenta y generar un escudo magnético protector de los rayos cósmicos. Sus estaciones tenían que ser estables, sin diferencias salvajes entre el verano y el invierno (nada de cientos de grados para arriba o para abajo como en Marte). Para ello, fue necesaria una casual y milagrosamente leve inclinación del eje de rotación además del efecto estabilizador de una Luna que, curiosamente, también surgió por accidente. El Sol alrededor del que rotamos debía ser joven (para no emitir demasiada radiación y dar tiempo a que pasasen miles de millones de años necesarios para el desarrollo de la vida), pero no tan joven como para no dotar de su energía al planeta.

A pesar de tal cúmulo de condiciones, la Tierra recibió el soplo de la vida y, de hecho, es el único planeta que conocemos donde eso ocurrió. Ahora, una nueva investigación realizada por científicos de la Universidad de Washington ha añadido una peripecia más a este proceso: las condiciones necesarias para la habitabilidad del planeta no estuvieron siempre presentes, fueron y vinieron en varias ocasiones. Tuvimos suerte de que, en una de ellas, los componentes químicos de los primeros microorganismos estaban ahí: llegaron en el momento adecuado a la cita.

El hallazgo, basado en el estudio de la evolución del selenio en la composición terrestre, no sólo arroja luz sobre nuestra condición, sino que puede ayudar a encontrar vida en otros planetas. Los autores del trabajo han analizado isótopos de selenio en rocas sedimentarias para medir la presencia de oxígeno en la atmósfera entre hace 2.000 y 2.400 millones de años.

La idea es trazar cuándo existían condiciones adecuadas para que anidasen células complejas precursoras de la actividad biológica. Existen evidencias fósiles llamadas estromatolitos que parecen indicar que ya había células de este tipo hace unos 1.800 millones de años. Pero eso no quiere decir que ésas fueran las primeras células. Quizás hubo algunas anteriores de las que no hemos encontrado restos.

El trabajo publicado ayer demuestra que ya había oxígeno suficiente en la atmósfera para desarrollar células complejas antes de aquel tiempo. Se sabe porque el oxígeno produce una reacción de oxidación en el selenio. De manera que estudiando las trazas de selenio en las rocas se puede averiguar la cantidad de gas que recibieron en cada momento de su evolución.

Lo más sorprendente del estudio no es la antigüedad del oxígeno, sino su modo de comportarse. Hasta ahora pensábamos que este gas había seguido una evolución progresiva: primero no existía en la Tierra, luego apareció poco a poco hasta que se hizo muy abundante. Las trazas de selenio sugieren que en realidad hubo un periodo de tiempo de unos 250.000 años en los que la producción de oxígeno creció salvajemente para luego decaer de nuevo y casi desaparecer.

Para que la vida surja es necesario que el oxígeno persista de manera estable durante mucho tiempo. Pero lo que ahora se ha encontrado es que puede haber momentos de gran producción del gas que no impliquen existencia de vida. La historia biológica de la Tierra, sin duda, depende de lo que ocurrió en uno de esos momentos.

El descubrimiento sirve para entender mejor cómo hemos de buscar vida en otros planetas. Está claro que la mera presencia de oxígeno no será suficiente para encontrarla.