Una ventana abierta a los cerebros dormidos

Shelly y su hija recién nacida. La estadounidense que despertó del coma gracias al contacto y el llanto de su bebé.
Shelly y su hija recién nacida. La estadounidense que despertó del coma gracias al contacto y el llanto de su bebé.

La noticia es de esas que estremecen a quien la lea. Shelly Cawley, una mujer estadounidense de 23 años, cayó en estado de coma durante la práctica de una cesárea para traer al mundo a su primera hija. Ocurrió el año pasado, pero ahora ha volado por Internet el vídeo que cuenta la historia. Shelly no respondía a ningún estímulo, sumida en un estado de nula consciencia, hasta que su marido puso a Rylan, la pequeña nacida unos días antes, en el pecho de la paciente. El contacto con la bebé y el sonido de su llanto devolvieron a la madre a la vida. Había salido milagrosamente del coma, o de fuera cual fuere el estado incomunicado en el que se encontraba su cerebro. Porque, a decir verdad, la ciencia aún no sabe muy bien qué es realmente el estado de coma.

Existe un serio problema para responder a esta pregunta: el cerebro no puede estudiarse a sí mismo. Metemos una mariposa en un frasquito y estudiamos el color iridiscente de sus alas, el movimiento de sus antenas, el tamaño de su órganos vitales... pero no es posible meter nuestra conciencia en un laboratorio y verla desde fuera. Por eso, la ciencia lleva décadas poniendo su foco en aquellos casos en los que la conciencia parece haber huido: en los enfermos en coma, en los accidentados que permanecen en estado vegetativo como Shelly.

Hay pacientes que reaccionan de un modo determinado en ese trance, que expresan patrones de actividad neuronal, que llegan a recuperarse. Otros no: parecen perdidos en un océano silencioso, a la deriva, hacia quién sabe qué dirección. La neurociencia busca con empeño conocer qué los diferencia, dónde está la sutil línea roja que separa la esperanza de la resignación.

Un estudio realizado por científicos belgas y estadounidenses en 2009 determinó que cerca del 40 por ciento de los pacientes que fueron declarados en estado vegetativo tienen conciencia de algunos acontecimientos; su cerebro reacciona a determinados estímulos de manera similar a cómo reacciona un cerebro despierto. Trabajos como éste han obligado en el siglo XXI a rediseñar el tratamiento de los accidentados neuronales y crear nuevas categorías diagnósticas: «el estado de mínima conciencia» y el estado de «vigilancia sin respuesta». El primero se refiere a aquellos pacientes que son incapaces de comunicarse, aunque muestran evidencia inconsistente pero reproductible de conciencia de sí mismos y del entorno. El segundo supone una suerte de vigilia en ausencia de respuesta hacia uno mismo o el entorno, en el que solo se observan respuestas motoras reflejas, sin interacción voluntaria hacia el medio, es lo que antiguamente conocíamos como: estado vegetativo. En otras palabras, el salto entre ser consciente y no serlo no es repentino. Entre uno y otro estado hay todo un abanico de situaciones, casos, sensaciones, sentimientos... que aún no comprendemos bien.

w nuevos diagnósticos El 10 de noviembre del año 2011, la revista médica «The Lancet» publicó un fascinante estudio al respecto de esta borrosa frontera. Se seleccionó a 16 pacientes catalogados como «estado vegetativo» para realizar una cadena de pruebas de electroencefalografía. En una de esas pruebas se les dijo que imaginaran que apretaban su mano o movían el dedo gordo del pie. Tres de los pacientes mostraron actividad neuronal en las áreas motoras del cerebro al hacerlo. ¿Acaso estaban escuchando las instrucciones que les daban? Si era así: ¿no deberíamos decir que eran pacientes conscientes?

Según la Federación Española del Daño Cerebral, unas 2.200 personas quedan postradas en estado permanente de coma en España cada año. Datos clínicos como el estudio antes mencionado de «The Lancet» sitúan el porcentaje de error de estos diagnósticos entre el 15 y el 40 por ciento. Eso significa que cada año podría haber 800 personas calificadas de “vegetativos” sin serlo. Sus mentes están abiertas y receptivas al estímulo de sus seres queridos. Pero ¿qué tipo de estímulos?

Davinia Fernández Espejo es una española que trabaja con estos enfermos en el Instituto del Cerebro y la Mente de la Universidad Western Ontario de Canadá. Según sus datos, el 20 por ciento de los pacientes en estado vegetativo pueden responder órdenes. El caso más sorprendente que relata es el de Scott Routley, un hombre que llegó a su centro tras 12 años sin respuesta cerebral. El equipo de Davinia «jugó» un rato con su mente, le conectaron a una máquina de resonancia magnética funcional y le hablaron.

En otros pacientes habían detectado actividad neuronal cuando se les pedía que imaginasen que estaban jugando al tenis o paseando por sus casas. El 20 por ciento de los analizados respondían, parecían querer obedecer las órdenes. Pero a Scott se lo pusieron algo más difícil.

«Le preguntamos si se llama Scott –cuenta Davinia–. Y luego le propusimos que si la respuesta era sí, pensara que estaba jugando al tenis y si no, pensara que paseaba por su casa».

Como el equipo de médicos había establecido las diferencias de respuesta neuronal entre uno y otro pensamiento, pudieron determinar si Scott quería decir «sí» o «no». Habían logrado un sistema de comunicación rudimentario con un enfermo en estado vegetativo.

Por desgracia, el mecanismo no siempre funciona pero sirvió para demostrar algo que la familia del hombre postrado intuía desde hacía 12 años: que él sí les entendía. Cerebros como el de Scott y ahora el de Shelly están ayudando a los neurólogos a entender qué cosa es eso a lo que llamamos conciencia y quizás a abrir una nueva ventana al conocimiento del misterioso estado de coma.