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El clima condiciona la historia de la humanidad

España ya era distinta en el neolítico. Su peculiaridad genética se mantuvo pese a las sucesivas oleadas de migraciones

  • Concretamente en El Portalón, se hallaron restos de 13 individuos de la Península Ibérica, con una evolución genética distinta a la del resto de Europa
    Concretamente en El Portalón, se hallaron restos de 13 individuos de la Península Ibérica, con una evolución genética distinta a la del resto de Europa / EFE

Tiempo de lectura 4 min.

13 de marzo de 2018. 00:26h

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Jorge Alcalde 13/3/2018

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Nos preocupa, como no puede ser de otro modo, el impacto que los cambios de clima puedan tener en nuestras vidas. Y no me refiero a un grave resfriado causado por la tormenta Félix, sino a algo más profundo: a una transformación global de la civilización. Quizás parezca alarmista pensar que una modificación de las condiciones meteorológicas a largo plazo nos ponga en peligro. Pero lo cierto es que ya ha pasado. Y no solo una vez: varias.

Ayer se publicaron dos noticias que ahondan en esa difícil relación entre humano y clima. Y una de ellas tiene como título un hecho sorprendente: los habitantes prehistóricos de la Península Ibérica tienen una historia genética diferente a la del resto de Europa. Es nuestro peculiar hecho diferencial.

Nuevas culturas

Vayamos por partes. La historia primitiva del ser humano se ha esculpido a base de rigores meteorológicos. Después del último máximo glacial en Europa, hace 20.000 años, por ejemplo, la llegada de diferentes oleadas de migrantes tuvo un considerable impacto genético en las poblaciones continentales. La vieja Europa poblada por cazadores recolectores se vio invadida por nuevas culturas procedentes de oriente con nuevas prácticas sedentarias basadas en la ganadería y la agricultura. Hace 5.000 años, nuevas migraciones de pueblos esteparios del Este volvieron a expandir estas prácticas por toda Europa.

Ambas olas de nuevos pobladores nacieron en el Este y, por lo tanto, los últimos pueblos en recibir su influencia fueron los europeos más occidentales. Pero ¿qué influencia tuvieron en la mezcla de genes de los habitantes de la Europa de entonces?

El estudio de los restos de 13 individuos del norte y del sur de España –incluidos algunos hallados en las excavaciones arqueológicas de El Portalón, en Atapuerca, y otros de la Cueva de los Murciélagos en Córdoba– dan una respuesta sorprendente: la evolución genética en la Península Ibérica siguió derroteros algo diferentes.

Los primeros agricultores alcanzaron la Península Ibérica por el norte del Mediterráneo. Los nuevos estudios demuestran que los habitantes ibéricos del neolítico tenían, sin embargo, rasgos genéticos diferenciadores respecto a los centro y norte europeos. Esto sugiere que los primeros granjeros y ganaderos de la península son herederos genéticos de anteriores emigrantes primigenios, y que las sucesivas oleadas posteriores impactaron poco en sus genes.

La peculiaridad genética de los pobladores de Iberia se mantiene incluso a pesar de la cercanía de nuevas líneas de contacto con otras culturas a través del Sur del Mediterráneo o África. De hecho, parece que la tendencia al mantenimiento de las raíces genéticas resiste incluso los envites de sucesivas oleadas desde el centro de Europa. España ya era diferente.

La relación entre clima y evolución humana se ha visto también reforzada por otra noticia de la revista «Nature». El estudio de restos geológicos en la costa de Suráfrica ha permitido reconstruir el impacto que tuvo sobre el planeta la explosión del volcán indonesio Toba hace 74.000 años. Las huellas químicas demuestran que durante todo un año en el continente africano el verano brilló por su ausencia. El estudio ha permitido establecer que toneladas de aerosoles fueron enviadas a la atmósfera provocando la pérdida de entre el 25 y el 90 por 100 de la radiación solar. El impacto sobre los ecosistemas fue enorme. Solo los seres humanos capaces de alimentarse en pequeñas áreas tuvieron las herramientas necesarias para sobrevivir. Una de ellas fue la costa africana, sobre todo el sur. Allí, las condiciones más favorables y la capacidad de adaptación del ser humano de entonces favorecieron la continuidad de la especie mejor que en otros lugares.

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