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El mundo en un lazo

La cinta amarilla que el independentismo catalán se ha apropiado tiene más de 150 años de historia. Las mujeres de los soldados que lucharon en la Guerra de Secesión de EE UU lo crearon y el movimiento contra el sida lo impulsó.

La cinta amarilla que el independentismo catalán se ha apropiado tiene más de 150 años de historia. Las mujeres de los soldados que lucharon en la Guerra de Secesión de EE UU lo crearon y el movimiento contra el sida lo impulsó.

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Nueva York, primavera de 1991. Un grupo de artistas pone en marcha el colectivo Visual AIDS para despertar conciencias en torno al sida. Realizan eventos, exposiciones y actos, pero no logran suficiente difusión. Deciden entonces buscar un símbolo y llaman al diseñador Marc Happel, que, de camino a la sede del Visual AIDS, encuentra la inspiración: frente a las casas de los neoyorquinos, atadas en árboles, ve cientos de cintas amarillas. Son el símbolo que, desde la Guerra de Secesión (1861), las familias americanas utilizan para mostrar su apoyo a los soldados que luchan lejos de sus casas, de sus mujeres y de sus hijos.

En aquel momento, los lazos amarillos homenajeaban a las tropas desplegadas en la Guerra del Golfo. Antes lo habrían hecho con la de Vietnam. Su verdadero éxito llegó en 1973 con la canción «Tie a Yellow Ribbon Round the Ole Oak Tree» (Atar una cinta amarilla alrededor del árbol Ole Oak), un single que se hizo muy popular en Estados Unidos y que hablaba del regreso a casa de un hombre que esperaba encontrar un lazo amarillo en la entrada como símbolo de la espera de su amada.

Volviendo a la historia de la cinta amarilla, el siguiente salto en popularidad lo dio en 1979 durante la crisis de los rehenes en Irán, cuando 52 estadounidenses fueron tomados como moneda de cambio durante más de un año y EE UU se llenó de lazos amarillos, como hoy ocurre en Cataluña, para apoyarles y pedir su liberación.

En estos más de 150 años de historia, el lazo amarillo que el independentismo comenzó a usar en octubre para reivindicar su causa, siempre ha convivido en paz con el resto de causas que a lo largo del tiempo lo han tomado para hacerse más visibles.

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En la actualidad, las cintas solidarias dan sentido o intención a miles de causas. Unen e integran a colectivos en cualquier lugar del mundo. Su éxito está en su sencillez y simbolismo internacional. Con los años han perdido capacidad de impacto pero, sin embargo, sigue moviendo millones de personas y de euros, dólares o rublos. Su único, o al menos, el mayor problema es que a día de hoy hay más causas que colores.

El lazo amarillo, que el independentismo catalán reclama, es el mismo que indica el apoyo a los soldados, a los enfermos de espina bífida, a la lucha contra el suicidio, el cáncer de vejiga, el de huesos y el sarcoma. Esta tradicional ausencia de conflicto entre las causas que representa tiene su origen en el primer movimiento organizado que hizo del lazo su símbolo más potente: el de la lucha contra el sida. Este colectivo, que logró en la década de los 90 que el lazo rojo del sida se convirtiera en un éxito de comunicación y marketing, dejó un legado: las cintas solidarias no son de nadie o mejor dicho, son de todos.

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Así lo decidió el grupo de artistas de Visual AIDS convencidos de que su éxito estaba en la posibilidad de que todo el mundo lo utilizara. El movimiento neoyorquino decidió permanecer en el anonimato para que su creador nunca brillara por encima de la causa del «Red Ribbon Proyect». Acordaron además mantener el símbolo libre de derechos de autor para que nadie lo utilizara como una herramienta comercial y para que nadie se pudiera beneficiar del lazo. O al contrario, para que pudiera beneficiar a infinitas causas.

Este espíritu conciliador sin embargo ha saltado por los aires en Cataluña. Al poco tiempo de que el independentismo escogiera el color amarillo para su causa, WhatsApp fue víctima de la primera batalla. La compañía escogió este mismo tono para crear un emoticono que representara todos los fines solidarios –en un guiño al color que inició todo en EE UU–, pero el independentismo lo celebró como si hubiera sido un gesto de apoyo a su campaña para pedir la liberación de los «Jordis» y el derecho a decidir. Lo peor no estuvo en la «apropiación indebida» del emoticono por parte de los partidarios del «procés», sino en la consecuencia, porque miles de personas pidieron a través de las redes sociales boicotear a WhatsApp. La polémica obligó al desmentido: la compañía explicó que el emoticono había sido creado en 2014, cuando ni siquiera Carles Puigdemont había llegado a Generalitat.

Pero ¿por qué escogió el independentismo el color que, por otro lado, en España, estaba asociado principalmente a la lucha contra la espina bífida? Los secesionistas catalanes argumentan que el amarillo es parte de su historia. Aseguran que está en la señera (la bandera catalana) y en la estelada (la que utilizan los independentistas) y van más allá. En su particular lectura de la historia española, aseguran que la Guerra de Sucesión española fue una contienda entre españoles y catalanes (y no un conflicto dinástico entre los Borbón y los Austria tras la muerte del rey Carlos II) y, bajo esta premisa, tomaron el color de la represión contra los vencidos a los que se les obligó a retirar el color amarillo de los sombreros de los Habsburgo.

En la actualidad, las organizaciones que piden apoyo para los afectados por espina bífida han intentado reclamar el color amarillo. Sin embargo, su voz apenas se ha oído. «En caso de “guerra de lazos” manda la fuerza social», explica Alejandro Navas, profesor de Sociología de la Universidad de Navarra. «El hecho de que no haya patentes ni registros hace que la clave del éxito de una causa sobre otra en la batalla por los colores esté en la fuerza del movimiento que esté detrás: el número de personas que lo secunde y su persistencia», añade. «El independentismo es un movimiento incansable con lo que acabará apoderándose del lazo amarillo, salvo que otro grupo mayor y más pertinaz le arrebate el significado», vaticina el analista Navas.

Además de ser un poderoso símbolo con una enorme capacidad de comunicación, tampoco hay que obviar su poder recaudatorio. Aunque el espíritu solidario de las cintas sigue siendo el «leitmotiv» de las causas que deciden identificarse con un lazo, su difusión puede ser gratuita o a cambio de «la voluntad». En la plaza de Cataluña se ha instalado un puesto en el que se ofrecen lazos amarillos a cambio de la generosidad de sus simpatizantes. Esta hucha del «procés» recauda cada día unos 2.000 euros, aproximadamente. Son centenares los extranjeros que, atraídos por el «folclore» catalán, creen que este lazo forma parte de la imagen de la comunidad y no dudan en comprar. Mientras, en las playas, plazas públicas e inclusos centros de atención primaria, los secesionistas siguen haciendo un uso sin control de este lazo amarillo que ya consideran de su propiedad.

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