Navidades afectistas

«En Navidad, sácale humo a la tarjeta de crédito». Éste, y no otro, parecer ser el lema que todos debemos seguir a rajatabla en ésta época del año. Empero, ni todos tienen dinero para derrochar, ni a todos les gusta regalar lo material –sustancia efímera cuyo efecto dura menos que una chocolatina a la puerta de un colegio–. Una sociedad materializada fomenta la decepción y el mal manejo de la frustración cuando uno no puede comportarse como dictan las normas sociocomerciales. En Navidad no todo el mundo está feliz. No es malo estar triste, lo malo es quedarse anclado en la misma, porque de ahí a la depresión hay poco trecho. ¡Ojalá todo el año fuese Navidad!, no por las compras, sino por la amabilidad y las ganas de sonreír, pasárselo bien y la generosidad que parece brotarle al personal de repente. Nos regimos por los ritmos sociales, aunque, a veces, éstos no coinciden con los personales. Empero es un tiempo en el que se nos recuerda que existe una alegría cuyo origen está en el alma. Será por eso que, en esta época del año, a muchos les aprieta la conciencia y tratan de paliar el «abandono» o la desidia con la que han obsequiado a otros (padres, pareja, hijos, amigos...) comprándoles regalos cuanto más caros, mejor. Puede que queden bien con su conciencia, pero seguirán sin darles lo esencial: afecto, amor, cariño... Todo ello son las cosas que de verdad importan en la vida y nos nutren el alma. Menos comprar y más abrazar. La solución no está en no consumir, sino en hacerlo con sobriedad y sentido común. Obviamente, quien así se conduce es un «fuera de ley», de la consumista, claro está. Si se celebra lo bueno que hay en la vida, si se tienen las alforjas del alma llenas de luz, alegría, amor... lo material pierde fuerza. Compartirnos con los demás fomenta que seamos mejores, y nos abre las alas. Quizá por ello Jesús nació en un pesebre, para mostrarnos el triunfo del amor sobre lo material. En Navidad ponte las alas de luz y regala afectividad. Felices Pascuas a todos.