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¿Para qué sirven los priones?

Dejaron de interesar al tiempo que nos dejó de preocupar el mal de las vacas locas

¿Recuerdan a los priones? Durante los meses que duró la última crisis de las vacas locas, el término se incrustó en nuestro vocabulario tras escucharlo una y otra vez en los medios de comunicación.

¿Recuerdan a los priones? Durante los meses que duró la última crisis de las vacas locas, el término se incrustó en nuestro vocabulario tras escucharlo una y otra vez en los medios de comunicación. Al fin, aprendimos que aquellas cosas llamadas priones eran responsables de la transmisión de la enfermedad mediante el consumo de carne contaminada. Lo malo de la actualidad es que es efímera. Y los priones dejaron de interesarnos al tiempo que nos dejó de preocupar la enfermedad que transmitían. Pero estos no han desaparecido de la naturaleza. Las vacas siguen enfermando de encefalopatía y quién sabe si siguen contaminando a seres humanos. Por eso es importantísimo seguir investigando con ellos, como hizo, ya en 2003 un equipo de investigadores del Howard Hughes Institute de Estados Unidos que realizó un descubrimiento fundamental para entender mejor la naturaleza infectiva de estas proteínas incorrectamente plegadas. Los biólogos se han enfrentado tradicionalmente a una gran duda cuando se trataba de explicar el comportamiento prional. ¿Qué impide habitualmente que un prión pase de una especie a otra? y, por consiguiente, ¿qué hace que a veces esa barrera entre especies se quiebre, como en el caso del mal de las vacas locas?

En experimentos realizados con priones de levadura, los investigadores han podido demostrar cómo algunas mutaciones puntuales en dichos priones afectan a la forma en que se vuelven infecciosos para la planta. Al contrario de lo que ocurre con las bacterias o los virus (que son seres vivos), los priones son solo proteínas aberrantes que se han plegado y desplegado de forma contraria a como sus hermanas sanas suelen hacerlo y que inducen esta aberración a sus compañeras.

En algunos casos, los investigadores utilizaron una forma de prión que induce cambios en el metabolismo de la levadura. En el laboratorio se descubrió que diferencias muy sutiles (incluso un cambio de temperatura) podrían provocar un cambio en la infectividad de esa proteína. Así, fueron capaces de crear mutaciones de priones y controlar su infectividad.

Los autores del trabajo advierten de que este avance es fundamental para el conocimiento de enfermedades como el mal de la vacas locas. A partir de ahora, no solo sabemos que el hombre no está protegido contra el mal por el mero hecho de pertenecer a una especie no vacuna, sino que deberíamos investigar qué tipo de priones afectan a las vacas y qué capacidad tienen de mutar para saltar la barrea de la especie humana. En definitiva, es una herramienta nueva para prevenir la expansión de este tipo de males, pero también para entender enfermedades como el alzheimer en las que también están involucradas las proteínas aberrantes.

¿ A qué velocidad puede volar una bola de béisbol?

Es difícil establecer la velocidad a la que parte una bola de béisbol cuando es lanzada por un «pitcher», pero los anales recogen una fiera disputa entre dos lanzamientos míticos. El que realizó Nolan Ryan, de los California Angels, en agosto de 1974 se ha calculado en 163,33 kilómetros por hora. Por su parte, el cubano Aroldis Chapman logró en 2010 una velocidad de lanzamiento de 169,14 kilómetros por hora. Pero los sistema de medición de uno y otro lanzamiento son muy diferentes y no hay consenso sobre quién detenta realmente el récord.

¿Qué órgano del cuerpo consume más energía?

El cerebro humano medio pesa entre 1.300 y 1.600 gramos y si su superficie estuviera extendida ocuparía un área de entre 18.000 y 22.000 centímetros cuadrados (posiblemente no cabría en el suelo de un cuarto de baño convencional). Se cree que en su interior alberga entre 22.000 y 100.000 millones de neuronas. La verdad es que el abanico es muy grande, pero hay estudios científicos para todos los gustos. Aunque supone solo el 2% del peso medio de una persona, el cerebro consume más del 20% de la energía que generamos (unos 20 watios al día con una dieta de 2.400 kilocalorías). El principal combustible de nuestro órgano pensante es la glucosa. Sí, el cerebro es un glotón y, además, caprichoso. Si deja de recibir alimento durante solo diez minutos empezarán a producirse en él daños irreversibles. Ningún otro órgano del cuerpo tiene una dependencia energética tan urgente.