Bienvenido, Sr. Robot

¿Qué ocurriría si en lugar de temer la llegada de androides que nos quiten el trabajo o se rebelen los estuviéramos esperando, aun sin saberlo?

¿Qué ocurriría si en lugar de temer la llegada de androides que nos quiten el trabajo o se rebelen los estuviéramos esperando, aun sin saberlo?

Desde hace al menos un lustro, decenas de científicos y cientos de estudios de tendencia económica señalan que en breve los robots ocuparán nuestros puestos de trabajo. Los periodistas nos apresuramos a publicar ese tipo de titulares porque llaman la atención, pero si nos detenemos a pensar un segundo, puede que la realidad sea muy distinta.

Podríamos decir que todo esto comenzó en 1811 con el ludismo, un movimiento que surgió en Inglaterra para protestar porque la industria textil estaba reemplazando a tejedoras e hiladoras por máquinas mecánicas. Desde aquel entonces la tasa de desempleo se ha mantenido en los mismos niveles aproximados, algo increíble teniendo en cuenta que la población a nivel mundial se multiplicó por más de seis (a principio del siglo XIX había mil millones de personas). El auge de la tecnología, es cierto, ha provocado que decenas de trabajos se pierdan, pero también ha hecho surgir nuevas profesiones, desde la carrera espacial, la industria aeronáutica, hasta ejemplos más recientes como community managers, especialistas en optogenética o programadores de aplicaciones para smartphones.

Detrás de cada robot hay programadores, ingenieros, diseñadores, expertos en biomimética, puestos altamente cualificados que enriquecen (las naciones más ricas son las más avanzadas en tecnología) y hacen avanzar a un país. Y hasta pueden ayudarle en un futuro muy cercano.

La última encuesta realizada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) señala que España y Japón son los únicos países que han conseguido superar el listón de los 83 años en esperanza de vida. Esto plantea un enorme desafío a la hora de cuidar de ese sector de la población.

Justamente esa es una de las mayores preocupaciones del japonés Hiroshi Kobayashi. Este ingeniero mecánico me confiesa cómo surgió la idea de su Muscle Suit, un exoesqueleto que podría haber inspirado a Ironman. «Me pregunté cuál sería mi mayor miedo en el futuro –explica Kobayashi– y la respuesta fue quedarme postrado en una cama, sin poder moverme por mi mismo». El Muscle Suit es en cierto modo una columna vertebral cibernética que en lugar de músculos, recurre a pistones y a la presión, para que quien la usa pueda levantar objetos o personas sin hacer fuerza. Su motor se carga en apenas minutos y sirve durante horas. Lo he probado y ni es incómodo, ni pesa mucho y uno no siente que realiza ningún esfuerzo al levantar una carga. Las aplicaciones de este traje muscular abarcan desde la preocupación primaria de Kobayashi, en el sector médico y para personas de tercera edad que quieran conservar su independencia, hasta trabajadores de la construcción, militares, la industria aeronáutica y buzos, ya que el traje serviría también para usarse bajo el agua, me comenta su creador. ¿Puede ser esto considerado un robot? El futuro tiene su propia forma de revelarnos nuestros pronósticos. Del mismo modo que no existen los coches voladores que imaginábamos en los años 1950, pero sí hay aviones que recorren, en menos tiempo y por menos dinero, los trayectos, los robots con forma humana y voluntad propia y de hierro no son habituales y no necesitan serlo. La palabra robot, literalmente, significa trabajo y esto es justamente lo que hace y facilita el Muscle Suit al usuario.

El problema es que no todos los robots apuntan al trabajo. Hay algunos, como Nuka, que entran en una categoría completamente diferente. Si la etimología de robot yace en la palabra checa para trabajo, lo lógico sería que Nuka no sea tomado como un droide sino como un péce, palabra que en aquel idioma significa cuidar, proteger. A primera vista este cachorro de foca de peluche parece sólo eso, un muñeco adorable, pero dentro de él se esconde una década de investigación, más de una decena de patentes y un cerebro políglota. Su creador, Takanori Shibata, lo concibió hace más de 10 años y no debería confundirse con un juguete. «Elegí una foca porque tiene un tamaño similar al de las mascotas que se utilizan en terapia con animales. Es fácil de sostener en el regazo y constituye un recuerdo de una mascota perdida, como podría serlo un perro o un gato», me explica Shibata. El objetivo de Nuka (el nombre comercial que se ha escogido para nuestro país del robot PARO, Personal Assistant Robot) es convertirse en un recurso terapéutico de enorme influencia. Tanto, que en Dinamarca el 80% de los ayuntamientos han adoptado uno de ellos para sus centros de mayores u hospitales; en Alemania, su uso en hospitales está contemplado por el sistema sanitario, en el Reino Unido el Servicio Nacional de Salud los utiliza como tratamiento no farmacológico para tratar demencias y el gobierno de Singapur, reembolsa su coste (unos 6.000) si lo compra un centro de mayores. Aquí en España, la neuropsicóloga del Centro de Referencia Estatal de Alzheimer de Salamanca, Elena Cabrero Montes, lo ha utilizado con un éxito similar al que tienen las mascotas vivas en los pacientes con trastornos neurológicos. Nuka está presente en 30 países y se ha convertido en todo un fenómeno cultural al aparecer en series de Netflix y hasta en Los Simpson (cuarto episodio de la vigesimotercera temporada). «Nuka mejora la empatía, estimula la conversación y permite reducir la medicación al regular la presión sanguínea», argumenta Shibata. Pero su gran valor añadido es que no sólo servirá para pacientes de la tercera edad o personas hospitalizadas. También está siendo utilizado como recurso para ayudar con otro problema actual: el acoso escolar. «Se han hecho ensayos en los que Nuka ha demostrado elevar los niveles de comprensión y sociabilidad en alumnos agresivos. Cuantos más expertos nos piden su presencia en una prueba, más usos vamos descubriendo», concluye Shibata. Lo dicho, bienvenido Sr. Robot.