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¿Y después de la tormenta qué?

Las causas de lo ocurrido en Sant Llorenç no son algo excepcional, aunque es difícil que una catástrofe así se repita. Durante los próximos meses habrá más procesos de precipitación grave por las características del otoño mediterráneo. Lo que habrá que ver es si estamos preparados para gestionarlos.

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11 de octubre de 2018. 03:59h

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Jorge Alcalde.  11/10/2018

A lo largo del día de hoy, según las previsiones de la AEMET, la situación atmosférica en la península y Baleares debería empezar a estabilizarse. Quedarán restos de alerta por lluvia en zonas del Mediterráneo norte y Andalucía. Cantidades de menos de 30 litros por metro cuadrado, alertas amarillas... lejos de los casi 300 litros y las alertas rojas que se han vivido en las dos últimas tardes. Será pues el momento de hacer balance, de compadecernos por las tristes pérdidas personales y de observar lo que viene.

La catástrofe de Sant Llorenç no es excepcional, aunque tampoco es fácil de repetir. Responde a condicionantes seculares de la geografía física y humana de Mallorca y a condiciones milenarias de la climatología del Mediterráneo. Todo lo que ocurrió en la aciaga tarde de anteayer está aquí desde hace siglos y seguirá estando. Las características orogénicas, la expansión urbanística, la propensión a las grandes lluvias otoñales, son factores que no parecen nuevos. Lo que resulta excepcional es que confluyan todos juntos, además, en una hora de trasiego urbano como son las 7 de la tarde. De madrugada, la riada no habría provocado, probablemente, tan elevado número de víctimas a pesar de que la cantidad de agua derramada solo suele repetirse cada varios siglos.

Si tenemos que mirar hacia el futuro y tratar de pronosticar si estamos en riesgo de repetición de acontecimientos similares, lo mejor es que no perdamos la memoria. Trombas de agua de cantidades de 300 litros o superiores en Mallorca no son realmente raras aunque tampoco son excesivamente habituales. Pero el agua pasa, la desgracia se atempera, el paisaje se restaura y la memoria se borra. No nos acordamos de que cada cierto tiempo zonas como las islas y costas del Mediterráneo reciben la ira del agua. De manera que volvemos a construir en avenidas inundables, volvemos a olvidar el cuidado de los cauces y perdemos la tensión civil necesaria para reaccionar en caso de emergencia.

Técnicamente, uno de los lugares del mundo más «apetecible» para las grandes tormentas es el Mediterráneo occidental. Nuestra costa, nuestras islas.

Durante el otoño se experimentan las condiciones propicias para alimentar de energía un gran proceso tormentoso. El agua del mar sigue manteniendo altas temperaturas heredadas del verano. Este año, el Mediterráneo ha alcanzado niveles récord de temperatura superficial aunque en términos generales el verano peninsular está en el puesto 23 de los más cálidos desde 1965. Ha sido, obviamente, un verano más bien fresco.

Junto con el agua cálida del mar, en otoño también recibimos el azote de las primeras corrientes de aire a gran altura enfriado por su paso por el norte de Europa. La confluencia de aire cálido y húmedo y un frente frío es el cóctel perfecto para las tormentas. Cuando esa confluencia provoca el desprendimiento de una bolsa de aire a muy baja temperatura se produce la gota fría (que ahora los técnicos prefieren llamar DANA: Depresión Aislada en Niveles Altos). La gota fría es el fenómeno atmosférico más característico de nuestras costas e islas mediterráneas.

De manera que debemos estar preparados: gotas frías ha habido, hay y habrá siempre.

Pero, ¿fenómenos como el de esta semana? Las proximidades del puente del Pilar han dado lugar a una confluencia de sucesos. A las condiciones normales de esta época del año se ha unido la llegada, según AEMET, de la primera ciclogénesis de la temporada: que no es otra cosa que un frente frío atlántico en movimiento hacia el noroeste de la península. Y el azote de suaves vientos del Este en el Mediterráneo ha aportado más humedad y calor a nuestras costas de Levante. Ese viento cálido ha llegado en varias oleadas y, al chocar con los frentes más fríos ha provocado un tren convectivo, es decir, una sucesión de tormentas localizadas en una misma área geográfica pequeña. Las precipitaciones de Sant Llorenç no han sido raras por su intensidad sino por su duración: 400 litros por metro cuadrado, incluso más, pueden caer durante 30 minutos sin que nos asombre. Lluvias torrenciales de cuatro horas, como las recientemente sufridas, son mucho más raras.

Y para los próximos meses, ¿qué? La AEMET anunció hace unas semanas sus previsiones para el resto del otoño. Aunque es difícil de establecer una predicción certera (el otoño siempre es muy inestable), aseguró que tendríamos un otoño 2018 más cálido de lo normal en muchas zonas de España. Las lluvias del verano (2018 presentó un verano un 22 por 100 más lluvioso que la media) pueden haber, por su arte, enfriado levemente las temperaturas del mar (está por ver). Pero parece que se darán unas circunstancias similares a las de otros tantos años para la generación de tormentas.

Muchos expertos advierten que los fenómenos como la gota fría no hay que analizarlos desde la perspectiva del cambio climático. No es fácil establecer una relación causa-efecto entre calentamiento global y virulencia de las tormentas. Aunque parece obvio que si el agua del mar se calienta, la energía para los procesos tormentosos es mayor.

En definitiva, el escenario parece claro: habrá más procesos de precipitación grave porque esa es precisamente la característica principal de otoño mediterráneo. Si estaremos preparados para gestionarlos... es otro cantar.

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