Toros

El valor y la prudencia

Roca Rey se pegó un arrimón con el segundo de su lote
Roca Rey se pegó un arrimón con el segundo de su lote

La corrida estaba lista. A la Maestranza ya le había crecido la luz ambarina de las nueve de la noche. Roca Rey se fue de vacío con el justo de fuerza pero buen tercero y decidió pegarse un arrimón con un toro sin clase, que iba y venía con el gotero y la máquina de respiración artificial. Decidió meterse en la cuna del «juampedro» pasándoselo por la espalda y afilándole los cuernos con el orillo de las taleguillas. Entró por donde no había terreno para que entrara mientras que su apoderado en el callejón corría hasta la barrera moviendo la mano como un molinillo para que empuñara la espada. Ocurrió lo que se presentía que iba a ocurrir. El toro sacó las pocas fuerzas que le quedaban para suspenderlo en el aire y Roca Rey quedó empalado, cogido a la cabeza del burel como si fuera un vaquero que teme la lona del toro mecánico. En ese momento de estremecimiento las tres cuadrillas salieron a su encuentro sin saber si el cuerno estaba fuera o dentro de la carne. Afortunadamente –milagrosamente– Roca Rey se levantó sacudiéndose el polvo mientras el personal le exploraba los muslos. La oreja, que iba a ser arrancada, se esfumó con el acero. En estos casos uno siempre se pregunta si merecía la pena, si era el momento y el toro para coger el revólver y jugar a la ruleta. Y en estos casos uno se acuerda de Welles, tan desconocido como manoseado cuando se cita a la «crème» de la intelectualidad. «Alguna gente puede oler el peligro, no yo», dice el mismo Welles en el inicio de la dama de Shangai con Rita Hayworth subida al pescante en Central Park. También es Welles, el Falstaff de Campanadas a Medianoche, el que suelta en uno sus lances tragicómicos: «Debí hacerme el muerto. La mejor parte del valor es la prudencia». Eso es lo que quería decirle Campuzano a Roca Rey cuando le insistía en que cogiera la espada. La mejor parte del valor es la prudencia.