Paquirri, la cornada que paró España

El mediático diestro se dejó la vida en Pozoblanco por una brutal cogida de «Avispado» en el muslo, que mantuvo en vilo a todo el país durante horas

La cruda verdad del toreo. Postrado en la camilla de la enfermería, Paquirri conversa con el doctor sobre su cornada
La cruda verdad del toreo. Postrado en la camilla de la enfermería, Paquirri conversa con el doctor sobre su cornada

Finales de septiembre. La temporada daba ya sus últimos coletazos. Comenzaba ya a descender hacia ese anual ocaso invernal de campo y viajes a América. Vereda conocida para Francisco Rivera «Paquirri». Sin embargo, el destino se le cruzó como una guadaña en un pueblo de Córdoba. Pozoblanco. Con sus pintorescas fachadas en blanco envolviendo la humilde pero coqueta plaza de toros. Todas terminaron teñidas de sangre, primero; de luto, después. Era el 26 del citado septiembre de 1984. Último paseíllo del año con la resaca aún fresca de un importante triunfo en San Mateo y su correspondiente viaje maratoniano desde Logroño. Plaza de tercera. Un encierro de Sayalero y Bandrés. Paquirri había brindado su última faena a un chaval de pelo color limón. Rubio como pocos. Manuel Díaz. Años después, tomaría la alternativa y se anunciaría en los carteles como «El Cordobés». Minutos después, saltó «Avispado» de toriles. Sobrado, Paquirri tiró de sus tremendas facultades en los lances de recibo. Verónicas de lienzo mirando al tendido. Olés desgarrados. Un tendido devoto, entregado. Movió al astado para ponerlo en el peto del caballo y el astado, que ya lo había avisado, volvió a mecerse por dentro. Se acostó una vez más en la embestida y enterró el pitón en el muslo del torero de Zahara de los Atunes para perforar su alma. Con ella, la de los allí presentes. Y minutos después, la de toda España. Sin móviles, sin internet, sin una televisión de infinitos canales... Televisión Española, la cadena de todos los hogares, lanzaba el dardo envenenado. Una noticia cargada de dramática ponzoña: Paquirri estaba muy grave. Un cornadón en Pozoblanco le había hecho jirones la pierna. Safena, ilíaca y arteria femoral destrozadas. El boca a boca corrió como la pólvora. Se intuía el fatal desenlace y como una pluma se deslizó por toda España. Una nación conmocionada por la tremenda pérdida. Noche de televisión y transistor para escudriñar el ínfimo nuevo detalle. Paquirri, la gran figura, el torero mediático que arrojaba a los aficionados a los cosos de todo el país, había muerto.

«Era un momento de duda y su muerte sirvió para reivindicar la verdad de la Fiesta, fue una inyección de realidad, se volvió a poner en verdad nuestra profesión y se comprendió que el toro sale a coger, a herir, sin trampa ni cartón», recuerda Pedro Gutiérrez «Niño de la Capea». Una llamada le alertó en su eterna Salamanca. Estaba preparando el cercano viaje a Caracas, allí debía torear junto a su añorado Paquirri. Ése que se quedaba en su casa en la ciudad charra y viceversa cuando viajaba él a Málaga. Más de unas vacaciones juntos. «Fue un mazazo tremendo, cogimos el coche y directos a Sevilla». Habían compartido más de cien paseíllos. Esa rivalidad que «tan cara ponía Paquirri cada paseíllo». «Era un torero de muchísima raza, con un amor propio descomunal que le hacía salir a morir en cualquier plaza, fuera la que fuera», recuerda sobre «un amigo y torero completísimo».

Y es que los mismos que coinciden en el carisma extraordinario del malogrado diestro destacan rápidamente su poder con los toros. Lo uno no estuvo reñido con lo otro. Su muleta era poderosa, dominador con los engaños para someter las embestidas de un astados a los que sabía leer qué lidia aplicar con presteza. Sus facultades físicas en cada tercio de banderillas cincelaban del todo un perfil redondo.

«Toreamos lo suficiente para comprobar que más allá de la figura había un gran compañero, un ser humano magnífico, que se enfibraba al llegar a la plaza de toros y se le llevaban los demonios camino del hotel si no había echado buena tarde», recuerda Su Majestad Santiago Martín «El Viti» después de unos sentidos segundos de silencio nada más nombrar a Paquirri. «Recuerdo una tarde en San Fermín, me juraba nervioso en el patio de cuadrillas, resoplando y resoplando, que allí no volvía, Pamplona es seriedad y ocupaba mucho la mente a los toreros... Le tranquilicé y salió a hombros aquella tarde», rememora sobre ese torero de gloria inmortal.

Como esas palabras, serena vergüenza torera, postrado en la camilla de la enfermería, mientras su vida se escapaba a borbotones por el muslo: «Que llamen al Doctor Vila», exclamó primero reclamando al cirujano de La Maestranza. Su viaje de urgencia a Córdoba capital, fue una espera infructuosa, mientras su amigo, gota a gota, exhalaba en la sinuosa carretera de la sierra cordobesa huyendo de su Gólgota particular: una enfermería sin recursos para operar. Siguió Paquirri: «Doctor, yo quiero hablar con usted. La cornada es fuerte, tiene al menos dos trayectorias, una para acá y otra para allá, abra usted todo lo que tenga que abrir, lo demás está en sus manos. Y tranquilo, doctor». Agónico final para el principio de la épica leyenda.