Una feria sin Papas y algunos cardenales

La presencia de Enrique Ponce, al margen del pleito de las cinco figuras, animó la afluencia de público a La Maestranza. La plaza rozó los tres cuartos de entrada. Rarísimo aforo para un viernes de Farolillos, pero un éxito en esta feria de deserción masiva. El buen pálpito se ahogó con las embestidas de muerto en vida del primero, auxiliado y levantado por los tres banderilleros de Enrique Ponce, afanados al rabo y a los cuernos como si fueran la grúa de un geriátrico. El público estalló con una pañolada de protesta y los ánimos se caldearon, pero la sangre no llegó al río: la undécima corrida, más de 60 toros mediante, resultó una de las más interesantes del abono.

Una parada para coger algo de aire, cierto alivio en un serial que a falta de las dos corridas del fin de semana aún no tiene ni triunfador ni nominado a la mejor faena. Y si quitamos de la porra por remotas posibilidades y razones obvias a la terna de hoy –El Cordobés, Padilla y El Fandi-, salvo sorpresa en la "Victorinada"el asunto acabará como ya está: sin capelo para el Papa de esta feria.

El viernes de Farolillos lo animaron Ponce, Joselito Adame y un encierro de Victoriano del Río que aunque se rajó entero tuvo varios toros de excelente comportamiento. Castella anotó otro toro más a su catálogo de damnificados por su propia inepcia, que por motivos insondables se acrecienta y se expande en La Maestranza. El damnificado fue el quinto, que sí aguantó hasta el canto de la gallina. Canto galo y canto avícola. Ensalada de enganches la de Castella y espesor de ideas. Como si se hubiera mirado en los espejos de Ponce perdidos en el callejón del gato.

Ponce fue puro temple en el cuarto de la tarde. El temple no abunda porque dicen que es, como la sintaxis y otras facultades que andan en el tuétano, una facultad del espíritu (Paul Valery). Ponce no se ajustó con el toro, pero a base de mimo, de porfiar, de tapar astutamente la salida del animal y sobre todo de enseñarle al toro el camino de la embestida sin dejarse enganchar, puso la plaza a la temperatura de una oreja con fuerza –las poncinas dieron el punto de ebullición- que perdió con la espada.

La garra azteca la sacó Joselito Adame, que cortó una oreja en el excelente sexto toro y perdió otra al errar con los aceros en el tercero. La oreja fue una compensación a toda la corrida. Adame se fue dos veces a portagayola, estuvo variado en quites –zapopinas, cordobinas- y expuso hasta llevarse una fea voltereta en el último de la tarde. En ese toro le faltó mando y se le notaron las costuras mexicanas. El toro fue un gran toro. Y la oreja palía en parte esta feria sin Papas, sin capelos y con algunos –pocos- cardenales.