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Vuelve el coloso Ponce y El Juli no cede terreno

Importante tarde en la que el madrileño sale a hombros con una buena y encastada corrida de Garcigrande en Bilbao

El Juli cortó dos orejas de un buen toro de Garcigrande
El Juli cortó dos orejas de un buen toro de Garcigrande

Bilbao. Tercera de las Corridas Generales. Se lidiaron toros de Garcigrande y Domingo Hernández (2º, 4º y 6º), desiguales de presentación. El 1º, desclasado y distraído; el 2º, toro bueno, noble y repetidor; el 3º, gran toro; el 4º, de mucha transmisión y codicia, aunque se rajó, no dejó de embestir; el 5º, complicado; el 6º, manejable pero justo de fondo. Tres cuartos largos de entrada.

Enrique Ponce, de celeste y oro, media estocada baja, dos descabellos (silencio); estocada desprendida, aviso (oreja).

El Juli, de catafalco y plata, buena estocada de efecto fulminante (dos orejas); pinchazo, estocada trasera (saludos).

Alejandro Talavante, de verde botella y oro, pinchazo, estocada contraria, descabello (vuelta al ruedo); tres pinchazos, media tendida, dos descabellos (silencio).

Hay tardes que parecen echar un pulso a los tópicos para demolerlos uno detrás de uno. Sin consideración. Julián López demostró ayer cómo la suerte de matar tiene sentido en sí misma. Mucho más allá, con más profundidad de los ojos del que se asoma a la plaza por primera vez, ni digamos del que enjuicia sin haberse asomado jamás. La estocada al segundo tuvo una fuerza brutal. Desgarradora la expresión, el encuentro, el envite, el desafío a la muerte, entre tú y yo, él y el toro, ajenos a nosotros, todos cómplices claro. Lo que ocurre ahí abajo es mágico cuando explosiona arriba al unísono. ¿Quién se lo explica? No hay batuta que lo dirija. Ahí nace el toreo. Y del que somos presos unos cuantos locos, se perpetúa la especie. La imagen, sí, aquella estocada que les cuento, tuvo tanta verdad, tanto argumento y un efecto tan fulminante que de pronto despertó las pasiones hasta ese momento cálidas pero no incendiadas. Y así la faena de El Juli se premió con doble trofeo. Pero hay más. En esa sucesión inacabable de tópicos que envuelven la Fiesta de los toros se habla de las ganaderías, con el maldito apodo de «comerciales», como la de ayer, la de Garcigrande, la «que quieren las figuras». La corrida salmantina rompió el molde de quien va a la plaza con la lección aprendida. Error. Los encastados toros de Justo Hernández exigieron, arrearon y dieron oportunidad a un espectáculo muy auténtico y emocionante. Y sí hablamos de transmisión. Y de emoción. Y de todos esos matices que se quieren negar, empecinados muchas veces en separarnos en dos bandos cuando en realidad estamos todos en el mismo barco, el del toreo y la bravura. El Juli se esmeró con ese segundo, que fue toro bueno, noble y repetidor. Pronto iba al engaño y lo hacía con largura. De menos a más fue la faena de Julián con una cumbre brutal que fue la espada. Se le estaba atravesando esta temporada. Reconciliado queda. Y más enjundia, a mi parecer, claro, tuvo la faena al quinto, que no fue toro claro, que medía, que se desentendía. Se empeñó Julián en buscar las vueltas y le fue metiendo poco a poco en la muleta.

Ni media oportunidad le dio el primero a Ponce. Pero me pueden creer si les digo que hay un cambio de mano al cuarto que todavía revolotea por la arena negra de la plaza de Bilbao. Qué barbaridad de muletazo. Una escala superior. Y ahí, en esa escala superior nació toda la faena del torero de Chiva. Tuvo el toro motor y codicia, hambre de muleta, aquí y ahora, no se lo pensaba. Tampoco Ponce. Siempre puesta, relajado, en la verticalidad, sin retorcerse, se valora torear sin sacrificar la estética. No es necesario. No siempre. Una cosa es una feria y otra el tentadero. Enrique adornó la faena, la vistió y cuajó la profunda embestida del toro. Y cuando se fue a tablas, rajado, devoraba el toro el engaño y Ponce se colmó de toreo. Todo uno. Perfecta comunión. Una poncina fue la excusa para cerrar faena con unos soberbios ayudados por bajos. Estar a estas altura, con el toro de Bilbao, 24 años después de tomar la alternativa, son palabras mayores. Ni cuentos ni historietas. El mejor Ponce, en estado puro. Y es verdad que la estocada, a la primera, se le cayó un poco. Cierto. Pero hay que ser muy mal aficionado para premiar lo que ocurrió ayer (suma de emociones) con un trofeo. Si en los días grandes, los mágicos, los de verdad no somos capaces de valorarlos, cantarlos y festejarlo, se confirma, una vez más... el enemigo le tenemos en casa. Menuda vergüenza.

Alejandro Talavante se llevó el mejor toro de la tarde, corrida importante, ganadero, el tercero. Se arrancaba a la muleta desde la otra punta de la plaza y antes del cite. No paraba con la inercia, empujaba detrás de la muleta después. Talavante firmó una labor desigual, crecida por el factor sorpresa del torero, con momentos muy intensos y otros en los que la muleta volaba a su aire sin dominio y al conjunto le faltó fuerza, garra y profundidad. Menos revoluciones tuvo el sexto y parecíamos estar saciados de toreo. Habían pasado cosas. Volvió el coloso Ponce y El Juli no quiso ceder terreno. El toreo, muy vivo. Muy grande. Inmenso.