Perder la vida frente a la tele

Ya disponibles en Amazon Prime, los 10 episodios de «Demasiado viejo para morir joven» son una prueba de resistencia para el espectador

Hideo Kojima en un capítulo de «Demasiado viejo para morir joven»
Hideo Kojima en un capítulo de «Demasiado viejo para morir joven»

Ya disponibles en Amazon Prime, los 10 episodios de «Demasiado viejo para morir joven» son una prueba de resistencia para el espectador

Tras el enorme impacto internacional que logró gracias a «Drive» (2011), Nicolas Winding Refn podría haberse convertido en un director de éxito masivo; incluso se lo consideró para dirigir a James Bond en «Spectre» (2015). Su buena mano diseñando deslumbrantes composiciones tintadas de neón, orquestando ultraviolencia visceral y creando atmósferas hipnóticas parecían abocarlo a un futuro rutilante en Hollywood. En lugar de eso, el danés prefirió dirigir «Solo Dios perdona» (2013) y «The Neon Demon» (2016), dos películas que funcionaban como deconstrucciones extremadamente estáticas de sendas formas de cine de serie B asociadas al movimiento constante. Unos pocos espectadores las aclamaron como obras maestras y el resto las consideró ejercicios de estilo vacíos y autoindulgentes.

Quien esperara que Refn usara su incursión en el terreno de la televisión para salir del nicho que él mismo se ha creado ya se puede ir olvidando. En «Demasiado viejo para morir joven» el director ofrece a sus fans todo lo que les gusta de él, que es justo lo mismo que alimenta a su creciente grupo de detractores: el esteticismo cacofónico, la brutalidad gratuita, la solemnidad autoparódica. Ahora bien, a lo largo de sus 13 horas de metraje la serie deja claras dos cosas: la primera, que en televisión ni se ha hecho ni probablemente se volverá a hacer nada parecido; la segunda, que probablemente sea mejor así. Cada uno de sus planos es un derroche de belleza, pero el resultado de encadenar todas esas imágenes causa tal estupefacción que casi resulta insoportable. Uno siente envejecer mientras la ve.

Su protagonista es un policía corrupto reconvertido en asesino que, eso sí, se dedica a matar solo gente mala. Mientras lo contempla, la serie transita un submundo criminal poblado por mafiosos rusos, yakuzas, pedófilos, violadores y pornógrafos depravados, alternando en el proceso un tipo de sadismo cómico típicamente tarantiniano con un surrealismo apocalíptico que evoca a David Lynch. Todo eso lo hace, eso sí, a un ritmo tan letárgico que el espectador podrá aprovechar cualquiera de las pausas que llenan los diálogos para ir a la cocina a prepararse un café de cafetera moka. Una y otra vez, los personajes se quedan absortos mirando a la lontananza durante periodos de tiempo tan absurdamente largos que, de nuevo, al contemplarlos uno nota cómo la vida se le escapa ante sus propios ojos.

«Demasiado viejo para morir joven» se sitúa en un mundo al que se le ha chupado toda la energía, un purgatorio en el que las lámparas y los fluorescentes no proporcionan más que débiles manchas de luz en la penumbra y cuyos habitantes andan a la deriva como fantasmas, descendiendo lentamente al infierno. El único ímpetu narrativo lo aportan una sucesión de gráficas escenas de sexo y crueldad sin duda diseñadas para resultar tan perversas como sea posible y a la vez lo suficientemente estilizadas como para que nos resulte extremadamente difícil apartar la mirada. Ahora bien, ni esos momentos de sadismo ni el resto de imágenes estéticamente impactantes que componen la serie logran evitar que sentarse frente a ella durante un periodo mínimamente prolongado sea una experiencia inconfundiblemente tediosa, ni que a uno le baste ver uno o como máximo dos de sus episodios antes de sentirse demasiado viejo para seguir mirando.