"La voz más alta": Cómo decir muy pocas cosas a mucho volumen

La miniserie protagonizada por Russell Crowe retrata al magnate Roger Ailes sin matices ni hondura psicológica.

Russel Crowe, aunque no lo parezca por su increíble transformación, interpreta a Roger Ailes
Russel Crowe, aunque no lo parezca por su increíble transformación, interpreta a Roger Ailes

La miniserie protagonizada por Russell Crowe retrata al magnate Roger Ailes sin matices ni hondura psicológica.

Suele decirse que la política es como un mal culebrón televisivo, uno cuyos guionistas o bien están aburridos o bien desesperados. Sus protagonistas, después de todo, son tan simplones y unidimensionales que resultarían inverosímiles de no ser porque salen en el telediario. Fijémonos por ejemplo en Roger Ailes, que convirtió la cadena que presidió durante dos décadas, Fox News, en brazo mediático del partido Republicano estadounidense. Su currículo es propio de un villano de tebeo: llegó a lo más alto difuminando la línea que separa las noticias de la propaganda racista y el patriotismo histérico, y así aupó a la Casa Blanca a George W. Bush primero y a Donald Trump después. Mientras tanto, durante décadas, se dedicó a practicar el acoso sexual en serie y a imponer una cultura que marginaba, degradaba y cosificaba a las mujeres. Como castigo, Ailes recibió 40 millones de dólares en 2016 a cambio de dejar la compañía. Murió un año después.

Tiene cierto sentido que ahora el retrato ofrecido por «La voz más alta» («The loudest voice») sea tan poco sutil como su objeto de estudio y como el «zeitgeist» en el que vivimos en parte gracias a él. Desde el momento en que Russell Crowe aparece en pantalla dando vida a Ailes, con sus toscas prótesis y su traje de gordo y su terrible calva de látex, al verlo uno tiene la sensación de que le están gritando; y no es solo por lo estruendosos que son los frecuentes exabruptos del personaje. El relato mismo se nos sitúa a escasos centímetros del rostro, y desde ahí nos salpica sus babas con sus alaridos. Eso, en todo caso, no da más relevancia a lo que dice.

La serie insiste una y otra vez en proporcionarnos aquella información que ya viene incluida de serie en su sinopsis corta: que Ailes decidió dirigirse exclusivamente a una audiencia conservadora, y comprendió que el público «no quiere informarse, sino sentirse informado»; que se pasó por el forro la ética periodística, e instauró la cultura de las fake news –dando por hechos, por ejemplo, la existencia de armas de destrucción masiva en Irak y los orígenes musulmanes de Barak Obama– y el extremismo político que Trump ha exportado al mundo. Todo eso, de nuevo, mientras exigía favores sexuales de sus empleadas a cambio de promocionar sus carreras o, al menos, de no destruirlas.

Y, en el proceso, «La voz más alta» no solo no intenta comprender a su protagonista sino que saca pecho de su negativa a penetrar de forma particularmente reseñable en su psicología. ¿Fue Ailes un verdadero iconoclasta, o más bien un oportunista? ¿De dónde provenían su autoritarismo y su paranoia? ¿Creía realmente en su causa? Tratar de responder a esas preguntas implicaría humanizar al personaje, y es probable que eso no interese realmente. Es más cómodo defender la idea de que todo lo malo y todo lo terrible que ha sucedido a la sociedad y a la clase política estadounidenses en los últimos años es culpa exclusiva de Ailes y de Fox News; mejor retratar a los monstruos de la forma más grotesca y esquemática posible porque, si los hacemos parecerse demasiado a nosotros mismos, quizá signifique que la responsabilidad de sus actos es en parte nuestra.