Vivir sin mando a distancia

Había dos canales pero daban para mucho. Lloramos con ‘Marco’ y el parche de Falconetti era el signo del mal

Había dos canales pero daban para mucho. Lloramos con ‘Marco’ y el parche de Falconetti era el signo del mal.

Aún no existían los «realities», ni los «talents» de chefs, o sí, solo que no había cámaras en las cocinas de nuestras madres mientras nos subían a una silla para que entendiésemos cómo se hace el filete empanado. La existencia de múltiples canales en abierto, a los que hay que sumar las plataformas de pago, eran una idea que ni se contemplaba. Menos aún que hubiese que pagar por ver las series. Los dibujos se programaban en la sobremesa y no tenían sus canales propios en la TDT. ¿Multipantallas? Como mucho una televisión en color y sin mando a distancia, ¿para qué? si sólo existía la primera cadena y el U. H. F. Ante la abundancia de ahora, imperaba la austeridad. No había audímetros ni falta que hacía. Con oír las conversaciones en los mercados, bares y colegios para darse cuenta de la dimensión de un éxito.

En enero se estrenó «Marco: de los Apeninos a los Andes», los sábados a las 15:30 de la tarde. Nadie sabía el sofocón y la angustia que iba a provocar en los niños. La letra de la canción: «No te vayas mamá, no te alejes de mí, adiós mamá pensaré mucho en ti» cada semana era un invitación a la congoja y la alegría de los psicólogos infantiles, aunque por aquella época no se llevaban mucho. Desde «Bambi» no se lloró tanto. Ni siquiera las travesuras del mono Amedio consolaban. Años después, los pequeños se enteraron que era un «anime» japonés algo prehistórico. 52 capítulos después encontró a su progenitora. Y vuelta a derramar lágrimas porque la serie finalizaba. Para ejemplificar lo famosa que era una proclama sindicalista sonaba, jocosamente por las calles: «Si Marco no encuentra a su mama, el lunes Huelga General». Así estaban las cosas

Media hora antes se emitía «Miguel el travieso», una producción sueca en la que el protagonista podía ser el hermano de «Pippi Cazaslargas», que se programó tres años antes. Tenía buenas intenciones, pero en cada capítulo la liaba. Por fin los niños conocían a los críos de las suecas que idolatraron nuestros progenitores, aunque eso lo supimos mucho después.

Las jóvenes, las matriarcas y las proyectos de adolescentes no tenían tiempo para añoranzas porque en 1977 se presentaron en nuestra sociedad un póquer de galanes: Nick Nolte y Peter Strauss («Hombre rico, hombre pobre») y David Soul y Paul Michael Glaser («Starsky y Hutch»). En esa época, Nick Nolte, quién le ha visto quien le ve, encarnaba a Tom, un tío con morbo: boxeador, pendenciero, atormentado, canalla y marinero. Para las mujeres de la postguerra parecía que había salido de la canción «Tatuaje», porque era «hermoso y rubio como la cerveza». Conquistaba a todas las féminas que deseaban una aventura, y si se daba el caso, poder reformarle. Su hermano Rudy (Peter Strauss) era el ojito derecho de las más formales. Además de mostrarse con unos trajes con un corte perfecto y repeinadito como para salir el domingo, era inteligente, ambicioso y se creía el sueño. Así fue escalando posiciones: de alcalde a senador. A pesar de la apostura de los dos protagonistas, quien arrebató a la audiencia fue Falconetti, el mal con mayúsculas. El parche en el ojo era un signo de que no era de fiar; es más, si el mal tenía un nombre únicamente podía ser el suyo. Su intérprete, William Smith, era un roba escenas y terminó quitando el protagonismo a los que encabezaban los títulos de crédito. Muchos criminales usaron su nombre como apodo. La novedad de esta ficción es que por primera vez el espectador se topó con el sexo y también con un tema tan escabroso como las violaciones. Fue un «best seller» televisivo.

En el caso de «Starsky y Hutch» no se sabía si seducían más los agentes Soul y Glaser -que seguían sus propias reglas- o sus coches, en especial el de este último, un Ford Torino de color rojo tomate con una franja blanca. El prototipo pasó más «castings» que los actores y siempre terminaba perjudicado por la conducción temeraria de Starsky, que hoy había tenido que renovar unas diez veces el carné por puntos. Su vestimenta fue imitada hasta el punto de que las amas de casa se esmeraron en reproducir la chaqueta del «moreno», como se le llamaba entonces, un cardigan, del que incluso la revista «Venca» sacó un patrón.

... Y llegó la cursi de Jane Seymour a nuestras vidas. ¿Era necesario? No, pero se quedó durante décadas. La voz cantante la llevaba un arribista, encarnado por Stacey Kent, un actor con exceso de testosterona, que lograba hacerse un lugar en el mundo de la moda mientras mantenía romances con su cuñada y con una aplicada diseñadora de moda, Seymour.

En la producción propia, mientras «Un, dos, tres» seguía en plena forma conducido por Kiko Ledgard, en el U.H.F. se estrenaba «300 millones». En esos momentos, España quería abandonar el aislamiento internacional y este programa de variedades, con entrevistas, reportajes y concursos, se emitía en todos los países de la Organización de Telecomunicaciones de Iberoamérica (OTI), desde Estados Unidos a Chile. Era un programa agradable que solo dejó huella porque, durante el 23-F, cuando a RTVE los golpistas rodearon Prado del Rey, se reemitió sucesivamente hasta que habló Don Juan Carlos.

Los únicos programas con vocación rompedora, aunque su repercusión entre los espectadores fue nimia, fueron «Popgrama» y «Trazos». El primero, presentado por Carlos Tena, estaba dedicado a la contracultura y aparecieron rostros de La Movida. Fue la primera vez en que se pudo ver en la pequeña pantalla a Alaska, miembro del grupo Kaka de Luxe. Paloma Chamorro ya enseñaba su patita subersiva con «Trazos», en el que entrevistó a Joan Miró y Dalí, entre otros. Ambos espacios fueron la punta de lanza de lo que vendría en la televisión de los 80, que se abrió tímidamente a la sociedad.