Recuerdos de cuando Cádiz era un archipiélago

Hasta su época romana, Cádiz se conocía como una tierra de misterios, necrópolis y moradas de gigantes de tres cabezas

Vista aérea de la ciudad de Cádiz AYUNTAMIENTO DE CÁDIZ 30/09/2020 AYUNTAMIENTO DE CÁDIZ

Cuando yo era niño y jugaba a pegarme con palos contra el resto de mis amigos, las mañanas de sábado podían prolongarse durante horas, al sol, horas hasta que regresábamos a casa para comer con las rodilleras rotas por tercera vez, las palmas de las manos arañadas, tapándonos el moretón que provocó aquella estocada fatal para mitigar el enfado de nuestra madre. Fui niño antes de que ocurrieran muchas cosas y evolucionaran muchas tecnologías, así que podría decirse que mi infancia fue una de palos y rodilleras rotas. A media mañana, solía aparecer la furgoneta del lechero que ya venía a repartir entre los vecinos (un oficio que se ha perdido) y nosotros parábamos con los palos al lechero, a Julián, como bandidos sin conciencia asaltando una diligencia. Julián era un hombre con brazos como Hércules, así lo veíamos nosotros, fácilmente podría haber terminado con nuestra banda, pero también tenía una sonrisa anchísima y un vozarrón de los que parecen haberse tragado el viento; sacaba unos yogures de la furgoneta bramando todo tipo de imprecaciones fingidas y nos los regalaba. Y antes de irse, cuando ya sonaba el clac clac del motor traqueteando, comentaba su archiconocida frase, la que siempre usaba para despedirse: “recordad que hubo un día en que todo esto era campo”.

Julián vivía entre dos mundos, supongo. Sus manos y sus dedos palpaban los cartones de leche pero sus ojos trabajaban a dos tiempos, uno vigilaba la carretera con cuidado de no descarrilar la furgoneta y otro se posaba en el campo que había antes, en los huertos que ayudó a plantar de chiquillo mientras su abuelo le repetía hasta agotarse: recuerda que hubo un día en que esto fue un bosque. Toda persona termina por vivir en dos mundos, supongo. No puedo evitar fijarme en que los niños de hoy ya no juegan a pegarse con palos.

La nostalgia de Cádiz

Cuando los días son nublados y no puedo ver con claridad las formas de los edificios, juego a personificar a la ciudad que ando visitando. Le pongo voz y piel y olores. Si no puede mostrarme sus encantos más superficiales, escarbo en los mismos que cuestan encontrar incluso los días soleados, y en ocasiones imagino que la ciudad es como Julián, tan amable pero inevitablemente arrastrada por la nostalgia que supone haber sido bosque, luego campo, luego pueblo, luego ciudad. Quiero escuchar a la ciudad saludándome: yo antes era campo. Yo antes era un archipiélago, maldita sea.

Catedral de Cádiz.dkatanapixabay

Cuando los días son nublados en Cádiz supone casi una bendición. Es poco común encontrar días así, y pueden aprovecharse para rebuscar como ya he dicho, agudizando el oído hasta escuchar quejarse a la ciudad.

Refunfuña, dice me llamaba archipiélago de las Gadeiras porque los griegos me quisieron nombrar de esta manera, y mis islas eran Eritea, Cotinusa y Cimbis. Pero Eritea ya no existe, se la tragó el mar; Cotinusa terminó hundida a la mitad; Cimbis es ahora la Isla de León. Asegura que no puedo llegar a imaginarme la fantasía que mantenía estas islas a flote, la espiritualidad de civilizaciones milenarias que reposaba en ellas, y lo dice con un tono parecido al que utilizaba Julián cuando nos hablaba de su huerto. Platón escribió sobre mis islas y aseguró que estaban gobernadas por Gadeiro, hijo de Poseidón que era dios de los océanos y hermano de Atlas, el titán que soportaba sobre sus hombros el peso de la bóveda celeste.

Al menos hasta tiempos romanos, la ciudad de Cádiz se encontraba situada en las islas de Eritea y Cotinusa, separada por la mitad a través de un fino canal, y no sería hasta que los mismos romanos rellenaron el espacio entre ambas, haciendo gala de una magistral obra de ingeniería (como tantas que hicieron), que Cádiz no estuvo unida bajo un mismo terrón de barro y arena. Cádiz, o Gades, ganó espacio el mismo día en que el ser humano utilizó sus sortilegios para arrebatar territorios a la mitología. Solo tuvimos que sacrificar una isla (Eritea) de Gadeiro y ganar una ciudad que ya lleva 3.000 años habitada (Cádiz).

Campo de juegos para Hércules

El mar Mediterráneo fue para el semidiós Hércules algo así como la piscina del barrio para un chiquillo durante sus vacaciones de verano. Corrió de una punta a otra cumpliendo con sus doce trabajos igual que se hace en una yincana. Uno de estos trabajos, nada fácil, era el de robarle a Gerión su bravísimo ganado de toros, tarea todavía más complicada desde que Gerión era un gigante con tres cabezas y conocido en toda Europa por sus sádicas fechorías (entre las cuales se encontraba la de haber asesinado al rey Tubal, nieto de Noé). Encaja en nuestra historia porque la criatura habitaba en la isla de Eritea.

Hércules no llegó de buen humor a la isla. Resulta que había intentado cruzar el desierto libio y el calor casi acabó con él, no fue hasta que comenzó a disparar enfurecido flechas contra el sol cuando el dios Helios le rogó que parase, ofreciéndole como compensación la copa que utilizaba para viajar sobre el cielo. Hércules aceptó el trato, subió a la copa y completó su camino subido, literalmente, en el sol. Imagino que más achicharrado de lo que estaba en el desierto.

Torre de Hércules, en La Coruña

Llegó a la isla y el gigante se pegó un susto tremendo, saltó al agua, nadó unas pocas brazadas, corrió, corrió, corrió de punta a punta de la península hasta llegar a Galicia y una vez allí, acorralado, fue derrotado en un chasquido de dedos por Hércules y su mazo. En honor a su victoria, el semidiós levantó una ciudad en el punto exacto del combate y quiso llamarla Crunna. Hoy Coruña. Luego regresó a la Eritea para recoger el ganado y, mucho más contento, decidió erigir un nuevo monumento por su hazaña: haciendo uso de su fuerza desmesurada separó las montañas de Abila y Calpe y creó el Estrecho de Gibraltar. También conocido como las columnas de Hércules.

Zona de templos

Pisoteando los recuerdos que esconde Cádiz durante los días nublados, podemos llegar a rastrear los cimientos de la ciudad, semienterrados como están, y escarbar con las uñas. ¿Quién iba a decir que un buen pedazo de la zona norte de Cotinusa y otra parte de Antípolis fueran hace siglos una necrópolis? Una enorme necrópolis fenicia y cartaginesa cuyo uso comenzó a darse en el primer milenio antes de Cristo y no se terminó del todo hasta entrado el siglo VI a. C. Podría resultar incómodo de saber. Decenas de miles de cuerpos hacen de cimientos en la capital gaditana. Decenas de miles de ritos paganos y arcaicos se desarrollaron en estos cimientos, creando, por qué no, una espesa capa de espiritualidad que hoy aflora en las mismas iglesias que pueden encontrarse mediante el simple culebrear entre sus calles.

El visitante descubre esta capa espesa, ligeramente empalagosa que es la niebla, y hace como los topos, excava desde abajo hacia arriba para descubrir un puñado de templos de religiones difuntas que siglos atrás (tantos que la propia ciudad amenaza con olvidarlos) salpimentaron su archipiélago. Un viajero del siglo III antes de Cristo podría haberse encontrado con el templo de Astarté, diosa fenicia de la guerra, en Punta del Nao. También el templo en honor a Baal Hammon, dios supremo de los mismos fenicios, en lo que hoy ocupa el municipio de San Fernando.

"Saturno devorando a su hijo" de Rubens (i) y Francisco de Goya (d). Las religiones romanas se basaron en Baal para imaginar a este dios. BallesterosEFE

Pero quizá sea el templo de Melkart el que atesore Cádiz con más mimo, este mismo que poco después de su construcción fue utilizado para adorar al mismo Hércules, como aplauso tras su hazaña contra el gigante Gerión. Aunque hoy tampoco existe porque al igual que ocurrió con el resto de los templos, le cayó a plomo el peso de la edad, que piedra sobre piedra los fue sepultado bajo edificaciones nuevas. El Templo de Hércules Gaditano, que es como lo llaman, es ahora el Castillo de Sancti Petri, y su isla se limita a un pequeño islote coloreado por muros blancos. El castillo, como todo en la ciudad, se trata de un nuevo maquillaje de Cádiz, un ribete de colorete diferente a los que se aplicó hace dos mil años pero, a fuerza de costumbre, igual de hermoso.

Bonita por dentro y bonita por fuera, mudable por los caprichos de los hombres aunque sin proferir una queja jamás, Cádiz se desenvuelve con este estilo: nostálgica por su historia vieja como hacía Julián en el barrio, vigorosa como lo éramos nosotros cuando le asaltábamos con nuestros palos.