Las cinco plazas de toros más emblemáticas de España

Han sido utilizadas para espectáculos taurinos, como cuarteles y prisiones, para conciertos de música y auspiciar movimientos políticos

Imagen de la plaza de toros de Las Ventas
Imagen de la plaza de toros de Las Ventas

El mundillo de los toros no es para todos los públicos. Es de sobra conocido el enfrentamiento que existe entre antitaurinos y taurinos desde hace décadas, y las campañas que determinados grupos políticos han puesto en marcha para eliminar una de nuestras tradiciones más conocidas a nivel internacional. Hablar sobre plazas de toros puede, por tanto, resultar un tanto delicado. Pero olvidemos por un segundo a los toros. Borremos todas las ideologías. Vaciemos las plazas a rebosar de entusiastas con el torito bravo jadeando resbalándole una sangre densa y brillante por el lomo. Imaginemos que no somos primates excitados y olvidemos lo bueno o lo malo del toreo, las ideologías, convirtámonos definitivamente en seres humanos con el potencial para alcanzar una cuarta dimensión. Las plazas de toros son mucho más que centros de matanza, como dicen algunos. Son edificios. Y como edificios no solo tienen múltiples usos (¿qué español que se precie nunca fue a un concierto en una plaza de toros?) sino que son dueños de una belleza particular y admirable cuya visita merece la pena.

Hoy podemos coger la carcasa de nuestra fiesta popular y podemos aplaudirla como hacemos con el Reichstag en Berlín (pese a que Hitler organizó allí dentro las peores masacres) o Los Inválidos de París (aunque esté allí enterrado un hombre que provocó la muerte de millones de europeos), simplemente por lo que es, una carcasa. Independiente a los vicios humanoides. Aquí están las cinco plazas más emblemáticas de España (aunque alguna más habrá).

Plaza de toros de Las Ventas

Plaza de toros de Las Ventas
Plaza de toros de Las Ventas FOTO: Las Ventas

Construida con un estilo neomudéjar gracias a los diseños del arquitecto José Espelius, se trata de uno de los símbolos arquitectónicos de nuestra capital. Y parecerá curioso pero fue inaugurada dos veces: la primera vez ocurrió en 1931, aunque rápidamente volvió a cerrarse porque sus accesos todavía no estaban terminados; la segunda fue en 1934, ya definitivamente. Parece paradójico que los instigadores de una tercera república quieran derrumbar lo que construyeron en la segunda república pero dijimos que no hablaríamos de política y eso vamos a hacer. Parece paradójico, eso es todo. Tiene capacidad para 23.798 espectadores. Su ruedo mide 61,5 metros de diámetro, siendo el segundo más grande del mundo, y el ancho del callejón es de 2,2 metros. Aunque en su interior se celebran las corridas ocasionales, principalmente durante la Fiesta de San Isidro en el mes de mayo, también es habitual que dentro se celebren conciertos o diferentes eventos dirigidos al público. Incluso fue utilizada por Francisco Franco en 1939 como campo de prisioneros provisional.

Plaza de toros de Ronda

Plaza de toros de Ronda
Plaza de toros de Ronda

La importancia histórica de las plazas de toros encuentra su representante ideal en Ronda. Se inauguró el 19 de mayo de 1785, exactamente 300 años después de la reconquista de la localidad a manos de los Reyes Católicos, y no solo es una de las plazas más antiguas de España, sino que su ruedo de 66 metros de diámetro está considerado como el más amplio del mundo, Méjico incluido. Sobre esta plaza pesan decenas de fantasmas y pululan cien leyendas. Fue utilizada como cuartel por las deleznables tropas de Napoleón, que, como era habitual en ellas, antes de huir de vuelta a Francia dejaron la plaza hecha una ruina, obligando a su restauración. También sirvió durante unos meses como campo de prisioneros republicanos. Y de todas las corridas que se han celebrado aquí (imagino que podríamos llenar la plaza a rebosar con toda la sangre que se ha derramado en el ruedo) solo una terminó con una cornada mortal. Contaba la leyenda que Francisco Herrera, conocido como «Curro Guillén», fue corneado aquí en 1820 y enterrado junto a sus mismos chiqueros. Durante unas obras de restauración de la plaza efectuadas décadas después, sus restos fueron encontrados donde señalaba la leyenda.

Plaza de toros de La Maestranza

Plaza de Toros de la Maestranza.
Plaza de Toros de la Maestranza. FOTO: Raul Caro EFE

Sevilla: castañuelas, tablaos, colores rojos de lentejuelas, manzanilla, olé, olé, vino, toros, olé, la Giralda, olé, Sevilla es la ciudad abanderada de la marca España en todo el mundo. Ninguna ciudad expresa mejor los clichés culturales que los extranjeros tienen sobre nosotros. Por ello parece natural que su plaza de toros sea una de las más emblemáticas de nuestro país. Entre los taurinos es conocida por el respetuoso silencio que prima durante sus corridas, como si los espectadores fueran feligreses que escuchan, inclinan la cabeza, mueven los labios mientras el sacerdote del capote recita la oración. Entre los turistas es conocida por la bonita estampa que deja en la ciudad. Sus paredes de cal y pintura blanca como subrayada de un color amarillo pastel, su estilo barroco contrasta bruscamente con el estilo de la plaza madrileña, concediéndonos así un vistazo a la versatilidad arquitectónica de estos edificios que son parecidos a la boca abierta de una ciudad. En su interior puede visitarse el Museo Taurino (excelente para conocer, para bien o para mal, este espectáculo antiquísimo) y la capilla de los Toreros, coloreada de oro e iluminada.

Plaza de toros Monumental de Pamplona

Plaza de toros de Pamplona
Plaza de toros de Pamplona

Los sanfermines no terminan hasta que el último toro de la tarde expira. Una de las tradiciones taurinas más reconocidas a nivel internacional tiene en la plaza de Pamplona su corazón palpitante y vigoroso. Donde las corridas sevillanas son silenciosas y casi parecen hacerse con sigilo, en Pamplona sucede un griterío aderezado con calimochos, bocadillos, gritos, entusiasmo, bullicio, serpentinas. Construida en 1920 y con una capacidad para 19.529 espectadores, se trata del lugar exacto donde terminan las cerreras de San Fermín, como si las calles pamplonesas fueran venas, los personajes vestidos con el pañuelito sus glóbulos rojos y la plaza de toros ese corazón bombeando sangre. Ciñéndonos a un juicio puramente estético, no podemos decir que sea tan bonita como otras plazas de nuestro país. La hermosura en este caso contiene tintes más abstractos, la hermosura está en una tradición, en esos gritos, en los borrachos. Es una hermosura que se oye y se huele pero que apenas se ve, si no tienes los ojos dispuestos a ello. Y las historias que rodean a este edificio no son pocas. Por ejemplo hay una que cuenta que en 1898 se suspendieron la corrida del día 10 de julio y su encierro. Resulta que los toros se habían escapado al trasladarlos desde el Sario al corral en la Rochapea. El último toro no fue encontrado hasta el 14 de octubre. Estaba pastando tranquilamente en el monte Usquía, cerca de Lizarbe.

Plaza de toros de Béjar

Dicen que la tradición taurina en España se remonta a los tiempos de Astérix y Obélix pero la lluvia y el viento nos han quitado las plazas de toros más antiguas, a no ser que consideremos los viejos anfiteatros romanos y sus fieras como el espectáculo primitivo que más tarde derivó en el toreo. Entonces la plaza más antigua que queda en pie en España está en Béjar y fue inaugurada en 1711. Es conocida como La Ancianita. Construida con ladrillo y carente de las florituras y adornos que conforman las plazas anteriores, representando una sobriedad casi profesional, la plaza parece abrir los ojos para decirnos con una voz profunda: “aquí dentro ocurren cosas”. Y luego vuelve a cerrar los ojos y no vuelve a hablar con nadie hasta dentro de doscientos años. Pero no, lo piensa mejor, los vuelve a abrir para decirnos algo más: “desde mi inauguración, no han sido pocas las veces que han prohibido las corridas de toros: durante los reinados de Fernando VII, Carlos III y Carlos IV, si somos precisos. Esto de taurinos y antitaurinos es tan antiguo como Alfonso X aunque algunos listillos jueguen a progresistas. Y a mí no me importa que ahora prohíban y luego no, siempre y cuando no venga un imbécil a derribarme para expresar un mensaje político”. Porque esta plaza piensa que lo de los toros es cosa de cada uno, cambiante con la Historia, pero que derribar edificios históricos sin ton ni son (como se rumorea que pretenden hacer en Barcelona) es un poco de gente bruta.