El «efecto Guggenheim» que reinventó Bilbao

A punto de recibir al visitante 19 millones, mañana arranca la celebración del XX Aniversario del Museo Guggenheim Bilbao, la catedral de titanio que revolucionó la villa del Nervión

En el Bilbao del siglo XXI convive la vanguardia del Museo con la tradición de las traineras que surcan la ría del Nervión

A punto de recibir al visitante 19 millones, mañana arranca la celebración del XX Aniversario del Museo Guggenheim Bilbao, la catedral de titanio que revolucionó la villa del Nervión

Adivina, adivinanza... Tiene forma de barco que parece surcar la ría del Nervión y piel de titanio que brilla como si fuera de otra galaxia. Dicen de él que es un museo, pero en realidad es un mago que fue capaz de sacar a Bilbao de su gris pasado medieval hasta reconvertirlo en una de las ciudades más icónicas del siglo XXI. De eso hace ya casi veinte años y aun así, la fascinación que irradia se mantiene intacta. La respuesta ya es obvia: el Museo Guggenheim Bilbao.

Bajo el título de «El arte lo cambia todo» y a punto de recibir a su visitante 19 millones, el Guggenheim de Bilbao mañana da el pistoletazo de salida a un año repleto de eventos y actividades para conmemorar el XX aniversario del museo que tendrá su broche final en octubre de 2017. «Para abrir boca, este fin de semana el gigante de titanio abre sus puertas al público de forma totalmente gratuita y, gracias a la ayuda de Iberdrola, el museo permanecerá abierto excepcionalmente hasta las 22 horas del sábado. El visitante podrá disfrutar de forma gratuita, por ejemplo, de un concierto de la Banda Municipal de Bilbao en el Atrio del Museo a las ocho de la tarde del sábado y conocer en primicia la exposición Albert Oehlen: Detrás de la imagen, que se inaugura hoy», explica Begoña Martínez, subdirectora de Comunicación del Museo Guggenheim Bilbao.

Pero si hay algo de lo que puede y debe disfrutar el viajero es del llamado «efecto Guggenheim», un soplo de aire fresco que reinventó la capital vizcaína allá por octubre de 1997 y que nos permite disfrutar hoy en día de una de las ciudades más fascinantes y atractivas, si no la que más, del norte de España. «La llegada del Museo supuso un antes y un después para Bilbao, que dejó atrás su era postindustrial para convertirse en una ciudad de servicios, abierta al visitante. Esto nos colocó en el mapa internacional», confiesa Martínez, bilbaína de nacimiento que asegura que «el gran acierto del arquitecto Frank Ghery fue fusionar la espectacularidad del edificio adaptándolo a la fisionomía de la ciudad. Encaja perfectamente y eso ha permitido que el Bilbao del siglo XXI que lidera el Museo no haya perdido ni un ápice de la autenticidad y las raíces del Bilbao de toda la vida, con su arraigada cultura propia».

Para descubrir la idiosincrasia de la capital vizcaína, el viajero debe pasear a orillas de la ría, columna vertebral de la ciudad y brújula de nuestros pasos. Sus aguas, jalonadas por el Palacio Euskalduna, la imponente torre de Iberdrola (el rascacielos más alto del País Vasco con 165 metros), la biblioteca de la Universidad de Deusto y el propio Museo Guggenheim nos llevan, casi sin darnos cuenta, al corazón de Bilbao. Cruzando el puente Zubizuri, cuya abombada silueta llama la atención, nos topamos con la solemnidad del Ayuntamiento que nos da la bienvenida al Arenal. Aquí bulle incansable el Bilbao de toda la vida, con abuelos que visten «txapela» y se apoyan en su «makila» (bastón tradicional vasco) mientras disfrutan de un concierto de la Banda Municipal.

Unos pasos más allá, tras el majestuoso Teatro Arriaga, edificio neobarroco del siglo XIX, el ajetreo es constante. Estamos en las Siete Calles, cuna de la ciudad y alma del casco viejo. Estrechas callejuelas salpicadas de bares nos invitan a practicar, en primera persona, uno de los deportes favoritos de cualquier bilbaíno que se precie: «potear», a ser posible con un buen «txakolí» y un «pintxo» en la mano.