Los sueños cumplidos de Ángela Portero: Cabo Verde, las islas del verano eterno

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14 de marzo de 2019. 13:42h

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Ángela Portero.  14/3/2019

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Durante los cinco días de travesía entre Gran Canaria y el archipiélago Caboverdiano, a excepción de alguna leve tormenta en las primeras jornadas de navegación, la climatología fue muy favorable. El sol nos acompañaba desde el amanecer hasta el ocaso y a medida que avanzábamos hacia el sur, acercándonos a los trópicos, la temperatura fue aumentando gradualmente.

No había demasiado viento y el Comandante Máximo pedía a los chicos constantes maniobras de cambios de velas para aprovechar al máximo las escasas rachas. Nos empezamos a dar cuenta que Gianluca y Giampa no siempre estaban de acuerdo con las órdenes que recibían y eso nos desconcertaba. En estos desacuerdos nos quedábamos al margen no sólo porque no teníamos los conocimientos ni la confianza para opinar o posicionarnos, sino sobre todo porque teníamos claro aquello de “donde manda capitán no gobierna marinero”.

Y así era. Aunque los Gianes tenían mucha más experiencia navegando que el Comandante Máximo y no estaban de acuerdo en la mayoría de sus decisiones al timón, no les quedaba más remedio que acatarlas. Así, a pesar de exponer argumentos de peso (que, obvio, nosotras no entendíamos) para contradecir al propietario del Delizia en las maniobras propuestas o advertirle de los peligros de izar determinada vela en según qué condiciones, siempre acababan por cumplirlas aunque a regañadientes. Y eso, que al final, siempre tenían razón los Gianes y todas sus objeciones eran tan lógicas como certeras sus advertencias.

Nos preocupaba que, la cada vez más frecuente disparidad en la forma de entender la navegación del Comandante y los dos regatistas, comprometiera el buen ambiente que reinaba en el Delizia. Pero, a medida que pasaban los días, estábamos más convencidas de que, en caso de motín a bordo, estaríamos al lado de los sublevados, de los Gianes.

La causa de todos los conflictos era siempre la misma: las prisas. El Comandante Máximo navegaba bajo la presión del tiempo, ya que tenía una fecha limite para llegar a Saint Marteen y un compromiso ineludible en Roma: la presentación de su último libro. El retraso ocasionado por el temporal que les retuvo atracados en Marruecos, ponía en peligro sus planes. Para tratar de recuperar el tiempo perdido, además de tirar de motor, el Comandante iba a forzar todo el velamen.

Si algo he aprendido en esta travesía es que las prisas en el mar no son buenas consejeras. Cuando alguien se plantea salir a navegar, y más aún cuando se trata de cruzar el Atlántico, debe hacerlo teniendo claro que ni se sabe cuándo se va a zarpar y aún menos cuando se va a arribar a puerto. Mil contratiempos pueden comprometer nuestros planes y si el estrés no es buen compañero de viaje, apremiar navegando puede traer muchas complicaciones, por no decir, peligros.

No hacía dos días que habíamos levado ancla cuando se nos rompió la mayor. No había posibilidad de repararla en alta mar ya que era necesario subirse al mástil. Eso nos dejaba con dos spinnakers, el codigo zero asimétrico y la simétrica, además del génova. Aunque todos los días recibíamos clases de navegación de Giampa y Gianluca, todavía no estábamos muy familiarizadas con el uso de las velas. Así que cuando nos dijeron que se nos había roto la mayor, Raquel y yo nos alarmamos. Nos dijeron que la arreglaríamos cuando llegáramos a Mindelo y al no verles demasiados preocupados, nos relajamos. Se había roto el puño de driza, o eso, interpretamos por sus palabras y gestos. Había veces que nos costaba entenderlos y eso, que todos los días dedicábamos bastante tiempo a estudiar la nomenclatura en tres idiomas: español, italiano e inglés. Para nota, vamos.

Poco a poco aprenderíamos que la norma fundamental en una embarcación es la anticipación a cualquier circunstancia que pueda producirse y que, cuando esto no es posible, hay que estar preparado para reaccionar con prontitud y seguridad. Me maravillaba cómo Gianluca y Giampa eran capaces de anticiparse a cualquier situación. Todo lo que decían que iba a ocurrir, pasaba antes o después. Parecían adivinos.

Los días pasaban entre clases de navegación, partidas de mus, pesca e intercambio de recetas culinarias. Las noches de guardia iban haciendo mella en el sueño y después de comer, nos adormecíamos al sol o nos íbamos al camarote a dormir una pequeña siesta. A pesar de las diferencias entre el Comandante y la tripulación, el agua nunca llegaba al río, gracias sobre todo a la exquisita educación de todos ellos. Así, sin la mayor pero cumpliendo la media de millas/día que se había marcado el propietario del Delizia y después de cinco días y cuatro noches a bordo, empezamos a divisar la costa Caboverdiana.

Dejamos por estribor la costa de la isla de Santo Antao que nos pareció bastante escarpada y continuamos nuestro rumbo hacia el puerto de Mindelo. Nos subimos todos al Flybridge y con el Comandante Máximo en la caña, nos acurrucamos hasta que avistamos las primeras luces que indicaban la proximidad de nuestro destino. La maniobra de fondeo no estaba exenta de dificultad ya que además de ser una noche cerrada de luna nueva, el profundo puerto de Mindelo, Porto Grande, en la bahía en forma de media de luna de existe no sólo un cráter volcánico sino centenares de buques y embarcaciones destinadas al desguace, no señalizadas y en estado deplorable. La bahía es un cementerio de gigantes, de chatarra fondeada en espera de pasar a mejor vida.

Nos acercamos todo lo posible a la costa, tratando de encontrar un sitio dónde fondear al abrigo del viento, que soplaba fuerte esa noche y con cuidado de no chocar contra ningún pecio. Por suerte, no tuvimos problemas y una vez realizada la maniobra, nos tomamos una copa para celebrar nuestra llegada. Ardíamos en deseos de llamar a España y hablar con nuestros hijos, pero era tarde. Nos fuimos a la cama felices por haber llegado sanas y salvas después de navegar durante más de ochocientas millas náuticas. Aquella noche además podríamos dormir del tirón.

Motín a bordo

Amanecimos pronto. Había muchas cosas que hacer. En lo concerniente al barco lo primero era las reparaciones, arreglar la mayor y hacer los trámites de aduana e inmigración. Después era necesario aprovisionarnos, fundamentalmente de verduras y frutas, para las dos próximas semanas de navegación oceánica. También había que limpiar el barco y después, llenar los depósitos de agua dulce y los tanques de gasoil .

Giampa colocó una red en popa destinada a estibar las verduras y frutas y Gianluca se puso el arnés para subir al mástil. La música española de Raquel sonaba en el altavoz mientras el Comandante se disponía a hacer la lista de la compra. Todos estábamos de buen humor, deseando acabar nuestros quehaceres para bajar a tierra y visitar la isla. Al cabo de un rato vi que Gianluca se ponía a baldear el barco ya sin el arnés de seguridad. Le pregunté si había podido arreglar la vela y me dijo que finalmente no lo harían. Mientras los Gianes y Raquel limpiaban el exterior del barco, yo me dediqué a limpiar la cocina y los cristales del catarán. Al cabo de unas horas, con el trabajo ya realizado y el barco reluciente, cogimos el dinghy para ir al puerto. La primera visita era obligada a Capitanía para hacer la entrada legalmente en Cabo Verde, pasar la Aduana y también sellar nuestra libreta marítima, dónde dejar registro certificado de las millas náuticas que habíamos recorrido.

Nada mas pisar la pequeña oficina de policía situada en las inmediaciones del puerto entendimos el significado de la palabra que mejor define el carácter de los habitantes del archipiélago caboverdiano: la “morabeza”. Una palabra que es sinónimo de gentileza, amabilidad, hospitalidad y que expresa la manera de ser y sentir de este pueblo. El oficial de inmigración no pudo ser más simpático y amable. Nos facilitó incluso los sellos de salida para que no tuviéramos que desplazarnos hasta allí el día previsto para zarpar de nuevo y con una amplia sonrisa se prestó a grabarnos en vídeo una bienvenida a la isla.

Paseamos por el centro de la ciudad de Mindelo, a escasos metros de la zona portuaria y paramos a sacar dinero y comprar unas tarjetas telefónicas para poder tener datos y llamar a nuestros hijos y familiares. Habíamos acordado con ellos, mandarles noticias vía satélite con una cierta frecuencia pero como la travesía hasta Cabo Verde no era muy larga no quisimos hacer uso del teléfono satelital del Delizia.

Hacía una temperatura increíble que rondaba los 26 grados y la ciudad estaba llena de actividad. Los edificios coloniales, de herencia portuguesa, están bien conservados y pintados de colores. La gente es amable y le encanta pararse a charlar con los turistas, sobre todo, si compartes raíces lingüísticas latinas lo que facilita la comunicación.

Después de cinco días sin conexión a internet, una vez que por unos diez euros, compramos una tarjeta de una semana de datos ilimitados y nos conectamos, todos teníamos muchos mensajes que atender. Nos sentamos en una terraza y mientras tomábamos un café, aprovechamos para ponernos al día a través de las redes sociales, de lo que acontecía en nuestro pequeño mundo.

El comandante nos anunció su intención de zarpar al día siguiente, una vez aprovisionado el barco. Comenzó así una discusión entre los skippers italianos y el propietario del Delizia. Los primeros se negaban a levar anclas al día siguiente y fue así como descubrimos que, contrariamente a lo que pensábamos, ellos no iban contratados en el Delizia sino que habían accedido a ayudar al Comandante a cruzar el barco al Caribe. Gianluca llevaba la voz cantante y estaba francamente enfadado. Aunque hablaban muy rápido, Raquel y yo, nos dimos cuenta que nuestro sueño empezaba a tambalearse de nuevo cuando Gianluca amenazó al Comandante con quedarse en Cabo Verde y no continuar navegando hasta el Caribe. Finalmente, el Comandante cedió, consciente de que sin los Gianes le era imposible cruzar el charco y accedió a pasar tres noches en Mindelo.

El paraíso existe: música, viento, sol y... pibonazos.

Cabo Verde goza de un clima cálido y seco durante todo el año, con una temperatura media que oscila entre los 25 y 30 grados y en las que las diferencias de temperatura entre el día y la noche son muy bajas, entre cuatro y cinco grados . Situado en la zona de los vientos alisios es un país ideal para practicar windsurf y kitesurf ya que el viento tiene una velocidad media de nueve nudos en verano (de noviembre a mayo) y alrededor de 13 nudos en invierno. A esto se añade la calidez de sus aguas, cuya temperatura se mantiene todo el año entre los 23 y 26 grados. Los amantes del surf frecuentan estas islas en invierno cuando el viento sopla con más fuerza y hay mejores olas.

Todo esto convierte a Cabo Verde en un lugar para disfrutar de vacaciones durante todo el año, razón por la que a estas islas también se les conoce como “las islas del verano eterno”. A diferencia de otras islas tropicales, en Cabo Verde no llueve mucho. Los meses con más precipitaciones (4 o 5 días al mes) son agosto, septiembre y octubre. El resto del año pueden transcurrir sin un sólo día de precipitaciones lo que provoca sequías cíclicas.

Cabo Verde era verde hasta que llegaron los primeros colonizadores, los portugueses, que expoliaron los enormes bosques de dragos. Las islas desiertas hasta entonces, se convirtieron en centro neurálgico de la esclavitud, al estar situadas en una zona estratégica para la navegación entre África y América. Los africanos capturados por los portugueses y convertidos en esclavos que no eran vendidos para trabajar en Sudamérica, trabajaban forzosamente en las plantaciones de algodón de las islas y en la extracción de carbón para surtir a los buques de vapor que navegaban por el Atlántico. Aunque Cabo Verde se convirtió en una república independiente de Portugal en 1975, se habla portugués así como una lengua criolla con innumerables dialectos y mantienen el escudo como moneda.

Este paraíso, situado en el paralelo 16 y frente a las costas de Mauritania y Senegal está compuesto de nueve islas habitadas y una deshabitada. Sao Vicente es una isla pequeña que mira hacia Europa y cuyo puerto se ha convertido en una escala cada vez más habitual para los veleros que, cada año, cruzan el Atlántico. En esta pequeña isla nació Cesária Évora, la Reina de la Morna, la cantante caboverdiana que consiguió situar en el mapa del mundo a su remoto país y abrió el camino del triunfo a las que hoy se consideran sus sucesoras: Elida Almeida o Mayra Andrade. Su imagen está en los billetes de dos mil escudos y su nombre y su foto por todas partes.

Y es que la música es una de las señas de identidad del país. Los caboverdianos han conseguido con sus ritmos, mezcla de lo mejor de los dos mundos que conforman sus raíces, hacerse un hueco en el panorama musical a nivel internacional. La música impregna el país, suena en las playas, en las calles y en los bares a todas horas con su mezcolanza de ritmos portugueses, africanos, brasileños y antillanos. El abanico de estilos musicales propios es muy amplio: la morna, la coladeira, el batuque, el funaná y el finaçon y para los caboverdianos cualquier momento es bueno para ponerse a cantar o a bailar, preferentemente en pareja.

Giampa, productor musical y Raquel, querían comprar música nativa. Fueron ellos los que me explicaron la creciente industria musical que se ha convertido en uno de los principales ingresos de un país que vive del turismo. En la isla dónde nos encontrábamos, considerada la capital cultural de la república, acoge la Atlantic Music Expo (AME) que se ha posicionado como el mercado musical más importante de África y el Festiva Baia das Gatas que se celebra en esta espectacular playa situada en Sao Vicente.

La vida en Cabo Verde es relajada y sencilla, sin signos de violencia o peligrosidad, excepto las peleas provocadas por la desmedida afición de los nativos al Grogue, la bebida nacional de las islas. Este licor de fabricación artesanal tiene una tasa de alcohol del 40% y es ron destilado de la caña de azúcar. Su olor recuerda al plátano caliente y se produce en las islas más montañosas como la de Santo Antao. Aunque es necesaria una licencia para producirlo legalmente, la auto producción se mantiene en las zonas rurales dónde se destila utilizando un tambor de aceite usado y tiene fuertes raíces culturales. Así, el ritmo de la pulsación de la caña para la fabricación de Grogue es una inspiración para la música y con esta actividad se asocian los cánticos de tristes y populares baladas. El enorme consumo de este licor que es conocido como licor de luna entre los paisanos, ha llevado al país a tener una elevada tasa de alcoholismo, una lacra que tendríamos la oportunidad de comprobar en nuestras noches caboverdianas, dónde si te dejas llevar por el sentir isleño es fácil acabar en cualquier local o playa bailando hasta al amenecer.

Las arraigadas expresiones culturales de la isla son el resultado del brutal y forzado viaje de esclavos entre áfrica y Brasil.

Aquella noche cenamos en un restaurante italiano situado en las inmediaciones del puerto, a cuyo dueño conocía Gianluca de sus anteriores escalas en la isla en sus viajes al Caribe. De camino al restaurante italiano, en la plaza Amílcar Cabral, bautizada en honor del líder independentista asesinado, dónde es habitual la celebración de conciertos de artistas locales, nos topamos con un local de ensayo de caporeira, arte marcial y danza a la vez, se ha consolidado y extendido en los últimos años en la isla de San Vicente. Aunque pueda parecer sorprendente que, en estas remotas islas se practique esta danza brasileña, lo cierto es que la conexión de los Caboverdianos con Brasil sigue latente en una especie de memoria genética común. Durante siglos ,ambos pueblos, han compartido no sólo idioma y colonizadores, sino sus raíces africanos.

Aunque aún existe cierta polémica respecto a si la Capoeira surgió en África o en Brasil, hay quien considera que esta danza así como otras expresiones culturales como la música o las lenguas surgen del desplazamiento de pueblos, del brutal y forzado viaje de esclavos de Africa a Brasil. En este viaje, Cabo Verde era una escala obligatoria, al ser las últimas islas dónde podían recalar los barcos negreros y las más próximas al Nuevo Mundo, a menos de tres mil millas náuticas de las costas brasileñas.

La amalgama de razas que componen la población nativa del archipiélago ha dado origen a una cultura criolla que no sólo tiene reflejos en la lengua, la gastronomía, la música o el baile, sino también en la carga genética de sus pobladores, auténticas bellezas surgidas de esta mezcla de razas. Los caboverdianos son un pueblo de ojos verdes y piel oscura, en la que no faltan sorprendentes cabelleras rubias naturales y tan rizadas como las negras. Resulta impresionante el contraste de sus melenas rubias, los ojos claros del color del mar, sus blancas dentaduras y su piel, brillante y morena. Como diría Raquel los habitantes de estas islas, tanto hombres como mujeres, son auténticos pibonazos, de cuerpos atléticos y delgados. Negros, criollos y blancos se mezclan sin problemas, en la calle y en la cama y es fácil que los turistas sucumban a sus encantos y a su innegable sensualidad.

En contraste con el resto de África, Cabo Verde es un referente de estabilidad política, económica y social. El país, un pequeño archipiélago de 4.000 kilómetros cuadrados y medio millón de habitantes, ha sabido en sus 40 años de independencia mantener su credibilidad política y económica. Esto le ha convertido en un destino seguro para la inversión exterior y el turismo, que ha hecho que a estas islas ya se las considere el Caribe africano y que la renta per capita del país haya a pasado en las últimas tres décadas de 175 a casi 4.000 dólares.

Por desgracia, nuestra estancia en el bello y desconocido archipiélago iba a ser muy corta. En tres días sólo tendríamos tiempo de conocer Sao Vicente, dónde se encuentra la capital cultural de la República: Mindelo y de hacer una breve excursión a Santo Antao, la isla más occidental y verde.

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