Asia

Tokio vanguardia milenaria

La capital japonesa es una de las urbes más apasionantes del mundo. La tecnología de última generación y los infinitos rascacielos conviven con pagodas, kimonos y templos.

Desde la isla artificial de Odaiba se contempla una perspectiva muy distinta de la ciudad de Tokio
Desde la isla artificial de Odaiba se contempla una perspectiva muy distinta de la ciudad de Tokio

La capital japonesa es una de las urbes más apasionantes del mundo. La tecnología de última generación y los infinitos rascacielos conviven con pagodas, kimonos y templos.

Shiodome es un moderno y financiero barrio de Tokio que linda con las estratégicas zonas de Shinbashi y Ginza. Desde sus rascacielos, obra de afamados arquitectos, se contemplan vistas que abarcan parte del coloso urbanístico que compone la capital de Japón, cuyo centro acoge a 13 millones de personas, que se convierten en 36 si a la megalópolis se refiere, distribuidas por los 23 barrios de la ciudad.

Shiodome está convenientemente situado cerca de la estación central de Tokio que ya en sí es todo un espectáculo vertiginoso de gente, mascarilla en rostro, que se mueve en un asombroso silencio y pulcritud, teniendo en cuenta la humanidad que por allí desfila. Impresiona el primer vistazo de la urbe cuando al abrir las cortinas de la habitación del Hotel Royal Park Shiodome el ocaso cae sobre los rascacielos entre los que sobresale la Torre de Tokio cuya silueta rojiblanca –que recuerda a la torre Eiffel y a la que supera en nueve metros de altitud– se ilumina en la oscuridad protagonizando la noche. El amanecer no se queda atrás y pinta el edificio expresionista estructural de la torre de Nittele con sus tonos rojizos y violetas al tiempo que desvela a ras del suelo los muchos niveles de scalextrics, rieles y carreteras por donde circula el tráfico de Tokio.

No lejos de Shiadome, en el distrito 23 de Choyoda, al entrar en los jardines del Palacio Imperial, enmarcado por los rascacielos exteriores, contemplamos uno de los muchos contrastes de la ciudad nipona: una carroza tirada por impecables corceles trota por el parque practicando para la entrega oficial de las credenciales de un embajador al que tendrá que conducir desde las afueras de Palacio.

Buenos deseos

Las hojas de los árboles en plena estación otoñal marcan el final del año que viene acompañado de nuevos propósitos y deseos. Los santuarios sintoístas y los templos budistas se llenan de feligreses que veneran a las deidades agradeciéndoles sus prebendas. En los templos del Parque Ueno, situado en el distrito Ueno del Barrio Taito, padres y abuelos llevan a sus infantes al templo Kiyomizu Kannon, al Bentendo o al santuario de Toshugo. Noviembre llega con la celebración anual del Shichi-Go-San (siete, cinco, tres) dedicada a niñas de tres y siete años y varones de cinco. Edades estratégicas según el código nipón cuando los niños visten formalmente el «hakama» –pantalón tradicional– y el «haori» en seda de los samuráis y las niñas pasan de usar las cintas simples de los tres años en sus kimonos al «obi» alrededor de su cintura. A los críos les regalan una bolsa de caramelos «chitoseame» como augurio de sano crecimiento y vida larga.

Al salir del parque tras haber visitado el Museo Nacional de Tokio y el de Arte Occidental, diseñado por Le Corbusier, el panorama cambia de raíz en el mercado de Ameyoko, antigua sede del mercado negro tras la segunda guerra mundial. Allí los puestos de ropa, pescado seco y fresco, frutas y verduras se salpican con los muchos casinos y garitos de cambio a manos de residentes coreanos.

El santuario de Meiji Jingu, al lado del parque Yoyogi, es uno de los más queridos que señalan el momento de la apertura de Japón al mundo. Fue al terminar el periodo feudal de los shogunes con la caída del Shogun Tokugawa y la llegada al trono del emperador Meiji en 1867. Fue él quien modernizó Japón y en cuyo honor y el de su esposa la emperatriz Shoken se construyó el santuario al que preceden una hilera de ofrendas en forma de barriles de sake y de borgoña como símbolo de la amistad entre Japón y Francia y deseo de buenas cosechas del vino japonés y del francés, favorito del monarca. Sin embargo, el templo más antiguo de Tokio es el de Senso Ji, en el barrio de Asakusa, adonde acuden jóvenes vestidos con kimonos y colegiales que se hacen un selfi tras otro con el fondo de la monumental pagoda de cinco niveles que caracteriza el templo. Y siguiendo con los contrastes, al salir de Senso Ji, obligatoria es la visita al callejón de Takeshita lleno de tiendas de segunda mano, frikadas y adolescentes vestidas a lo lolita. Es un aperitivo de lo que se puede encontrar en la llamada ciudad electrónica de Akihabara, reinado del manga japonés, donde entre estrepitosos almacenes de electrónica como el Yodobashi Akiba, se salpican los dibujos animados, Doraemon entre ellos, y sus versiones porno (hentai), en las «sex shop» con las tiendas de «muñequitos» de dudosa reputación a cuyas puertas las lolitas con aspecto inocente y vestimenta infantil publicitan los cafés «maids». Ometasando es una calle bonita, paralela a Takeshita, de tiendas lujosas y sede de Honda donde espera el robot Asimo para contarle a sus visitantes, con voz familiar, cómo él puede andar, saltar y casi hasta levitar...

En el más famoso de todos los pasos de cebra, el «scramble» (la espantada), sito en Shibuya, pueden cruzar simultáneamente unas mil personas. Allí las adolescentes se pasean ataviadas a la última extravagancia en busca de una oportunidad mientras, lejos de los neones, recóndito e intimo, el callejón de Golden Gai en Shinjuku ofrece chiringuitos acogedores de madera, donde tomarse una cerveza Sapporo acompañada de sashimi o tempura, en el laberinto que antaño albergaba uno más de los barrios rojos de Tokio.

Pinceladas callejeras

El templo de Shinjuku está de fiesta. Encajado entre bloques de cemento, almacenes y luces de neón, este enclave sinoísta acoge al anochecer a todo el vecindario, que tras las reverencias oportunas en el altar principal y tirar de la cuerda de los deseos «shimenawa», disfrutan de aquella «verbena» adornada por faroles y poblada con puestecillos de comida, venta de amuletos y un ambiente distendido en el centro de la ciudad.

De camino a la soberana de las calles, la calle Ginza, en una de las 13 líneas de metro privadas con las que cuenta Tokio, se observa el elegante vestir de las señoras de edad, el traje negro de los ejecutivos, los cabellos verdes, azules y naranjas de los jóvenes, los uniformes soldadescos de los estudiantes , tipo marinero para ellas, y el factor común de la mascarilla que al salir del metro alguno aparta para fumaro.

Antes de llegar al exclusivo barrio de Ginza se impone una parada en el mayor mercado de pescado del mundo, el de Tsukiji, con las más de 450 especies de pescado y marisco y sus restaurantes de sushi. Nada como dar por terminada la jornada subiendo a la torre Mori en el distrito de Roppongi Hill desde donde se divisa el Monte Fuji, el Hotel Park Hyatt Tokio «Lost in Translation», y el «todo» Tokio, a no ser que venga Godzilla a tapar la vista de una de las ciudades más espectaculares del mundo.