Insultos

“Nada mejor que despojar de la confianza pública a las instituciones clave para que sea la misma población la que pida su fin”

Lo de que esta pandemia serviría para unirnos más y salir con valores comunes reforzados hace tiempo que ha quedado descartado para siempre. Cierto es que ya era bastante ingenuo imaginar eso en un país como España donde nada nos une más que criticar la unidad. Pero si uno comprueba cómo en medio de esta crisis hay mucha gente que cree que la ideología está detrás de decisiones tan delicadas como confinar un barrio, entonces es porque es así, porque así lo piensa mucha gente. La reunión de Sánchez y Díaz Ayuso de esta semana parecía más la visita de un jefe de Estado extranjero a otro país que la del presidente del Gobierno de ese país. Es más, tras las declaraciones posteriores y, sobre todo las actuaciones, resulta más comparable con la visita del secretario general de la ONU. Vivimos en un país en el que el Gobierno central sirve solo para decidir quién se salva del linchamiento de la opinión pública y qué instituciones o personas merecen su indulto. Anunciar una medida como esa por un delito tan grave ya casi oculta hasta la mentira del presidente de que no iba a hacerlo, pero claro, estaba en campaña. Ya lo decía Kamala Harris: en un debate vale todo. Hasta mentir, si lo dices acompañado de una sonrisa.

Ahora todo el mundo es un gran conocedor y defensor del trabajo de Ruth Bader Ginsburg y anda preocupadísimo con que Trump consiga imponer otro juez conservador en el Supremo de Estados Unidos. Cuesta imaginar que aquí las redes sociales se llenasen de los mismos mensajes, fotos y vídeos sentidos sobre un juez del Supremo tras su fallecimiento. O del Constitucional. Le caería más bien una buena terna de insultos, que en eso somos tan especialistas que tenemos hasta un premio Nobel que dejó una extensa literatura sobre ellos. Pero para insultar a los jueces no hace falta que se mueran. No hay mejor desprecio que no hacer aprecio dice el refrán y los indultos contra aquellos que atentan contra nuestra Constitución, es decir, contra nuestra Justicia, es el Gobierno haciendo una peineta estilo ex tesorero del PP. Ese debilitamiento de los poderes del Estado casa muy bien con la nueva era anunciada por el ministro de universidades –de peso innegable en el Ejecutivo y en el mundo de la moda juvenil–, al fin y al cabo para comenzar de nuevo hay que destruir lo antiguo. Nada mejor que despojar de la confianza pública a las instituciones clave para que sea la misma población la que pida su fin. Así ya el CIS no le importa a nadie, se asume la politización de la Justicia, se oculta la figura del rey y se otorga su simbolismo al presidente. Y se indulta a quien haya que indultar para que esto siga, claro. Y seguirá porque al final es todo una cuestión de utilidad y es útil para el secretario general de la asamblea de nacionalidades ibéricas, Pedro Sánchez, que sus miembros tengan conflictos porque, si no, no puede salvar a nadie desde su púlpito de banderas.