«Hijos del carbón»: vida y muerte de las últimas cuencas mineras

La periodista Noemí Sabugal analiza la tradición de la minería en España en un completo ensayo sobre la identidad común en torno a una profesión históricamente ligada a la crónica negra y la lucha obrera

Si hay una profesión revestida tópicamente de épica es la de minero. En España, además, arrastran un halo reivindicativo: ellos protagonizaron la última revolución social, la de 1934, levantándose contra la II República y marcando el inicio del período más convulso del último siglo. El espíritu combativo ha seguido acompañando a sus herederos, con grandes protestas como la del año 2012, cuando la denominada «marcha negra» entró en Madrid entonando el «Santa Bárbara bendita» –patrona de los mineros– para impedir el cierre de un sector que ocho años después da sus últimas boqueadas.

Fue a través de la música –más allá de la copla festiva que popularizó Antonio Molina en los años cincuenta– como se fijaron en la sociedad tragedias como la ocurrida en el pozo María Luisa, en Asturias. Víctor Manuel fue el primero en sacar del entorno minero sus vivencias cantando «La planta 14» –durante años retenida por la censura de la dictadura– mostrando la realidad que se escondía tras aquellos hombres que bajaban a la mina y de la que muchos, demasiados, nunca volverían a salir con vida. «En la planta 14 del pozo minero, de la tarde amarilla tres hombres no volvieron...». Esa historia desgarradora, con viudas, madres y compañeros tragándose las lágrimas en las horas de espera, impactó tanto porque contaba un episodio que todas las familias de las cuencas mineras han vivido con algún pariente –hijo, marido, hermano–: un desprendimiento, una explosión de grisú o la muerte lenta provocada por la inhalación del polvo de sílice, que dibujó una mancha negra en los pulmones de José, el abuelo de Noemí Sabugal (Santa Lucía de Gordón, 1979). Su otro abuelo, Santos, quedó sepultado allá abajo y después de ese susto decidió que no volvería a enterrarse a diario para ganarse el pan, como hicieron tantos desde finales del siglo XIX.

La escritora y periodista leonesa recorre en «Hijos del carbón» (Alfaguara) el pasado y presente de las cuencas mineras españolas valiéndose de su experiencia y de la de quienes sufrieron la dureza de tener en el mineral su sustento, pero también su mayor temor. Un ensayo en el que ha invertido tres años de investigación, lecturas y viajes –en Andalucía visitó Villanueva del Río y Minas (Sevilla), donde hay un recuerdo a los mineros esclavos, y Peñarroya (Córdoba)– para completar un álbum de la minería en nuestro país que para ella empezó en casa. Testimonios y fotografías componen un libro de emociones, atravesado por el análisis del cambio introducido por la actual transición energética, que ha convertido a los «hijos del carbón» en «hijos del petróleo», amenazando con vaciar esas poblaciones. Es, en su opinión, «el fin de una era».

Para calibrar la trascendencia de un mineral ya denostado, retrocede al año 1951, cuando se instauró la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA). «La Unión Europea antes que por la política empezó por el tratado del carbón y el acero. Lo hemos usado para comer caliente y hasta el año 2018 fue la tercera fuente de producción de energía. Ha sido la base del desarrollo industrial», rememora. Posteriormente, impulsó «toda la vertebración ferroviaria. Ha tenido una importancia nuclear a la hora de desarrollar el país. Con sus cosas buenas y sus cosas malas», reconoce. Al calor de él se erigieron otras industrias auxiliares cuya continuidad ahora peligra. «Desde luego el gran fallo ha sido la falta de diversificación económica. Cuando ha cerrado la mina o la térmica la zona se ha quedado sin opciones en la mayoría de los casos».

Sus estancias en León, Asturias, Palencia, Sevilla o Córdoba han confirmado la existencia de una «identidad común» que cristaliza en un arraigado sentido de la comunidad. «Las cuencas mineras se parecen muchísimo, tienen una sensación de identidad enorme porque ha ocupado a generaciones enteras y ha marcado mucho la vida y la muerte de las familias», unidas a su vez «por una historia de reivindicaciones laborales, sindicales y políticas que en las cuencas históricas se repite».

Los peligros que acechan en las galerías, motivo del «amor-odio» que profesan a la mina sus allegados, son la causa de que «desde fuera a veces resulte muy difícil de entender esta forma de vivir». «A mí misma me sorprende a veces pensar cómo de forma tan cotidiana hemos convivido con la muerte», asegura. Por la lucha que supone con el medio natural y por la rudeza del oficio –y porque el mar como la tierra se ha tragado muchas vidas–, Sabugal asemeja a los mineros con los pescadores. En este punto, recuerda que una frase recurrente en la profesión es «esto es lo que hay». «Es un trabajo que te permite vivir y alimentar a tu familia, pero a la vez tenía una contrapartida terrible en vidas y en salud. Es muy complejo, pero es el ambiente en el que has nacido. Lo incorporas a tu vida».

Su escritura surgió «por el arraigo familiar del tema, pero no solo por eso. Me daba cuenta de que era un mundo que desaparecía tal y como yo lo había conocido». Por eso quiso hacer «un ejercicio de memoria» –cuya publicación coincide con que solo queda activo el pozo Nicolasa, en Mieres (Asturias)– destacando la necesidad de «conservar la arqueología industrial y los lugares para que la gente pueda recordar cuál ha sido su pasado». El carbón no quitará más vidas, pero a cambio deja un futuro incierto tras décadas de muerte lenta de la industria.