Cultura

Matar a Twitter para seguir escribiendo

La decisión del joven poeta Juan F. Rivero de abandonar la red por la ansiedad revela el estrés asociado al mundo digital

Entrevista con Juan F. Rivero, poeta, traductor y editor, con especialidad en humanidades y clásicos literarios. Ha publicado los poemarios Canícula (2019) y Las hogueras azules (Candaya, 2020).
Entrevista con Juan F. Rivero, poeta, traductor y editor, con especialidad en humanidades y clásicos literarios. Ha publicado los poemarios Canícula (2019) y Las hogueras azules (Candaya, 2020). FOTO: Alberto R. Roldán La Razón

Juan F. Rivero (Sevilla, 1991) es editor y poeta, uno de esos escritores jóvenes que hicieron de Twitter su particular tertulia de café. Hace una semana, el domingo 2 de mayo, para él se hizo el silencio virtual. Lo dejaba como una forma más de combatir la ansiedad que le ha acompañado desde sus años de estudiante, imbuido entonces en la perniciosa rueda de lograr tener las mejores notas como aval para el futuro. La covid ha sido una aliada de esa ansiedad que encuentra en los planes de futuro un pozo sin fondo. Irse de Twitter es la alternativa de Rivero para salir de «la lógica productiva» que arrastra a la sociedad: hay que estar haciendo algo todo el tiempo y contarlo públicamente es parte de ello. En Sevilla, una campaña del Teatro de la Maestranza por su 30 aniversario reta a pasarlo tan bien que te olvides de tuitearlo. Y esa es la contradicción de muchos jóvenes que, como él, han encontrado en las redes sociales una herramienta para la creatividad y para su promoción y a la vez una obligación.

Sus seguidores superaban los 5.200 y «eso en el mundillo de la poesía es casi todo el mundo que está en las redes». Ni sus filtros para rebajar el nivel de conflicto de las publicaciones sugeridas –eliminó palabras como España, Cataluña y otras relacionadas con la política, además de expresiones como «de mierda»– han conseguido frenar el hastío. «Las redes han sido un apoyo y a la vez un foco de estrés. No quería que Twitter se convirtiera en mi tercer o cuarto trabajo», dice alguien que tiene en la edición literaria de clásicos su primera ocupación laboral y además es poeta y traductor. «Twitter para la literatura es muy interesante porque pone la relevancia en la palabra escrita. He dado con una comunidad de escritores muy activa», relata, citando a integrantes del movimiento de poesía joven que comparten ideas, discuten, a muchos de los cuales conoció virtualmente y acabaron entablando una relación de amistad.

Rivero es por muchas razones una «rara avis» de su generación. A punto de adentrarse en la treintena, su primer destino profesional fue en el Instituto Cervantes en Nuevo México, donde con 21 años daba clases de español gracias a una beca ya extinguida, ejemplo de cómo se van diluyendo las oportunidades de futuro para los jóvenes. «Veo en mi entorno lo injusto de la situación que vivimos. Yo he trabajado mucho y he dedicado mucho esfuerzo pero he tenido también mucha suerte. Tengo amigos con situaciones muy duras, con empleos precarios, y no se toman medidas para solucionarlo», se queja. La pandemia del coronavirus ha sido la puntilla a la larga resaca de la crisis financiera y social de 2007. «Psicológicamente las clases trabajadoras nunca llegaron a salir de la anterior crisis. En 2019 se leían artículos sobre la recuperación económica, se intentaba crear optimismo, pero es una situación cronificada, terrible desde el punto de vista del desarrollo personal, del futuro e incluso de las simples ganas de vivir –lamenta–. Eso desgasta muchísimo. Mi generación está muy cansada». Quienes entraron al siglo XXI siendo niños son ahora adultos provistos de expectativas difícilmente compatibles con la realidad.

El poeta vive en Madrid, tiene un trabajo acorde con sus estudios de Filología Hispánica y una relación monógama desde 2010. La estabilidad como una isla en medio de tanta precariedad. Esa generación cansada es la que estudios y encuestas vaticinan que será la primera que viva peor que sus padres. Rivero cuestiona esa tesis, pero llama a reflexionar sobre la sostenibilidad del nivel de consumo en la sociedad; piensa que la inmediatez de querer y tener todo «aplasta al presente».

La reclusión forzada no afectó aparentemente a su vida profesional, incluso el día se le quedaba corto para el volumen de trabajo que tuvo, mientras al lado su pareja, la actriz Ana Rocío Dávila, abrazaba la dureza de los ERTE y después el paro. La misma ansiedad que ha precipitado un paréntesis en la red social reapareció. «El momento social nos impulsa a estar sobreexpuestos a los demás. Eso termina magnificando la preocupación por cometer una falta que nos lleve a que se infravalore el trabajo que hacemos. Tengo la sensación de que llevo años en esa dinámica», reflexiona. Y el confinamiento azuzó ese sentimiento. «Me sentó francamente mal. Esa incertidumbre provoca mucho miedo, a veces irracional, y un sufrimiento continuo, una sensación flotante de pesadumbre».

En medio de todo ese vendaval emocional, el verano pasado publicó «Las hogueras azules» (Candaya), un poemario inspirado en las tradiciones literarias orientales. «Lo que más me importa es escribir una buena poesía, luego lo conseguiré o no, pero lo que sea apartarse de eso pierde interés», dice, y suena a justificación interna para convencerse de que el «aislamiento» virtual repercutirá positivamente en su producción literaria y hasta en su capacidad de no hacer nada. Las noticias sobre él no llegarán a partir de ahora al instante, sino al ritmo que marquen sus libros, los que firma como autor y los que llevan su sello aunque su nombre no figure impreso.