Madama Butterfly

“La fragilidad y el desconsuelo de Butterfly son desgarradores, ella es transparente. De las heroínas de Puccini, es la más intensa, la más pura”

Foto de familia de la presentación de la ópera Madama Butterfly de Giacomo Puccini, en el teatro de la Maestranza de Sevilla, donde representa. EFE/ Raúl Caro
Foto de familia de la presentación de la ópera Madama Butterfly de Giacomo Puccini, en el teatro de la Maestranza de Sevilla, donde representa. EFE/ Raúl CaroRaul CaroEFE

La protagonista de esta ópera de Puccini se llama Cio-Cio San; san es un sufijo japonés que se agrega al apellido para dirigirse a alguien con respeto, por ejemplo, Puccini San o Señor Puccini, y Cio en italiano (cho) suena parecido a Chõp, mariposa en japonés.

La mariposa en Japón simboliza a las niñas y mujeres jóvenes y al alma de los vivos y los muertos; se cree que sus espíritus transmutan para regresar en mariposas y dos mariposas unidas simbolizan la felicidad en pareja.

El nombre de la protagonista con su doble mariposa, contiene la esencia del personaje que encarna Butterfly y su historia de amor.

La ópera está inspirada en la novela Madame Chrysantheme de Pierre Loti, en ese caso la protagonista se llama Kiku (Kiku San) que significa crisantemo, la flor simbólica de Japón. En las dos historias está presente la naturaleza porque es esencial en la vida japonesa y en su poesía. Cio-Cio San tiene quince años cuando «se casa» con Pinkerton en Nagasaki, una ceremonia que le trae problemas familiares por no cumplir el legado tradicional y religioso de sus ancestros. Pero el problema esencial es el hombre que paga cien yenes para casarse con Butterfly mientras brinda con whisky por «una verdadera mujer americana». La boda japonesa es algo temporal, como un juego, y espera casarse realmente cuando regrese a su país.

Cuando la estancia profesional de Pinkerton en Japón termina, se vuelve a Estados Unidos y olvida completamente a Cio-Cio San. Ella está embarazada y nadie lo sabe. Entre el primer y segundo acto pasan tres años. Cio-Cio San tiene entonces dieciocho, un hijo y sigue esperando a «su marido», que no le ha enviado ni una carta, pero se aferra a la promesa de amor: regresaré cuando aniden los petirrojos.

La fragilidad y el desconsuelo de Butterfly son desgarradores, ella es transparente, nos permite ver y sentir todo lo que ocurre en su corazón roto sin perder una lánguida esperanza de amor. De las heroínas de Puccini, es la más intensa, la más pura.

El libreto entrelaza haiku en los diálogos, pequeños poemas que hablan de los cerezos, los pájaros, los ciclos de la naturaleza que continúa su ritmo de hojas, estaciones y nidos alrededor del corazón de Butterfly. La música es perfecta, tanto que en los momentos sin libreto, la música nos sigue contando la historia como si nos hablara.

Madama Butterfly está en el Teatro de La Maestranza hasta el 9 de octubre y el domingo pasado asistí al estreno. La primera sensación de plenitud fue el teatro lleno, como antes, como siempre. Los grandes aplausos, el gran público. Y la sensación de plenitud total fue la soprano Ermonela Jaho. No interpreta a Madama Butterlfy, es Madama Butterfly.

No soy experta en ópera, solo amante, no domino el lenguaje para hacer una reseña técnicamente correcta, pero puedo contarte que Ermonela te cautiva desde que entra en escena y te canta directo al corazón hasta el final. Y cuando no canta, cuando está en el escenario sola y silenciosa esperando el regreso del amor, su presencia desolada y la brillante Orquesta Sinfónica de Sevilla, logran uno de los momentos más altos y profundos de la obra. En esta versión, el tiempo se mueve algunas décadas y se incorporan a la historia la bomba en Nagasaki y una locución de Roosevelt que convierten el ambiente creado por Puccini en algo demasiado yanqui para mi gusto.

Eché de menos una rama de cerezo, una ventana a la naturaleza, una visión de la belleza delicada y minuciosa del Japón que se detiene en un pájaro, una flor, una estrella.

Esa simbología minutísima también es encarnada por Ermonela Jaho que, además de su voz espléndida, aporta sus gestos delicados, una fragilidad poderosa y la verdad orgánica de lo esencial.

Aunque conocemos el final, la Butterfly nos asombra sin respiro de principio a fin, atraviesa emociones que conocemos profundamente, la ilusión, la efímera felicidad, la angustia, el dolor, la fortaleza de la esperanza cuando todo parece perdido, el sacrificio, el amor infinito por los hijos y una clase de honor que pocas veces existe. Vuelvo a decir que Ermonela Jaho no interpreta a Madama Butterlfy, es Madama Butterfly y sales del teatro con la maravillosa sensación de haber vivido un momento único.