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Pablo Iglesias o el difícil equilibrio entre lo público y lo privado

Pablo Iglesias o el difícil equilibrio entre lo público y lo privado
Pablo Iglesias o el difícil equilibrio entre lo público y lo privadolarazon

Los elementos que dominan el discurso ético moderno poco o nada tienen que ver con la virtud. Más bien el deber y la obligación, el recurso a los principios basados en la razón, la intuición y la emocionalidad han soterrado la misma categoría de virtud. Según Coleman, el eclipse del lenguaje relativo a las virtudes consonantes con la “vida honrada” y la “sociedad justa” constituyen una tragedia en la sociedad moderna. La racionalidad de la vida moderna subvierte la esfera vital; es decir, los criterios de éxito y eficiencia arrinconan hasta extinguir las categorías de conocimiento y sentido. Siguiendo el pensamiento de Coleman, la razón de que la virtud sea una categoría postergada se debe a que los presupuestos básicos de una teoría de la virtud (una comunidad sustancial, una concepción teleológica de la existencia humana, una unidad narrativa capaz de dar significado a la vida como un todo, la tradición) no van con los fundamentos ideológicos en la sociedad postmoderna.

La sociedad está atravesada no por la virtud, que une a los hombres y los hace trascender su ámbito privado, sino por el interés que los separa. Tocqueville se entrega al tema del interés con el fin de proyectar en el interior de esa misma noción su exigencia de moderación, de autogobierno, de impulso regulado. Para ello, crea así una figura paradójica a primera vista, utiliza el recurso del “interés bien comprendido”, en el que conviven el impulso dirigido hacia sí mismo y la contención teniendo en vista a los demás: “Gozando cada uno de sus derechos, y estando seguro de conservarlos, así es como se establece entre todas las clases sociales una viril confianza y un sentimiento de condescendencia recíproca, tan distante del orgullo como de la bajeza”. La idea del interés bien comprendido es inseparable de la idea de libertad como capacidad de ser señor de sí.

En su obra La Democracia en América, Tocqueville afirma que la democracia necesita una ciencia política cuyo objetivo es ayudar, tanto a los gobernantes como a los gobernados, a contribuir al buen desarrollo de la vida social, a través de sus actos y decisiones cotidianos. La ciencia política de la que habla Tocqueville no se refiere a unas normas de conducta, sino más bien a la atmósfera intelectual y moral en la que respiran los gobernados y los gobernantes, en la cual están arraigados los principios de su conducta. Esta nueva ciencia política tiene una dimensión educativa, cuyo terreno propicio es la libertad, pero “una libertad moderada, regular, contenida por las creencias, las costumbres y las leyes”. Pues de ella se espera un doble aprendizaje de la libertad civil: la iniciativa, la confianza en las propias fuerzas por un lado, el autogobierno por el otro, la capacidad de participar por cuenta propia del gobierno y el gobernarse a sí mismo.

Desbordado por los acontecimientos exteriores, por la función correctora de un pueblo que percibe en las actuaciones sociales de los políticos irresponsabilidad y falta de coherencia, despotismo y corrupción de líderes políticos que el mismo pueblo ha engendrado, Pablo Iglesias lamenta ahora la tiranía de la opinión pública, cuando sus pensamientos y su presencia fulgurante en la vida pública han estado relanzados por esa misma tiranía. Iglesias imaginaba un sueño brillante y fácilmente realizable, pero ha revestido el cuadro idílico con colores falsos, siendo incapaz de mantenerlo con coherencia y moralidad pública. Las costumbres de Pablo Iglesias, demasiado mundanas, manifiestan un hombre servil, atraído por la falta de veracidad con el fin de alcanzar un legítimo bienestar material. ¿Qué autoridad moral posee quien miente con tanta procacidad? ¿Qué autoridad intelectual pretende quien impone puntos de vista, como si formulase verdades absolutas, cuando no se cree en ellos?

Iglesias no sólo ha gestionado mal su capacidad para decir la verdad y evitar la mentira, sino que ha mostrado su inmensa debilidad para no ser fiel a los propios principios. El secretario general de Podemos representa la cultura del aprovechamiento en tiempos difíciles, la cultura de la separación y de la incoherencia. La política ha caído bajo la tela de araña del “carrerismo” moderno; lejos de la noción clásica de la vocación como persecución de la excelencia, de una valoración intrínseca de la tarea y una conciencia de contribuir al bien común, Iglesias se instala así en el profesionalismo sin contenido, contribuyendo a la erosión del sentido y a la falta de integración que caracteriza la cultura moderna.

La mayor transgresión de Pablo Iglesias ha sido la del modo de presentarse a los demás, con altivez y desprecio, sin reflexión, creyendo que en política no existen unos límites, como es el respeto a los demás. ¿Qué ideas pretende imponer quien no cree en ellas o las desmiente con su propio comportamiento, imaginando que no existe un código de conducta implícito en cualquier sociedad democrática? ¿Cómo se podrá votar en comparecencia electoral a alguien que miente de tal manera, anestesiar a la opinión pública con estrategias de autocrítica y consulta a las bases, incapaz de garantizar, por su propia conducta errada, el derecho de las personas a no ser engañadas para que puedan decidir sobre sus propias vidas? Iglesias no puede zascandilear con la manipulación del que pretende suscitar un cambio de actitud en el ciudadano. Existe la mentira, existe una ética de principios, más allá de una ética de consecuencias.

Lo que está demostrando la reacción mediática ante el comportamiento de Pablo Iglesias es que en la democracia el poder formativo de la cultura y del ambiente en general, y el poder pedagógico de la experiencia personal, pasan de ser efectos secundarios a constituirse en elementos esenciales. ¿Qué costumbres genera en la sociedad el comportamiento de un político que ama lo que dice despreciar, cuya tiranía política pretende que sea contrarrestada dentro de sus filas pero escapando de cualquier límite de sentido de la responsabilidad y del deber fuera de ellas, construyendo el interés común desde el gusto por el egoísmo y el bienestar material que antes desautorizaba?

Es curioso cómo para algunos los actos hay que valorarlos en función de las consecuencias: no importa mentir, el tipo de acción de que se trata, sino ver cuál será el resultado de la mentira. Es evidente que no es lo mismo vivir como nuevos ricos mediante la estrategia del engaño que sin recurrir a tales artes. Pero la nueva casta no piensa lo mismo. Asegura condescendiente el gurú Juan Carlos Monedero, beneficiado escandalosamente por los jesuitas durante demasiado tiempo, que Pablo Iglesias no sabía que se haría mayor y tendría hijos, que ha cometido el error de no medir bien las consecuencias al adquirir el chalé de Galapagar. Los líderes demagógicos piensan que tienen derecho a mucho más de lo que han conseguido obtener, y para ello se sirven de un pueblo supuestamente embotado, guardándose mucho de decirles la verdad de lo que piensan. No es que se nieguen a vivir en tercera clase, en la Vivienda de Protección Oficial de la madre en Vallecas; esto no es relevante. El problema al que nos enfrentamos es el de la recuperación de la integridad intelectual y de la moralidad pública que garantice que los hombres sean capaces de discernir el orden de los valores, la necesidad eclipsada de la virtud.

El origen de la virtud pública son las virtudes privadas. No es verdad que la política se esté americanizando, como sostienen algunos analistas, sino que no es posible mantener un gobierno democrático sin ciertas condiciones en orden a la moralidad privada. La clave de la supervivencia de las instituciones libres y de la misma sociedad está en relación entre vida privada y vida pública y en cómo los ciudadanos salen de su esfera personal para participar en el ámbito público. Pablo Iglesias encarna el fracaso de una visión ética y humanista de la política, la divergencia entre el interés general y el interés personal, la ruptura del difícil equilibrio entre lo público y lo privado que hará funcionar de un modo correcto las instituciones y dará sentido a la vida de los ciudadanos.