Políticamente correctos, mortalmente aburridos

Por Ramón Oliver

Hay personajes que parecen haber nacido para hacer subir el pan. Que son provocadores natos, crónicos e impenitentes; que si ven un charco van de cabeza hacia él y si no lo hay, ya se encargan ellos de llevar su propia agua para formarlo. Estos individuos no se caracterizan precisamente por su prudencia y el único modo que se conoce para que midan sus palabras es contar el número de barbaridades que sueltan por frase. Se jactan de decir lo piensan aunque no siempre piensen lo que dicen y los medios de comunicación les adoran porque son una fuente inagotable de titulares. Su hábitat natural son las portadas y su procedencia, principalmente la política, el arte, la farándula, el periodismo o el deporte. Sin duda, Donald Trump, con sus desabridas salidas de tono y encono a los periodistas, es el actual líder de ese escalafón mundial de bocazas. Aunque los de su especie, desde Jesús Gil hasta Willy Toledo; de Hugo Chávez a Jose Mourinho, han existido, existen y existirán siempre.

En el mundo empresarial, en cambio, el embrollo mediático ha producido históricamente bastante alergia, y es raro encontrar a un empresario o alto directivo meando fuera de tiesto. Hay alguna histórica –y exagerada- excepción, como José María Ruiz Mateos, pero, en general, el gusto por el show no abunda entre la clase empresarial. La reputación corporativa, el valor de las acciones, la RSC, los stakeholders, las reacciones redes sociales... son demasiados los riesgos para permitirse un inoportuno resbalón ante la opinión pública.

Sabedores de que un exceso de espontaneidad puede ser severamente castigado, algunos los gabinetes de prensa de las empresas, especialmente de las grandes, se erigen con frecuencia en guardianes del decoro verbal de sus directivos. Por esa razón, aleccionan a los portavoces para que no se salgan de una estricta una política de perfil bajo en sus declaraciones públicas. Y a fin de asegurarse de que la cumplen, ejercen una estrecha vigilancia de las interacciones de estos con los periodistas. Como resultado de tantas precauciones, muchas entrevistas empresariales se convierten en un plácido páramo de cifras de negocio y declaraciones políticamente correctas; lugares comunes en los que es casi imposible encontrar algo de color. Y cuanto más grande la empresa, más previsible su discurso.

Entre tanto aburrimiento, uno encuentra refrescante y renovador que el Juan Roig comparezca ante los medios para decir que la web de Mercadona “es una mierda”. (De acuerdo, probablemente también fue un movimiento calculado y diseñado por su equipo de comunicación, pero fue efectivo.) O que el jefe de Volkswagen en Estados Unidos, Michael Horn, se disculpara públicamente por el escándalo de las emisiones reconociendo literalmente que “la habían cagado por completo”. Menos escatológico pero igual de contrito que Horn se mostró esta misma semana el ex presidente del Banco Popular Emilio Saracho, al admitir su fracaso tras el desplome del valor de las acciones de la entidad. El desastre se ha saldado la compra por un euro de la entidad a cargo del Santander. Su rasgamiento de vestiduras, no obstante, llega tarde y poco o ningún consuelo aporta a los miles de afectados.

La nueva sociedad interconectada y participativa recela cada vez más de las organizaciones opacas pero políticamente correctas, de las buenas intenciones que tapan acciones no tan buenas. Los discursos anodinos, vacíos de contenido y llenos de autocomplacencia provocan un efecto contrario al deseado. Sin necesidad de llegar al esperpento ni a los fuegos de artificio, tal vez sí haya llegado el momento de sugerir a las empresas y a sus gabinetes de prensa que sean un poco más audaces en sus declaraciones públicas. Menos contenidas y más sinceras. En cierto modo, un poco más Trump. Que se atrevan a contarnos lo que piensan, para variar. Incluso si intuyen que lo que piensan no va a gustarnos.