Se busca periodista forense

Por Yolanda Berdasco

El periodismo de sucesos tal y como lo conocíamos ha tocado techo en los dos últimos años, o quizá, está tocando fondo. La narración de los hechos ha dado paso a la disección de la realidad del entorno familiar, laboral, etc. de los afectados por los sucesos. Aunque el amarillismo y el sensacionalismo sean amenazas que se asoman a la profesión con excesiva frecuencia, los últimos dos años están siendo devastadores para el periodismo.

Resultó escandalosa la cobertura del caso de Diana Quer, aunque no fue la primera en teñirse amarillo. Especialmente llamativa fue la exposición de las relaciones en el seno de la familia y de los conflictos del entorno de la desaparecida.

Después vendrían la desaparición de Gabriel y la caída al pozo de Julen. En ambas, brilló la ausencia de empatía con las familias de los desaparecidos y las programaciones especiales propias de un espectáculo festivo más que de la cobertura de hechos desgraciados, protagonizados además por menores que deben gozar, si cabe, de una mayor protección sobre su imagen e intimidad. La edad no es, desde luego, un factor que frene las ansias sensacionalistas de algunos medios.

Como la desgracia humana es un lugar en el que se propagan con facilidad las bacterias de la demagogia y el sensacionalismo, la muerte de Laura Luelmo y la de otras mujeres sirve también de campo de inspección profunda para los llamados redactores de sucesos, que permítase el juego de palabras, tienen ya algo de suciedad.

Es posible que estos periodistas que se precian de tener exclusivas, sacadas en su mayor parte de las tripas de los afectados, se hayan equivocado de profesión. Sus métodos son puramente policiales, con entrevistas en directo a testigos (o conocidos que rara vez aportan algo) y habitualmente con una reconstrucción de los hechos, eso sí, con una música de tensión que ayude a entrar en escena al espectador. Quizá querían ser forenses o bien, es posible que se trate de directores de cine frustrados.

No hay semana que no encuentren el suceso macabro para poder explotarlo y llama la atención que las familias de los desaparecidos o fallecidos tengan que reclamar constantemente, algunos incluso por vía judicial, que se respete su derecho a la intimidad, que no se especule sobre los hechos. Algo que debería ser una máxima en cada información y más en las que conllevan una carga especial de sensibilidad. Algo que se enseña en las asignaturas de deontología periodística.

A los afectados por este periodismo macabro solo les queda el consuelo de saber que el consumo del subproducto que ofrecen es perecedero y que tan pronto como ocurra otra desgracia, girarán hacia allí sus objetivos y se olvidarán, al menos por un tiempo, de su caso.

Y a los periodistas que lo practican, amén de un buen examen de conciencia, quizá les venga bien desempolvar los apuntes de deontología, si es que tomaron nota de algo, o bien, hacer una especialidad en periodismo forense.