María Leach: «Hemos de explicar la muerte a los niños con naturalidad»

En tiempos en que la covid y la guerra nos han hecho más conscientes de que la vida tiene fin, la escritora y periodista vuelve a romper tabús y publica “Siempre contigo” (Baobab/Estrella Polar), un cuento ilustrado por Katia Klein donde habla a los niños de la muerte, el duelo y del amor que queda cuando las personas que queremos se van.

Maria Leach
Maria Leach FOTO: Ainhoa Gomà

“¡Mamá, mamáaaa!”, grita el niño de tres años desde su habitación. La madre visualiza el ataque de una araña gigante y salta del sofá. Pero en la habitación no hay arañas ni mosquitos. El niño sólo quiere que le cambien la colcha de estrellas. Le contaron que el abuelo se ha convertido en una y ahora piensa que los dibujos del cubrecama son muertos. Para éste y otros malentendidos, la escritora y periodista María Leach (Barcelona, 1979) acaba de publicar “Siempre contigo” (Baobab/Estrella Polar), un cuento infantil donde explica qué es la muerte, sin metáforas, y en el que acompaña a los más pequeños y a sus familias en el camino del duelo. “La muerte es algo que nos pasa a todos, no sabemos cuándo, no sabemos cómo (…) Adónde vamos al morir es un misterio, pero siempre hay algo nuestro que se queda”, cuenta.

Ayudándose de su experiencia, la poesía y las deliciosas ilustraciones de Katia Klein, coge de la mano al protagonista para transitar a través de las dudas y emociones que provoca una de las experiencias más duras que hay en la vida: la pérdida de un ser querido, porque significa que no vas a volver a verle.

La mayoría de las personas se ocupa de la muerte cuando se acerca a la vejez. Pero también se muere de enfermedad y accidentes. Lo sabe Leach. Perdió a su marido cuando apenas tenía 34 años. En un año vivió lo que una persona vive en una vida, se casó, tuvo a su primer hijo, Nico, y cuando tenía cinco meses, se quedó viuda. Trató de digerir ese tsunami emocional escribiendo. Del dolor, salió un poemario bellísimo “No te acabes nunca (Espasa)”, que ilustró su amiga Paula Bonet. Leach cuenta que no tenía muchos referentes con quien compartir su experiencia, a los treinta y pocos, su entorno rebosaba vida. Encontró refugio en la literatura, en obras como las de Joan Didion o Rosa montero. Y ahora, son sus libros los que ayudan a quienes han sufrido una pérdida.

-Con «No te acabes nunca» rompes el tabú de hablar de la muerte. Ahora, redoblas el desafío y encaras dos conceptos que parecen antagónicos: muerte y niños.

-No pensaba volver a escribir sobre la pérdida. Después de «No te acabes nunca», cerré el duelo con otro poemario con el que pretendía reengancharme a la vida, «La vida Rima» (Espasa). Pero mi editora, Anna Casals me propuso escribir un libro para hablar de la muerte a los niños tras el confinamiento y me lancé. Transformé mi duelo en algo creativo. Y las cosas que he aprendido al tener que explicar la muerte a mi hijo, en algo universal.

-La pandemia, primero, y ahora la guerra, ¿nos hacen ser conscientes de que nuestra vida y la de las personas a las que queremos se puede acabar en cualquier momento?

-Tener presente la muerte o haber vivido el adiós de una persona cercana, ayuda a valorar la vida. Pero tampoco hemos de pensar que todo es muerte y destrucción, y caer en la angustia, como en todo, hay que encontrar un equilibrio.

-En este cuento, huyes de metáforas y apuestas por hablar de la muerte con naturalidad. «Hasta ahora lo que me cuentan no me convence nada. Me dicen que esa persona está en el cielo. Acaso un humano puede volar tan lejos», escribes.

-La clave es explicar la verdad y hacerlo con cariño. A mi hijo nunca he querido trasladarle pena. Cuando los amigos o la familia miran a Nico con tristeza siempre les pido que no lo hagan, porque no tiene por qué cargar con nuestra pena, él no la tiene.

Emotiva y explicativa ilustración
Emotiva y explicativa ilustración FOTO: La Razón

-Es inteligente.

-Siempre le hablé con mucha naturalidad de su padre, pero con dos años empezó a preguntar que cuándo vendría papá. Entonces, una psicóloga infantil me dijo que le explicara la verdad, como un cuento que durara 30 segundos, porque la capacidad de atención de los niños es muy corta.

-¿Lo entendió?

-Le explicaba que su papá un día se puso enfermo, que lo llevé al hospital, que los médicos no lo pudieron curar y murió como muere otra gente, pero lo más importante de todo, que no iba a volver. Tuve que contárselo más de seis veces para que entendiera la idea de que su padre no vendría nunca.

-¿La sociedad protege a los niños de la muerte? ¿Deberíamos hablar con más naturalidad?

-Hablar de la muerte es saludable. A Nico le encanta que le expliquen cosas de su padre. Pero esto lo puedes hacer cuando has digerido bien el duelo. Es importante explicar la verdad y una vez entendido el concepto puedes añadir tus creencias. En nuestra cultura, los muertos siguen formando parte de nuestra vida y a mi me gusta que estén en mi imaginario, porque es una herramienta que me ayuda a vivir y a ser como soy.

-Alguien te ha dicho que no es un cuento para niños

-Es un cuento para que los padres lean con sus hijos. Puede crear rechazo, pero hoy en día estamos tan conectados y los niños están expuestos a tanta información que es mejor que comprendan cuanto antes que la vida tiene fin.

-Antes de este libro escribiste “Qué bigotes me pasa” (Baobab/Estrella Polar), un cuento sobre las emociones. El duelo también nos enfrenta a distintas emociones.

-”Siempre contigo” retrata muy bien las fases del duelo. Ante la muerte, primero hay incomprensión, luego ira, frustración, tristeza y, finalmente, aceptación y amor. Cuando el duelo se digiere bien lo que queda es amor.

Imagen invernal
Imagen invernal FOTO: La Razón

- “Sigo yendo al cole, sigo yendo al parque (…) y pese a todo, sí que noto algo bonito en mi interior”, escribes. ¿Este aprendizaje lo da el tiempo? .

-Tengo un poema que dice: “De momento, en vez de curar, el tiempo se divierte y me tortura lentamente”. Odiaba que me dijeran que el tiempo cura, pero así es. El libro está dedicado a la hija de una amiga. No hay nada comparable al duelo por un hijo. Es tremebundo. Los amigos me preguntaban cómo podían ayudar a los padres, pero lo único que podemos hacer es esperar a que pase el tiempo y que ese tiempo pase de la mejor manera posible. El duelo se combate día a día. Nadie ni nada te libra de pasarlo mal, lo pasarás mal ahora o dentro de cinco años. ¡Da una rabia! Pero luego descubres cosas bonitas, conoces a gente, tienes conversaciones que no hubieras tenido y de las que aprendes mucho, y con el tiempo, sientes ligereza, más amor que dolor..

-¿Compartir, libera?

-Hablar del vacío y la soledad que nos deja la muerte muestra que no estamos solos, que el dolor que sentimos es universal.