La explicación científica del coronavirus: NO es el apocalipsis

La biomedicina, la epidemiología, la genética, la farmacología y la virología tienen mucho que decir sobre esta nueva epidemia.

Este artículo fue publicado el 1 de febrero de 2020 y debido a la velocidad a la que cambia la situación su información podría estar desfasada. La letalidad y el R0 de un virus no solo depende de su biología, sino de las características de la población a la que infecta y por lo tanto de cómo se apliquen las medidas preventivas necesarias.

El miedo a lo desconocido es natural. De hecho, es una de esas cualidades a las que debemos nuestra supervivencia. La oscuridad, un sonido inesperado, todo aquello que no podamos predecir como a nosotros nos gustaría es causa de inquietud y en nuestros días hay un miedo que supera a los demás: el peligro biológico. Hablamos de virus y bacterias invisibles a simple vista, pero potencialmente capaces de acabar con nosotros en unos días.

Sin embargo, esa arcaica alarma que en su momento nos ayudó a sobrevivir ya no es tan útil como antes. Que sea natural temer a las epidemias no quiere decir que sea lo más adecuado. Por suerte, vivimos en un mundo donde los sistemas sanitarios se toman muy en serio estas amenazas y ponen todas las medidas posibles para controlar sus daños. El coronavirus de Wuhan está sembrando el miedo, pero ¿cómo de peligroso es realmente?

La ciencia del coronavirus

Todo empezó cuando, el 8 de diciembre, un paciente de Wuhan (Hubei, China) fue diagnosticado con una neumonía atípica de causa desconocida. Mostraba fiebre, tos seca, dificultad para respirar y su radiografía revelaba un proceso inflamatorio en los pulmones. El 31 de diciembre, China comunicó que había nuevos casos de esta enfermedad al resto del mundo, y, en ese momento, los engranajes sanitarios de decenas de países se pusieron en marcha.

En apenas una semana, el 9 de enero de 2020, se identificó el agente causante del brote. Era una cepa de coronavirus nunca vista en humanos que recibió el nombre de “nuevo coronavirus”, o para ser más preciso “2019-nCoV”. Tan solo dos días después, había muerto la primera persona infectada por el nuevo coronavirus.

Por suerte, el 9 de enero los científicos consiguieron secuenciar el ARN del coronavirus, la molécula que en estos microorganismos cumple las funciones del ADN. Habían conseguido desvelar el orden en el que se encuentran las bases nitrogenadas que componen su ARN, los bloques que guardan la información necesaria para construir y hacer funcionar al virus, esas cuatro moléculas a las que denominamos por letras: A de Adenina, G de Guanina, C de Citosina y U de Uracilo. Teníamos los planos del enemigo.

La parte negativa es que, por mucho que conozcamos sus planos, queda un largo camino hasta saber cómo aprovecharlos, y a 1 de febrero ya rondamos los 10.000 afectados. Sin embargo, que todavía no sepamos cómo neutralizar al virus no quiere decir que no sepamos nada sobre él.

Hace 10.000 años que están entre nosotros

Conocemos a los coronavirus desde hace tiempo, de hecho, llevan con nosotros más de 10.000 años y, tras los rinovirus, son los principales responsables del resfriado común. Algunas cepas de coronavirus ya han causado crisis y otras que incluso siguen activas. Ejemplos clásicos son el síndrome respiratorio agudo severo (SARS-CoV), por el que fallecieron 349 personas de entre 5970 casos. O el síndrome respiratorio de Medio Oriente (MERS-CoV) donde las muertes ascendieron a 912 de un total de 2494 infectados.

Y aunque pueda no parecerlo, este parentesco es positivo, porque, al igual que ocurre con nosotros, los virus suelen tener más cosas en común con sus parientes más cercanos que con completos desconocidos. Así pues, por simple comparación, podemos deducir algunas cosas sobre cómo se comporta el nuevo coronavirus.

Precisamente, este es el motivo por el que se sospecha que el nuevo coronavirus pueda ser contagioso incluso antes de que el infectado desarrolle síntomas perceptibles (y no porque se haya demostrado realmente), o que el periodo de incubación es probablemente de una semana (de 2 a 12 días). Estas aproximaciones nos ayudan a saber en qué dirección investigar. Por ejemplo, dado que otros coronavirus son zoonóticos (que saltan de animales a humanos) puede que también exista un animal tras los brotes de coronavirus, pero ¿cuál? Normalmente las zoonosis son enfermedades que llevan mucho tiempo afectando a una misma especie, pero que, por mutaciones azarosas, de repente, se vuelven capaces de infectar a humanos.

Posiblemente venga de los murciélagos

Así que, aprovechando esta información, otros científicos han seguido secuenciando el ARN del nuevo coronavirus, y han encontrado que se parece mucho al de una cepa que afecta principalmente a murciélagos. Hablamos de una similitud realmente alta, la cual les apunta como posible origen de la zoonosis, concretamente a la familia Rhinolophidae, comúnmente conocidos como murciélagos de herradura.

En esta misma línea, algunos científicos están intentando aprovechar el llamado “reloj molecular” para saber hace cuánto, el 2019-CoVn se comenzó a diferenciar de sus antepasados ya presentes en los murciélagos. Podríamos comparar este reloj molecular con una mancha de humedad producida por una gotera: las gotas caen de forma más o menos regular, por lo que el tamaño de la mancha de humedad da una idea sobre cuándo comenzó el goteo. Del mismo modo, las mutaciones, pequeños cambios en el ARN de estos coronavirus, ocurren siguiendo un ritmo que conocemos. Viendo cuánto se diferencia el nuevo coronavirus del coronavirus de los murciélagos podemos deducir hace cuanto comenzó a infectar a humanos.

Sin embargo, este tipo de procesos requieren de un hospedador intermedio, una tercera especie que dé cobijo al virus entre el supuesto murciélago y el humano, un animal al que, por ahora no se ha podido identificar. Ante la duda, controlar el consumo de animales y evitar el contacto con ellos son medidas de prevención de primera importancia.

La transmisión

Muchas personas, entre ellas algunos influencers del mundo sanitario, han sembrado la confusión acerca de cómo se contagia este nuevo virus. Todo apunta a que es muy difícil infectarse estando a más de dos metros de la persona infectada, ya que el virus no viaja por el aire, sino en fluidos corporales, como las gotitas de Flügge, que así se llama al moco y saliva que se nos escapa cuando estornudamos o tosemos. Las mascarillas, solo son necesarias si vamos a estar a menos de un metro de un posible afectado. Por lo tanto, no tiene sentido recomendar su uso a todos los pacientes y profesionales sanitarios de un hospital, mucho menos si todavía no se han detectado casos en la zona.

Lo que sí hemos de mantener son las medidas de higiene básicas: toser en nuestro antebrazo para no contaminarnos las manos y así no contribuir a que se disemine el virus; lavar las manos tras entrar en contacto con personas con síntomas; etc. En resumen, aquello que deberíamos de hacer siempre, con o sin nuevo coronavirus.

Sin embargo, cuando se habla de la velocidad a la que se extiende el virus se suele hablar del ritmo reproductivo básico, o R0, que es la cantidad de personas a las que, en promedio, un infectado puede contagiarles el microorganismo patógeno. Si el R0 es mayor que 1 quiere decir que la infección se está expandiendo y en el caso del coronavirus se calcula que está entre 1,4 y 2,5. No obstante, por muy alto que pueda parecer no lo es tanto, es inferior al de la gripe o al del VIH y está muy por debajo del de otras enfermedades como el sarampión, que puede superar un R0 de 12. De hecho, los expertos consideran que la infectividad del virus es relativamente baja entre personas, puede que porque todavía se haya adaptado poco a nuestra especie desde que abandonó a su antiguo hospedador. Es más, este valor podría estar sesgado y ser incluso más bajo de lo que estamos percibiendo, algo que solo sabremos a medida que se desarrolle la situación, ya que el ritmo reproductivo cambia con el tiempo.

Pero entonces ¿por qué tanta alarma?

Es frecuente confundir transmisibilidad (lo que acabamos de ver) con letalidad. Esta segunda hace referencia a lo dañino que puede ser un microbio. Hasta ahora, ha habido más de 4.000 muertes y se calcula una letalidad del 2%, lo cual ha hecho saltar las alarmas mediáticas. Sin embargo y aunque suene contraintuitivo, estas cifras, aunque tristes, no son tan graves como parecen.

Un 2% es elevado, pero ha habido epidemias como la de SARS en 2003 que alcanzaron una letalidad del 15% en algunas zonas, como Singapur. Y lo que es todavía más importante: al igual que la transmisibilidad, la letalidad es un parámetro dinámico y con las medidas adecuadas puede reducirse. Lo cierto es que hay un factor clave en todo este baile de números y es que se trata de una enfermedad nueva.

Esto significa que tienden a detectarse solo los casos más graves y a confundir los más leves con otras enfermedades clásicas, por lo que se espera que la letalidad descienda al mejorar los criterios diagnósticos. Del mismo modo, el desmesurado incremento de casos se debe en parte a esta mejora en el diagnóstico, por lo que, al detectarse a más pacientes, se contribuye a aparentar que está creciendo a un ritmo mayor del que realmente lo hace.

Es más, al diagnosticar solo casos complicados, la gravedad parece mayor de lo que realmente es, pero si nos fijamos, las personas que han fallecido correspondían a los llamados “grupos de riesgo”. Colectivos que, ya sea por una edad avanzada, ser muy jóvenes, tener un sistema inmunitario poco efectivo y un largo etcétera de vulnerabilidades, son más propensos a desarrollar complicaciones, aumentando en ellos la mortalidad por microorganismos a los que estamos más familiarizados, como el virus de la gripe.

Todo esto, aunque no lo parezca, son matemáticas. Modelos de cómo se comporta una infección y que han sido ampliamente estudiados para ayudar a prever y controlar situaciones como estas. Por eso sabemos que, estos brotes no crecen para siempre de forma exponencial, sino que suelen estabilizarse en unas semanas si se emplean las medidas adecuadas. Solo tenemos que echar la vista atrás a lo que ocurrió con el MERS-CoV o con el SARS-CoV. Estamos en mejores manos de lo que creemos y si todo está tan “revolucionado” es porque los sanitarios están haciendo su trabajo, siguiendo aquella máxima de “más vale prevenir que curar. Hemos de estar alerta, pero con cabeza. Aunque si esto se complicara ¿podemos curar?

La cura

Por desgracia todavía no conocemos un solo fármaco que trate o prevenga el contagio por ningún coronavirus, sin embargo, los científicos están tratando de encontrarlo. Existen algunas pistas interesantes, como en la envoltura que recubre al virus y que le da su nombre “coronavirus” por recordar a la corona solar. Desde la superficie del microorganismo se extienden las llamadas “espículas” (peplómeros en concreto), proyecciones claves para el virus, porque en ellas se encuentran las proteínas que “abrirán las puertas” de nuestras células, para infiltrarse en ellas e infectarnos. Funcionan en cierto modo como una llave, preparada para encajar solo en las cerraduras que hay sobre las células de su hospedador y no en cualquier otra. Sin estos peplómeros el virus no sería capaz de reconocer a su hospedador y terminaría muriendo.

Entonces ¿podríamos doblar esas “llaves” o tapar las “cerraduras” de algún modo que haga imposible que encajen? Alterar estas proteínas es precisamente la clave de muchos de los tratamientos antivirales que están en uso hoy en día. Es cuestión de tiempo encontrar la forma de bloquear ese mismo mecanismo en los coronavirus, evitando así que pueda unirse a nuestras células.

Por otro lado, los virus se reproducen consiguiendo que la célula de sus hospedadores haga copias de su material genético, una y otra vez. Ellos solos no pueden hacerlo, así que se aprovechan de toda la “maquinaria” celular que nosotros sí hemos desarrollado. En concreto, en el caso los coronavirus producen una enorme proteína que necesita ser dividida en trozos para que cada uno dé lugar a una estructura distinta del virus, como un recortable. Estos cortes se producen por la acción de las llamadas proteasas y sabemos cómo bloquearlas. Queda encontrar la manera de aplicarlo en concreto al nuevo coronavirus y así evitar que pueda construir las piezas que lo conforman.

A estas líneas de investigación se suma la búsqueda de una vacuna, lo cual es algo incluso más complicado, debido a la rápida velocidad a la que suelen mutar los coronavirus, haciendo que los anticuerpos no reconozcan a las nuevas cepas, como ocurre con la gripe estacional.

El agosto de las pseudoterapias

Mientras los científicos y los médicos trabajan a destajo para evitar que el brote se complique más, hay quien aprovecha para hacer el agosto vendiendo promesas vacías. Muchos pseudoterapeutas han utilizado la situación como anzuelo y proclaman tener la cura, que va desde hojas sin ningún efecto hasta chupitos de lejía. Es cierto que no es la misma lejía con la que fregamos nuestras casas, es una variante industrial (hipoclorito de sodio), que, al ser altamente oxidante, la química la denomina igualmente “lejía”. Hablamos del tristemente famoso MMS (clorito de sodio) que ya se ha cobrado algunas vidas y demasiadas complicaciones médicas. Este producto se recomienda solo para desinfectar superficies, no tejidos vivos como nuestro tubo digestivo.

Mientras tanto, algunas estrellas de la medicina mediática se suman al sensacionalismo. Sugieren que China miente y hay entre 10 y 100 veces más casos de los que nos cuentan. Teniendo en cuenta que 100 veces más casos harían más de un millón de afectados, se vuelve algo muy difícil de creer. Un alarmismo deontológicamente reprobable que todo profesional sanitario debería evitar. Máxime, cuando la información que tenemos no depende enteramente de las instituciones chinas, sino de una misión multidisciplinar enviada por la OMS, la cual se encuentra en Wuhan investigando el impacto real, así como el origen de este brote.

Así que podemos estar tranquilos. Alerta pero tranquilos. Científicos, políticos y sobre todo sanitarios están haciendo todo aquello que está en sus manos para poner freno al nuevo coronavirus. No hay motivo alguno para que cunda el pánico, porque estamos en manos de profesionales perfectamente formados cuyo trabajo es, precisamente, controlar constantemente estas situaciones, tanto cuando llegan a la prensa como cuando no.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Los datos que se dan no son de la tasa bruta de mortalidad (Proporción de personas fallecidas respecto al total de la población) sino de letalidad (Número de muertes por una enfermedad en un periodo concreto respecto al número de infectados por esa enfermedad durante el mismo periodo)
  • No está contraindicado viajar a China o mantener el comercio con ella. Hay regiones del país con menos infectados que algunos países europeos. Tan solo deben restringirse los vuelos a las zonas con un gran número de afectados. Asimismo, España está relativamente aislada al no tener aeropuertos con vuelos directos a las zonas más afectadas.
  • No importa lo que digan los influencers, esto no es un arma biológica y no ha lugar para hablar de conspiración. Y, por supuesto, ni el MMS ni el resto de los tratamientos alternativos son capaces de eliminar al coronavirus ni de curar enfermedad alguna.

REFERENCIAS (MLA):