Cela, el periodista inédito

Se presentan 23 manuscritos con artículos del escritor en el 30 aniversario del Premio Nobel de Literatura

Uno de los manuscritos de Cela

Camilo José Cela fue alojando los sucesos menudos, o grandes, que traen los días en unos artículos de una delicada y cuidada orfebrería literaria. El escritor, que hace treinta años, en una fecha como la de hoy, recibió el Premio Nobel, fue trabajando con paciencia y dedicación una obra periodística que no reúne las obras completas, las dos que trataron de compilar sus trabajos y que se emprendieron en dos momentos distintos: en los sesenta y en los ochenta. La sombra del novelista ha eclipsado completamente la del cronista diario, la del columnista que comenta lo noticioso. Pero son estas páginas tachonadas y corregidas las que ofrecen la mejor perspectiva para comprender la minuciosidad y entrega que el autor ponía en cada uno sus textos. «Al ver estos artículos entendemos lo que cuesta hacer algo bien. A pesar de tener un Nobel. Es una ventana que nos permite reconocer sus esfuerzos. Aparte de que nos arroja el perfil de un gran vividor, de un vitalista, porque desde que decidió convertirse en un escritor profesional, Cela colaboró con la prensa diaria para ganarse un sueldo y demostró tener una ironía fina, ser crítico. Él transmite en estas líneas las sensaciones que tiene. Son sus reflexiones sobre la actualidad», explicó Adolfo Sotelo, director de la Cátedra de Estudios Hispánicos.

La Universidad Camilo José Cela presentó ayer los 23 cuadernos (alrededor de unos 700 artículos) que adquirieron por 65.000 euros en la casa de subastas Segre. Un legado que recoge algunos artículos inéditos de su serie «El color de la mañana», que redactó entre noviembre de 1993 y enero de 1995. «Aquí podemos reconocer su riqueza temática, sus ideas, los problemas que trataba y que todavía hoy son importantes. Nos revela sus pensamientos. Existen muy pocos escritores en el siglo XX, salvo Juan Ramón Jiménez, con tanta pasión como lo hacía él». Estas páginas muestran la letra apretada, limpia de Cela y las innumerables borrones, observaciones y subrayados que hacía en sus escritos. «Podemos observar que Cela redactaba un artículo, lo corregía, lo enviaba al periódico, y, al día siguiente, sobre la misma página de ese periódico, volvía a hacer correcciones hasta que conseguía dejarlo como quería. Lo hacía, normalmente, con la idea de publicarlo en el futuro. Es curioso porque, en ocasiones, las variaciones era sobre un adjetivo. Hay que tener en cuenta que, digan lo que digan, un escritor demuestra que es grande cuando sabe adjetivar bien. Cela siempre los mejoraba», puntualizó Adolfo Sotelo.

En estas páginas asoma el hombre interesado por lo que ocurría. El escritor que lee periódicos y que se preocupa por contar su tiempo. Si en la época de la Transición sus intereses provenían de la política, en esta segunda etapa el cariz de estas líneas es más personal, más filosóficas. Los hechos le sirven para reflexionar sobre la vida y la muerte. A través de estas líneas puede apreciarse su ideario, que es lo que fundamenta todo un intelecto, y, también, esa sensación pesimista sobre España; esa impresión de que, si nos despistábamos, podíamos perder el país.