La infanta republicana

Eulalia de Borbón y Borbón, una mujer reivindicativa que removió los cimientos de la dinastía borbónica en su búsqueda por la emancipación

Eulalia de Borbón fue una mujer provocadora que no nació para ser infanta de España

De todos los personajes de la dinastía borbónica, la infanta Eulalia de Borbón y Borbón, nieta, hija, hermana y tía de reyes, es sin duda el más fascinante. Vivió prácticamente dos mitades de siglo: la segunda del XIX y la primera del XX. Contrajo matrimonio una sola vez con su primo carnal Antonio de Orleáns, del cual se separó oficialmente cuatro años después, armando un gran revuelo en la conservadora Corte española.

Tuvo dos hijos de su matrimonio, tan distintos como la cara y la cruz de una misma moneda: Alfonso, aviador valeroso y disciplinado, y Luis Fernando, vicioso y débil de carácter. Protagonizó numerosos escarceos sentimentales. Enigmática como ninguna otra infanta de España, pues ni ella misma supo a ciencia cierta quién era su padre (la historia, eso sí, le atribuye hoy uno «oficial»: el rey consorte Francisco de Asís), acabó convirtiéndose en la oveja negra de su familia por méritos propios. Desafió a los suyos hasta la saciedad; incluso al mismísimo rey de España, su sobrino Alfonso XIII, a quien desobedeció ante el asombro de media Europa, suscitando un enorme alboroto que el monarca zanjó con la pena de destierro para su tía durante una década entera.

Jamás tuvo pelos en la lengua para criticar y oponerse al rígido protocolo de la monarquía, con sus reglas y costumbres ancestrales. Por eso, el colmo que desató la ira de Alfonso XIII fue la publicación en París, en 1911, de su controvertido libro «Au fil de la vie» (Al hilo de la vida), en el que toda una infanta de España abogaba por el divorcio y la emancipación de la mujer… ¡a comienzos del siglo XX!

Feminista de sangre azul

Eulalia de Borbón y Borbón encarna como ningún otro miembro de la dinastía de los Borbones un cúmulo de llamativas contradicciones, la más significativa de las cuales sea tal vez que una infanta como ella fuese capaz de abanderar al mismo tiempo los postulados del feminismo durante el cauteloso reinado de su sobrino. Semejante afrenta jamás fue comprendida, ni mucho menos tolerada, por ningún miembro de su familia. Empezando por su propia hermana mayor, la infanta Isabel, la Chata, convertida en una especie de «frâulein» al cuidado de su educación desde la restauración en el trono de su hermano Alfonso XII.

Disfrutaba rodeándose de escritores y artistas como Anatole France, Loti, Bergson o Rostand, y frecuentaba las tertulias literarias de los salones aristocráticos franceses. Conoció, incluso, a seis Papas: Pío IX, León XIII, Pío X, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII. Sus constantes viajes dieron pie a un sinfín de anécdotas, algunas de ellas muy polémicas, pues la infanta rebelde aprovechó siempre que pudo para desafiar a su propia familia. Como sucedió en 1893 durante su visita a Cuba, donde lejos de erigirse en embajadora extraordinaria de los intereses de España, como sin duda esperaban el gobierno y su presidente Cánovas, acabó convirtiéndose en defensora de las reivindicaciones de los revolucionarios cubanos. Algo parecido sucedió años después, en Checoslovaquia, donde la infanta entabló excelentes relaciones con las nuevas autoridades revolucionarias, enemigas acérrimas de su propia familia. Por eso no resulta extraño que, en cierta ocasión,

Alfonso XIII emplease el término «republicana» para referirse a su tía tras escuchar sus argumentos sobre la revolución portuguesa y sus predicciones poco alentadoras en torno al futuro de la monarquía. Eulalia acababa de llegar a Madrid, procedente de Lisboa, y el rey le dijo, sonriente e irónico: «¡Vaya! Te has tornado muy pesimista en este viaje; ¿o es que te has vuelto republicana?». Años después, ella le replicaba así en sus memorias: «¡Republicana! Siempre que en la Corte española se decía algo que se separara del criterio predominante, o se opinara libremente, o se expusieran realidades, surgía la palabra como un mote. No cegarse, no tener en los ojos una venda ni en la boca una mordaza, era ser republicana».

«¡Republicana! Para muchos de los nobles españoles, yo lo era. Lo éramos todos los que no estábamos empeñados en no ver. Y, en España, ser republicano era no solo profesar un credo político, sino estar excluido del contacto con los servidores del Rey, que se creían tanto más fieles cuanto más desdeñaran a los que profesaban un credo que, aun equivocado, no deja de ser sincero. Estos señores preferían dejar que los republicanos lo siguieran siendo que sacarlos de su error». La apasionante vida de la infanta Eulalia fue, en suma, la de una mujer bella y provocadora que no nació precisamente para ser infanta de España.

TESTIGO DE EXCEPCIÓN

Viajera incansable, Eulalia recorrió medio mundo, desde E.E.U.U y Cuba, hasta Rusia, Noruega o Suecia, pasando por Alemania, Italia, Bélgica, Inglaterra y, por supuesto, Francia, donde transcurrió buena parte de su vida. Una trotamundos de excepción en el ocaso del siglo XIX y en los albores del XX. En sus estancias en las diferentes cortes, tuvo oportunidad de tratar al káiser Guillermo II de Alemania, a Pedro II de Brasil, Francisco José de Austria, Fernando de Bulgaria, Napoleón III y Eugenia de Montijo… y hasta al zar de Rusia, país donde residió una larga temporada, convirtiéndose en testigo de excepción de los prolegómenos de la Revolución de 1917. La infanta Eulalia fue la personalidad más atrayente de la historia borbónica.