Tristán e Isolda, un amor inmortal y prohibido

Se publica una traducción al castellano de la saga, una bella historia que ha conocido múltiples versiones a lo largo de los tiempos.

«Tristán e Isolda (La muerte)», de Rogelio de Egusquiza,  representa el momento en el que ella cae envenenada sobre el cadáver de Tristán
«Tristán e Isolda (La muerte)», de Rogelio de Egusquiza, representa el momento en el que ella cae envenenada sobre el cadáver de Tristán

Es una de las historias de amor más famosas de la tradición occidental y puede que la más bella. La saga de Tristán e Iseo (también conocida como Isolda) ha tenido bastantes reencarnaciones a lo largo de los siglos (una de ellas es la que adaptó al alemán Gottfried von Strassburg y que usó Wagner de partida para su ópera), pero siempre bajo un mismo signo: el latido del amor que intenta dejar de ser imposible. El relato original, en francés, está incompleto, como el nombre de su autor, que era Thomas de Bretaña. Sin embargo, antes de perderse su versión original, esta historia elevada a mito fue pasando de unos lugares a otros. Una de las primeras traducciones que se llevó a cabo fue al noruego en el año 1226, y es la que aparece ahora en castellano: «La saga de Tristán e Iseo» (Miraguano Ediciones), editada y traducida por la islandesa Álfrún Gunnlaugsdóttir, que llegó a España en 1957 e hizo de esta traducción su trabajo doctoral hace cuatro décadas. El amor y el cruel destino se dan la mano en esta bella historia.

A mediados del siglo XIII, el monarca noruego Hákon Hákonarson promovió la traducción a su idioma de las historias europeas para llevar al norte los modales cortesanos y emular su refinamiento. No era una excepción: una situación similar se dio en todas las partes del continente. En efecto, en España, aunque no se tratase de una iniciativa monárquica, el Arcipreste de Hita dio cabida a la leyenda en su «Libro del buen amor» en el siglo XIV y, con cada traducción, versión o copia, se introducían variantes que iban alterando el original. La filóloga islandesa encargada de la edición que aparece ahora lo explica así: «La diferencia principal entre la saga y el poema francés reside en que la primera es una narración en prosa. Y el problema es que el poema francés solo existe en un estado fragmentario, al contrario que la saga, que de hecho se convirtió en la clave para averiguar cómo era el hilo narrativo de la primera versión. Sin embargo, hay más complicaciones. Los manuscritos de la saga son tardíos, del siglo XVII. Solo existen algunos fragmentos, unas cuantas hojas más antiguas, del XV. Así que es de suponer que los copistas de los sucesivos manuscritos hayan ido cayendo en la tentación de cambiar algunas cosas. De esta acción de los siglos sabemos muy poco, no tenemos la primera copia que salió de las manos del traductor», explica en castellano la traductora de esta obra, que tituló su tesis doctoral, dirigida por Martí de Riquer, como «Tristán en el Norte». De esa manera, los rasgos de la versión nórdica habrían sido el resultado de una obra colectiva, de unas modificaciones sucesivas llevadas a cabo por varios copistas con tentaciones de escritores.

Las razones por la que la versión noruega es en prosa en lugar de en verso son vagas. Quizá no tenía talento para las rimas o el fraile Robert encontró el texto muy desafiante. Sin embargo, no fue el único cambio: frente a la tendencia del narrador francés de dirigirse al público, la versión noruega elimina explicaciones, interpelaciones al oyente, monólogos... en suma, moderniza el texto sintetizando la acción, prestando importancia al contenido y a la historia que, dicho sea de paso, plantea una serie de poderosos debates morales. «No obstante, el amor y los sentimientos están presentes, son el motor principal de la saga, mueven todo lo que hacen los personajes. Porque, en contra de lo que pueda parecer, Robert traduce fielmente, verso por verso, pasaje por pasaje. En la saga encontramos los versos de Thomas. No añade episodios ni cambia el rumbo de la narración. Pero tiene una concepción determinada de cómo hay que contar una saga», señala Gunnlaugsdóttir, que matiza que, además, la presente es la única versión de que disponemos que se puede calificar de traducción.

En ese sentido, el «Tristan» de Gottfried von Strassburg estaría «emparentado» con el texto francés pero solo como una inspiración o un punto de partida, de la misma manera que Wagner tomaría este larguísimo pero inacabado poema en alemán como inspiración para su conocidísima ópera, que tiene un final de su propia cosecha. En cualquier caso, algo une a las numerosas versiones de la leyenda que este «Tristán e Iseo» cuenta con una enorme belleza: el amor como tema literario. «Se puede decir, simplificando, que el amor tenía dos vertientes: el lícito y el pecaminoso. El primero, que no tiene por qué ser sencillo, una vez vencidos los obstáculos obtiene la bendición de la sociedad. El segundo, en cambio, va contra las leyes sociales, de manera que cuando aparecía un amante en la escena de una ficción, el lector ya sabía que algo iba a terminar mal porque no puede admitirse una situación así. Thomas, el autor original, le da un vuelco al asunto. El amor pecaminoso es el que triunfa. Aunque mueran los protagonistas, se unen en la muerte, y según la saga, también en la eternidad. Es Iseo, quien, en los últimos momentos de su vida, salva el alma de Tristán y la suya. Su amor, a pesar de ser ilícito, vence todos los obstáculos», explica la especialista. Como se sabe, al final de la leyenda ambos amantes son enterrados en los lados opuestos de una iglesia para que estuviesen separados para siempre. Pero sobre sus respectivas tumbas crecieron dos árboles cuyas ramas se entrelazan sobre el tejado del templo.

La eternidad y lo ilícito

«El lector moderno piensa probablemente menos en la eternidad que un lector u oyente de la Edad Media, para quien la eternidad era un asunto de suma importancia. De la misma manera, por la indulgencia de la sociedad moderna hacia los amores “ilícitos” es posible que se nos escape un poco las consecuencias graves que podría tener el amor de ambos. Pero hay que recordar que ella es la reina de un país. Además, su marido, el rey Marc, es el tío materno de Tristán, y mientras Iseo y Marc no tengan heredero, él es el legítimo heredero del país. Se podría decir que este amor podría fácilmente desequilibrar el país y hasta llevarlo a la perdición», recuerda Gunnlaugsdóttir.

La traductora y editora llegó a España en los últimos días de 1957 y su encuentro con nuestro país, en un tiempo en que no existían los diccionarios de islandés-castellano, no fue sencillo. «Antes apenas había información sobre el resto de países y además aquí nadie hablaba inglés». Su experiencia fue, cuanto menos, chocante. «Uno de esos momentos fue cuando salí de la Misa del Gallo de la Nochebuena. Me vi en una plaza enorme, mal iluminada, que estaba llena de mendigos. A unos les faltaba un brazo, a otros una pierna o las dos, y se desplazaban sentados sobre un tablero con cuatro ruedas de madera, haciendo fuerza con las manos en el suelo. Parecía un cuadro vivo de Brueghel. Un cuadro sobre el sufrimiento humano», recuerda la escritora y traductora islandesa, que obtuvo en 2009 el Premio Fjöruverðlaun por su novela «Rán».