Santa Sofía: el lamento del Papa que conmueve a Occidente

A buen entendedor, pocas palabras bastan; y a buen orador, igual. No fue el Papa Francisco, ayer, extenso al referirse a la recién nombrada «mezquita». Pero tampoco le hizo falta más. Acababa de rezar el Ángelus cuando se arrancó: «Y el mar [se celebraba la Jornada Internacional del Mar] me lleva un poco lejos con el pensamiento, a Estambul», comenzó. «Pienso en Santa Sofía y estoy muy dolido». No quiso decir más. Mucho menos, pronunciar el nombre de Erdogan o el de la justicia otomana.

También hablaron otros líderes cristianos, como el patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, y el hilario del Patriarcado de Moscú, Cirilo I, que sí mostraron con anterioridad su oposición a la transformación de Santa Sofía. Solo pedían una cosa, ceñirse a la decisión de Mustafa Kemal Atatürk, líder de la república laica de Turquía en 1934, cuando se le concedió al templo la condición de museo.

Lejos queda aquella Navidad de 537 en la que el santuario era el mayor templo de la cristiandad por voluntad del emperador Justiniano. Antes ya se habían levantado en el mismo lugar dos templos bizantinos. Pero entonces llegó el cisma entre Oriente y Occidente de 1054 y se convirtió en la sede de la Iglesia oriental ortodoxa. La cosa cambiaría con los otomanos en poder de la actual Estambul. Era 1453 y llegó la primera conversión en mezquita; hasta que, en 1934, el padre de la Turquía moderna abrió el edificio a todas las creencias a un mismo tiempo. Ya no había religión que pudiera reclamar su propiedad.

Sí demandó el centro un poderoso caballero, el turismo, el dinero, que no tardó en hacer de la plaza el museo más visitado del país a razón de 3 millones de turistas al año. Entre ellos, el propio Francisco, igual que hicieran algunos de sus antecesores: Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Un año después de ser elegido cabeza de la Iglesia católica, el Papa viajaba hasta el estrecho del Bósforo para contemplar, entre otros, el gran mosaico de la Virgen María de la época bizantina: «La belleza y armonía de este lugar sagrado hacen que el alma se eleve al Omnipotente, fuente y origen de toda belleza», firmó en el libro de honor del museo. Hoy está dolido, mucho.