La carmen miranda brasileña

La narrativa de Javier Montes (Madrid, 1976), de original factura temática, se caracteriza por abordar escondidos impulsos humanos, problemáticos dilemas morales, veladas facetas amorosas y borrascosas situaciones argumentales. La turbia sentimentalidad de “Los penúltimos”, el suspense algo malsano de “La vida de hotel”, o los anhelados y peligrosos paraísos perdidos de “Varados en Río” muestran una novelística que utiliza la primaria morbosidad y las elementales vehemencias como un eficaz vehículo de crítica social. En esta misma línea aparece ahora “Luz de Fuego”, la ficcionada historia de Dora Vivacqua, quien, con este nombre artístico, pasearía por los escenarios del Brasil de los pasados años cincuenta un transgresor espectáculo de serpientes recorriendo su cuerpo desnudo. En esa figurada escenificación de claro sentido erótico, encontramos el deseo de quebrantar la moral biempensante.

Se inicia la novela en el Gran Baile de Gala del Carnaval de Río de 1952, donde, al grito de “¡No soy la novia de Brasil! ¡Yo soy la Novia Pistolera!”, disparará sendos balazos al aire, escandalizando a una concurrencia que alimentará contradictorios sentimientos hacia esta contestataria mujer. Morirá asesinada, con cincuenta años, en un aparente contexto de delincuencia común. A pesar de ese trágico final, en el imaginario popular acaso lograra el éxito que aspiraba a reflejar en su deseado epitafio: “Luché, sufrí, pero triunfé”. Precursora en su país de los movimientos naturistas, autora de truculentas novelas populares y fundadora de avanzados partidos políticos, “Luz de Fuego” encarnará, con su extravagante y creativa vida, el ideal de una moderna Lilith, el mito de la malévola primera mujer, contrapunto maldito de la bíblica Eva y símbolo de desaforadas reivindicaciones liberadoras.

Ella misma se autodefinirá como “liviana, exhibicionista e inmoralísima”, en certera radiografía de su excéntrica personalidad. La acción de la novela sustenta un medido carácter ensayístico, con el que se reflexiona sobre los límites del deseo, la función pública del erotismo, o el sentido auténtico de la felicidad: “La felicidad verdadera es otro nombre que damos a la serenidad que llega con el conocimiento y la aceptación del dolor y la muerte, desde luego, pero también con la opción decidida, pese a ellos o precisamente a causa de ellos, por el placer y la belleza.”

El espectáculo -”Tentación de Eva” por cierto, se denomina- de esta singular mujer es una reelaboración maldita y “canalla” de la plácida picardía de la mítica Carmen Miranda; esta revisión contestataria y rebelde lleva al límite cuanto puede verse sobre un escenario, convulsionando morbosamente la apacibilidad del puro entretenimiento masivo. Novela bien estructurada, con un logrado fondo de crónica periodística, convierte a Luz de Fuego en una alegoría de la arriesgada opción por la libertad, en un símbolo del valor de la diferencia.