La rendición de Japón: cuando los japoneses escucharon por primera vez a su Emperador

Los militares trataron de evitar la claudicación y trataron de impedirla tomando el palacio imperial

Cuando se supo en Tokio la destrucción de Hiroshima, 6 de agosto, seguida de la declaración del presidente Truman sobre la naturaleza de la bomba, todos comprendieron lo sucedido pero los halcones del Ejército se negaron a aceptarlo y trataron de ganar tiempo enviando al físico Yoshio Nishina, que 24 horas después confirmó que la ruina de Hiroshima y la muerte del 30 % de su población habían sido ocasionadas por una sola bomba y las quemaduras de muertos y heridos, provocadas por la radioactividad. Con todo, los empecinados, con los generales Anami y Umezu a la cabeza, pensaron que a los norteamericanos les faltaría coraje para asaltar Japón.

Tampoco los doblegó la bomba de Nagasaki, 9 de agosto, y el ataque soviético en Manchuria: el Gobierno proponía capitular pero los militares pusieron cuatro condiciones: respeto a la institución imperial y a su papel tradicional; renuncia a la ocupación de Japón y a la exigencia de responsabilidades; autodesarme militar y repatriación pacífica de sus tropas. En suma, lejos de la capitulación incondicional exigida Washington, por ello el Emperador convocó al Consejo Supremo. El primer ministro, Suzuki propuso que se aceptara el ultimátum, pero el ministro de Marina, Yonai, reiteró las cuatro condiciones pues “todavía queda determinación suficiente en las Fuerzas Armadas para dar la batalla decisiva en nuestra patria”.

Al final, decidió el Emperador: “El fin de la guerra es el único camino para restaurar la paz mundial y evitarle a la nación el terrible dolor que la aflige. Me siento triste cuando pienso en el pueblo que me ha servido tan fielmente, en los soldados y marinos que han muerto o que están heridos en lugares lejanos, en las familias que han perdido sus bienes materiales y, a menudo, también sus vidas (...). No es necesario que reitere mi tristeza al ver desarmados a los bravos y leales soldados japoneses. Igualmente, me resulta doloroso que otros muchos, que me han servido con toda lealtad, sean ahora castigados como promotores de la guerra. Pero es el momento de soportar lo insufrible...” (Arrigo Pattaco, “La Capitulación de Japón”).

Una cuestión de matices

El Gobierno respaldó la capitulación: “En el bien entendido caso de que no contengan ninguna exigencia que afecte a las prerrogativas de Su Majestad como príncipe soberano”, texto que se remitió por canales diplomáticos a EE UU, URSS, Gran Bretaña y China. Washington y Londres aceptaron con matices, Pekín estuvo de acuerdo, pero Moscú trató alargar la guerra para conseguir sus objetivos en Manchuria y Corea. Truman se enfureció y Stalin aceptó. Los matices se referían al Emperador, con autoridad “subordinada a la del comandante supremo de las fuerzas aliadas” y a la ocupación: “Las fuerzas aliadas permanecerán en Japón hasta alcanzar los objetivos definidos en la declaración de Potsdam”. Eso pospuso la capitulación por lo que los norteamericanos siguieron bombardeando, los soviéticos, avanzando y ocupando Port Arthur, y los halcones japoneses, conspirando.

Ante la insostenible situación, el Emperador reunió al Consejo el día 14 y zanjó el asunto: “Mi criterio sigue siendo el del 9 de agosto (…) Considero que la respuesta norteamericana es aceptable (…) No puedo soportar que mi pueblo sufra más. Deseo que acepten de inmediato el documento aliado. Ordeno que dispongan un edicto imperial que yo mismo leeré por radio. Incluso, si los ministros de Defensa y Marina me lo pidieran hablaré directamente a los soldados... No me importa lo que me pueda ocurrir, pero sí cómo justificarme ante los espíritus de mis antepasados si, tras un derroche de vidas humanas, la nación queda reducida a cenizas…”

Ni así logró terminar con las conspiraciones militares, que trataron de impedir la grabación en un disco de su discurso a la nación, que debía transmitirse por la radio al día siguiente e, incluso, para apoderarse de él, asaltaron el palacio Imperial, cometiendo varios asesinatos, sin hallar el disco que guardaba la Emperatriz en sus aposentos. De madrugada, la guarnición y la policía controlaron la subversión y numerosos golpistas optaron por hacerse el tradicional seppuko o harakiri, abriéndose el vientre.

A las 16 h. del 15 de agosto de 1945, Japón estaba pendiente de la radio: momento doblemente histórico, pues no sólo escucharía el mensaje de la rendición sino, también, por vez primera, la voz divina del Emperador. Emocionados, llorando y, muchos, de rodillas pudieron oír: “… el enemigo ha comenzado a utilizar una nueva y terrorífica arma, cuyo poder destructor es incalculable y que causa sus víctimas entre la población inocente. Si continuásemos luchando, el resultado no sólo consistiría en la destrucción y aniquilamiento del pueblo japonés, sino que también conduciría a la extinción de la civilización humana (...) Por eso hemos ordenado la aceptación de la declaración conjunta (de Potsdam)”… La guerra había terminado, pero en Estados Unidos ya celebraban la victoria, desde el día anterior, desde las 02:49 del 14 de agosto, hora de Washington.