El Quino político: su visión del mundo

El dibujante simultaneó su humor y crítica social en brillantes álbumes donde reflexionaba sobre el poder, el dinero, la justicia y la dictadura

Quino comenzó como caricaturista, no como dibujante de Mafalda. Un dato tan obvio resulta crucial para comprender su visión de la realidad, que esencialmente es la de un humanista que podríamos definir, contradictoriamente, como un hombre poseedor de ideas de izquierda pero sin suscripción política. Que su primer álbum se llamara «Mundo Quino» supone un planteamiento de su carácter individual, que no individualista, y de su particular mirada sobre los acontecimientos. Como él repetiría en ocasiones, se decidió a cultivar el credo de la viñeta después de comprender que nunca podría ser Picasso. Pero si el talento del pintor era el cubismo, el suyo resultó un cuidado humor de mirada surrealista que ponía sobre el mantel las paradojas de nuestro comportamiento y mentalidad, como cualquiera puede comprobar a través de las tiras de Mafalda, una revolucionaría que nació, valga la paradoja, como un personaje para anunciar lavadoras. El arte tiene estos meandros y bifurcaciones.

Si existe un trabajo que jamás está exento de intención, ése es el de viñetista gráfico de periódicos. Quino lo intuyó enseguida y si Mafalda, la niña que odiaba la sopa, desconfía de los chinos y estaba obsesionada por comprender quiénes son los buenos y los malos en este mundo, le proporcionó una proyección internacional (en España fue introducida por Esther Tusquets y durante años, junto a «El nombre de la rosa», sus libros fueron parte del sustento capital de esta editorial), fueron sus otros álbumes los que asentaron su dimensión no solo de «humor inteligente», que se lo había ganado desde el principio, sino como humor «comprometido».

Al abordar sus otros trabajos afloran ciertas inquietudes. Su retrato de los poderosos deja claro cuál es la idea que tiene de ellos y también del poder que tienen. Los esboza casi como aquellos personajes de negro de Michael Ende: son señores barrigones, con monóculos, trajes de rayas, corbatas, zapatos lustrosos, maduros o de edad provecta, que siempre hablan desde el altar de un estrado o desde detrás de una intimidatoria mesa de oficina. Son personas despóticas, que hacen chiquitito al pobre oficinista o trabajador corriente y que siempre tienden a devorar, explotar o humillar al que sienten que tienen por debajo. Los muestra tan altivos como prepotentes y muy altivos, que, no gratuitamente, están al frente de esos grandes transatlánticos económicos que son los bancos, las multinacionales, grandes corporaciones y empresas.

El dinero, con su megalomanía y capacidad para fagotizarlo todo, es una de las preocupaciones principales que toman relieve en sus páginas. Pero los políticos no gozan de mejor trato cuando asoman en sus viñetas y más de una vez alude a su inconsciencia (existe una tira de Mafalda donde aparece un globo terráqueo con un cartel clavado que reza: «¡Cuidado! Irresponsables trabajando»). Quino también siente una tierna debilidad, empatía se llama, por los pobres, los necesitados y los que arrastran consigo la montaña rusa de carestías habituales. Siente una preocupación clara por la paz y se muestra crítico con la censura (genial el dibujo en el que aparece una pared y escrito sobre ella se lee: «¡Basta de censu», donde se sobreentiende que el denunciante ha sido detenido -o que se le ha acabado la pintura...-).

Se mete con la policía cuando se la emplea para reprimir protestas (a las porras las denomina: el palito para abollar ideologías) o denuncia la explotación laboral de las empresas y las juntas, como en ese enorme dibujo en el que se una barca en medio de una tormenta y un mar proceloso se ve treinta miembros de una junta directiva que chillan a un solo empleado: «¡¿Cómo que no rema más?! ¡Me extraña Fernández! Estamos o no estamos todos en la misma barca!». Su protesta contra las dictaduras y los dictadores, su capacidad para resaltar las incoherencias de la Justicia, su visión de un capitalismo insolidario y voraz (en un dibujo aparece un padre sujetando a un niño dispuesto a dar propina a un vagabundo, mientras le reprende diciendo: «No, hijito, no malgastes dinero en quien no te da ganancias». Quino balancea este viaje humorístico con un punto amargo con un personaje imprevisto: Dios, al que dota, sin embargo, de una honda bondad, como si el Todopoderoso no resultara más amistoso, comprensivo y cercano que muchas de las personas que gobiernan y dirigen tantas existencias.