Las otras víctimas de Hitler

La oscarizada directora Caroline Link adapta la famosa novela Judith Kerr en su nueva película, “El año que dejamos de jugar”, centrándose en las derivas involuntarias de los exiliados del nazismo

"El año que dejamos de jugar" se estrena en cines el 13 de noviembre / A ContracorrienteA contracorriente

En la década de los años treinta Berlín se había convertido en una ciudad con aforo limitado para la esperanza. La inminente aparición de una figura política tan aquejada de monstruosidad como Hitler y la rápida expansión del odio como herramienta de control social hacían de la ciudad alemana un escenario opresor e inseguro en el que quedarse, para algunas personas, conllevaba algo peor la muerte. El intelectual socialista Arthur Kemper figuraba dentro de ese saco de excepciones.

Sus palabras, lanzadas como pequeños racimos de bombas silenciosas, se proyectan a través de las ondas radiofónicas de una emisora con la solemnidad ensordecedora que lleva aparejada la convicción ideológica de un utopista mientras su hija de nueve años le pregunta por la autoría de lo que está escuchando. “En la literatura y en el teatro el mal tiene diferentes caras. Al menos Mephisto era todo un caballero. Él mismo vino a suplicar educadamente el alma de Fausto. Hoy en día el diablo envía a su lacayo. Depravado y corrupto, con las manos ensangrentadas, bramando y blasfemando, exigiendo el alma de Alemania. Yo votaré “no” al mal”, pronuncia el periodista. “¿Eres tú el de la radio?”, clama Anna. “Sí, pero no tienes por qué bajar la voz. Recuerdo lo que dije la semana pasada”.

Kemper representa en “El año que dejamos de jugar”, el nuevo trabajo de la oscarizada cineasta Caroline Link que se estrena el viernes, al prototípico hombre bueno que huye de los zarpazos del mal para proteger a su familia. El clásico escritor izquierdista que durante los años más asfixiantes del nazismo se ve obligado a reinventar el destino de sus hijos. La historia, narrada con un tono alejado del oscurantismo de la II Guerra Mundial y con fidelidad a la novela autobiográfica de Judith Kerr, “Cuando Hitler robó el conejo rosa”, en la que se basa, se centra en la visión de la joven Anna y en la adaptación progresiva que su acomodada familia se ve obligada a experimentar tras huir de Berlín y aterrizar en Suiza como refugiados.

“Es curioso, los periodistas aquí en España me preguntan por el resurgimiento actual del neofascismo y en cambio en Alemania se centran más en el enfoque del tema de los refugiados, esos refugiados que cruzan el mediterráneo para venir a Europa”, reconoce Link sorprendida por videoconferencia. “No estoy muy segura de que estemos haciendo un tan buen trabajo con respecto a la explicación de lo que fue el nacional socialismo. En las escuelas hacen muchos esfuerzos por transmitirles a las nuevas generaciones lo que significó aquello. Todos los niños tienen que visitar a lo largo de su vida el emplazamiento de un campo de concentración a partir de los 15 años. Sin embargo en Alemania tenemos un problema con la extrema derecha, con los populismos… Los jóvenes muchas veces se informan únicamente a través de las redes sociales, por lo tanto la calidad de las noticias que reciben no es muy profunda y la situación política actual tampoco ayuda”, añade.

La realizadora asegura también sentirse muy cercana a los niños, ya que “se encuentran mucho más abiertos al futuro que al pasado”. Quien sabe, puede que la cinta termine convirtiéndose, igual que ocurrió con el libro de Kerr, en una propuesta de obligado visionado.

Tierra de exiliados

No es la primera vez que Caroline Link aborda la temática de los refugiados y se aproxima con lupa al contexto del nazismo. Con “En un lugar de África”, basada también en una novela, en esta ocasión de Stefanie Zweig, consiguió alzarse con un Oscar en 2001 gracias a la narración visual de una familia judía perseguida por los nazis que se ven obligados a emigrar a Kenia y a comenzar una vida completamente nueva. Ahora, con “El año que dejamos de jugar”, la directora hace hincapié en el estigma que sufrieron todas esas familias tuvieron que abandonar sus raíces para plantar las semillas de unas nuevas en un territorio que no era el suyo.