Matisse-Bonnard, cartas entre pintores en tiempo de guerra

Elba publica en un libro el epistolario cruzado entre dos nombres clave del arte del siglo XX

Un autorretrato de Henri Matisse
Un autorretrato de Henri Matisse

Nos suelen explicar en ocasiones el mundo del arte como una historia de rivalidades, donde dos pintores se enfrentan casi en duelo. Son los casos de Miguel Ángel y Leonardo, de Van Gogh y Gauguin, de Picasso y Dalí… Pero hay excepciones, algunas muy notables, que se traducen en diálogos que vale la pena recuperar. Eso es lo que pasa con «Cartas entre dos amigos», un volumen publicado por Elba y que recoge las misivas cruzadas entre Pierre Bonnard y Henri Matisse, representantes de algunas de las cotas más altas de la pintura toda del siglo XX.

La correspondencia entre ambos genios se inicia en 1925 y se prolonga hasta 1946, poco antes de la muerte de Bonnard. Por medio hay confidencias, reflexiones y diálogos abiertos por escrito en cartas y postales y que se inicia con toda una declaración de principios. Es lo que encontramos en una breve nota de Matisse a Bonnard del 13 de agosto de 1925. Es solo una exclamación pero lo suficientemente significativa para entender cuál es el pegamento que une a los dos amigos: «¡Viva la Pintura!» Esa es la clave para comprender a dos autores de estilos distintos, pero firmes partidarios de la vanguardia, de cambiar las normas establecidas en un terreno forjado a partir de reglas en ocasiones difíciles de cambiar. Por un lado, Bonnard representaba a quien tal vez fuera el último de los impresionistas mientras que Matisse fue el primero de los modernos, mucho antes de que aterrizara Picasso. El crítico e historiador Antoine Terrasse diría de ambos que «tienen la misma inteligencia de la pintura. Comparten la misma convicción, absoluta, de que el cuadro debe vivir por sí mismo su propia vida; que no se trata de una imitación de la vida, sino de la transcripción de una emoción experimentada ante un espectáculo; que el pintor debe someterse, no a la naturaleza, sino a su cuadro».

Si bien en un primer momento las cartas son breves, aunque con alguna información destacada, será la Segunda Guerra Mundial la que lo cambie todo. A partir de 1940, el epistolario se incrementa y Matisse y Bonnard establecen una conversación en la que cabe espacio para todo, pero sobre todo para recuperar una vida herida por la contienda. Ambos tratan de hacer frente a los horrores bélicos a través de la pintura. A principios de enero de 1940, Bonnard le confiesa a su camarada que «he vuelto al trabajo con algo de esfuerzo, pero ahora tengo entre manos una obra y suficiente para realizar algunas investigaciones». Poco después responde Matisse añadiendo de una manera amigable que «guardo de su pintura un fiel recuerdo. Nunca lo he visto tan firme, y la decoración, con su plano rosa, la veo más limpia y me gusta mucho. Su marina azul también; lamento no haber visto completado el ramo de rosas».

Los dos se dan ánimos en un tiempo difícil para el arte, para la vida, para todo. El mismo Matisse reconoce que «estoy paralizado por un no sé qué convencional que me impide expresarme como me gustaría en la pintura. Mi dibujo y mi pintura se separan». La contienda que está destrozando Europa hace que falten suministros, incluso para enfrentarse a la obra maestra desconocida. Bonnard se lo hace saber desde Cannes a Matisse: «Casi me quedo sin carbón, ya no les quedaba en Cannes y me han hecho traer un camión de Niza. Ahora estamos tranquilos. Trabajo, y nada mal, sobre todo en el sentido de la comprensión».

A medida que avanza 1940, las cosas cada vez se ponen más difíciles. El enemigo está a las puertas y hay que protegerse, pero los dos pintores intentan aguantar hasta el último momento. Bonnard anuncia a Matisse que pese a la fatalidad de la situación, «nos hemos quedado en Le Cannet, decididos a no movernos hasta que llegue una posible orden de evacuación. Felizmente ha llegado el armisticio. Hasta ahora, la vida aquí ha permanecido sin cambios, pero se anuncian privaciones, comenzando por la gasolina, así que echaré de menos hacer mi viaje a Cannes».

No existe, por tanto, rivalidad alguna. Hay ganas de ayudar para soportar de la mejor manera las balas del enemigo. Matisse, por ejemplo, se desvive por proporcionar a Bonnard los materiales que necesita. Un buen ejemplo de ello es una larga carta del 17 de octubre de 1940, en la que le añade que «espero que recibiera la tela hace días. Después de su carta, vi al remitente, que se enteró en Cannes de que le habían llevado el paquete en un momento en que ninguno de los dos estaba. Espero que le haya gustado».