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Antonio Muñoz Molina: «Hay necesidad de cultura, de pan del espíritu»

Regresa a las librerías con su última obra, «Volver a dónde», editada por Seix Barral y escrita durante los meses de encierro

El escritor Antonio Muñoz Molina
El escritor Antonio Muñoz MolinaIvan Giménez

Antonio Muñoz Molina no contaba con escribir un libro como «Volver a dónde». Las muchas semanas de encierro durante la pandemia hizo que comenzara a redactar las páginas de uno de sus trabajos más personales, una lúcida reflexión sobre nuestra memoria y nuestro tiempo.

–Parece inevitable, al acercarse a «Volver a dónde», pensar en otro libro suyo como es «Un andar solitario entre la gente», donde el narrador es observador de la realidad que lo rodea.

–Sí, es la actitud del observador, aunque aquí está quieto. Es la actitud inversa. Quizá lo que hay es una parecida en cómo se cuenta esto, este mundo presente. La tendencia a lo fragmentario y al sketch pueden ser parecidas.

–¿Este es un libro imprevisto?

–Sí, completamente. Parte de un artículo que yo estaba haciendo. En junio del año pasado escribí precisamente uno que tiene el mismo título que el libro al día siguiente de levantarse el estado de alarma. Me puse a escribir en un momento en el que no tenía nada concreto y salió esto. Durante el confinamiento hice igual que en otras épocas de mi vida, aunque en ese momento con más atención, escribiendo a diario todo lo que pasaba. Así fue surgiendo, con una sensación de empezar. En principio no era ni libro sino notas que iba tomando. No le dije a nadie que estaba escribiendo esto, ni a mi mujer porque no sabía si iba a salir algo. Comencé a tomar notas del presente de una manera imprevista y empezó a surgir el pasado y el porvenir lejano. Todo vino sobre la marcha sin saber a dónde me llevaría.

–La obra tiene imágenes hermosas, como una agencia de viajes que proyecta en su escaparate, durante el encierro, escenas de paraísos a los que era imposible ir en ese momento.

–Sí, era una imagen literaria, pero es real. Si yo bajo ahora mismo a la calle veo esa agencia al lado de casa. En aquel momento era espectral porque se proyectaban esas imágenes. Veías a la gente por Laponia o Bali... Observar esos paraísos tenía algo hipnótico. Salía de noche un momento a pasear a mi perra, no había nadie, era un mundo apocalíptico, y allí estaban esos vídeos de la agencia de viajes.

–¿Escribir durante el encierro ha sido terapéutico, una manera de escapar de lo que estábamos experimentando durante esos meses?

–En circunstancias así, a muchos nos entra la necesidad de contar lo que estamos viviendo. Es un impulso natural de las personas en un momento en el parece que se deja paso a un instinto de atestiguar lo que estoy viendo y viviendo. Pasa el tiempo y las cosas se olvidan. Para mí, como lector y aficionado a la historia, hay una cosa que me subyuga, que son los diarios de gente que ha vivido circunstancias históricas, como pueden ser los de Carlos Morla Lynch, donde hay algo que es oro puro: la constatación de lo que está ocurriendo en el momento en el que está sucediendo, no tergiversado o corregido por la memoria. Eso es estremecedor.

–En «Volver a dónde» reconoce que tras la pandemia lo que ha quedado «no es el mundo de antes que ha vuelto (...). Es otro mundo raro que quizás se parece al que existirá cuando yo ya no pueda verlo».

–Claro. En el libro hay una presencia muy clara del paso del tiempo, algo que cambia mucho cuando tienes hijos. Antes de tenerlos tu vida está centrada en ti mismo y en tu memoria, pero cuando los tienes tu vida se desplaza de tu propia egolatría a tus hijos y se proyecta hacia el porvenir. En el libro hay una especie de atalaya porque se mira hacia atrás, hacia el mundo de mi madre, un mundo tan desaparecido que este presente nuestro habría sido inimaginable. Cuando tienes nietos eres mucho más consciente de tu propia mortalidad porque tú estás sumamente interesado en un porvenir que no vas a ver. Hay una cosa que me impresionó muchísimo leyendo los «Carnets» de Albert Camus. Allí habla de una tarde bellísima y apunta: «Tardes como estas seguirán existiendo cuando yo haya muerto». Eso no le produce tristeza sino una extraña felicidad. Está bien aceptarlo y que no provoque inquietud.

–Antes le preguntaba por la escritura como huida durante esos días, pero en la obra también se refiere a lecturas, la música o el arte como herramientas para combatir el encierro. ¿Qué papel ha tenido la cultura en este tiempo?

–Parece que la lectura, el arte, la cultura son adornos, soportes para mensajes ideológicos y cosas así. Creo que en unas circunstancias como estas te das cuenta del valor sustancial que tiene la cultura para ayudarnos a vivir. Es algo tremendo porque te ayuda a vivir, en primer lugar, porque te distrae, te ayuda a soportar el tedio del presente. Está el impulso, como decía antes, de dejar testimonio, pero también es necesario poder escapar. ¿Cómo puedes evadirte? Pues leyendo, escuchando música, contemplando una obra de arte... Hay una cosa que dice Simone Weill y es que sin pan una persona se muere de hambre, pero sin arte se muere de tedio. Hay una necesidad de pan del espíritu. Eso es necesario defenderlo. No es una distracción para privilegiados.

–En «Volver a dónde» es muy duro con los políticos en el momento de gestionar la crisis. Hay una sensación de malestar que se traduce en una escena que narra de una pelea en balcones y que desemboca, como usted dice, en «la bronca española».

–Hay que diferenciar entre aquellos que trabajan y que se esfuerzan en que las cosas no vayan a peor y los que quieren que vayan a mejor, algo en lo que hemos tenido ejemplos enormes, como son los sindicatos y las organizaciones empresariales poniéndose de acuerdo. Para mí es muy importante no meter en el mismo saco a todo el mundo. También hemos visto a personas que se esforzaban para que las circunstancias fueran mejores y otras que se aprovechaban para acentuar la bronca. Es en esos momentos cuando te das cuenta de lo importante que es el pragmatismo porque hay recursos limitados y una necesidad de concordia muy grande. Se debe hacer un esfuerzo muy grande para ver qué se ha hecho bien, qué mal y quién ha estado a la altura de las circunstancias.